Francisco Ayala - Relatos

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No deja de ser curioso y hasta sorprendente que, considerando la escasa atención que tradicionalmente el cuento ha merecido por parte de los estudiosos, un autor que, como Francisco Ayala, se ha dedicado con preferencia al relato breve y que es autor de únicamente dos novelas importantes, haya conseguido la nombradía de que disfruta.

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Desde la alta perspectiva de los dioses y los aviadores, el mar no es, como desde la playa, una masa amorfa y caótica. Está lleno de triángulos, de planos, de líneas, de interferencias, de reiteraciones, de pliegues que se doblan y desdoblan como limpias sábanas de agua.

Entre las sábanas de su cama, Aurora parecía una deidad marina. Su cabeza, desmelenada de rubias algas, reposaba sobre la almohada de sus brazos paralelos. El alba dual de su pecho se cubría de espumas de encaje. Todo su cuerpo -presencia de una fuga- se evadía en la indecisión. Surgente, insurgente.

Las piernas, bajo la ropa. La rizada concha del sexo, replegado el vértice entre las ingles…

Era una divinidad. Pero como divinidad, inaccesible, inabordable, y siempre en cierto grado de ausencia.

Antonio, mudo y vertical, la contemplaba desde la orilla.

– ¿Qué piensas, Antonio?

– Pienso…

El rostro se le había encendido como un farol de alarma.

– Pienso en los caballos del cuartel, viendo sueltas la bridas de tu pelo. Pienso en los gallos furiosos…

Ella sonreía. Rezumaba sonrisa por todos los poros de su piel. Su ancha garganta estaba tirante de arterias, acorsetada.

– Aurora: así, no te conozco.

No la reconocía. Era otra. O, al menos, ¡qué otra era! Su expresión genuina se había disipado de la cara, y vagaba por todo su cuerpo, como un ave fatigada que no encuentra dónde posarse: a veces, insinuada en una rodilla; a veces, temblando en un pecho.

– Antonio, ¿en qué piensas?

Se deslizó por la sábana, alpinista de paisajes lunares.

Antonio se sentó en el borde de la cama.

VI

Antonio entregó el sable en la armería y el uniforme en el almacén. Allí quedaba aquél, espiga anónima en una gavilla de hojas de acero; allí los vacíos moldes de las piernas, los charolados correajes, las espuelas, esperando a un soldado futuro, incierto, que volvería a recogerlos de entre las demás piezas idénticas.

Tal vez ya nunca coincidieran en otro cuerpo: cada una, por su lado, acudiría a un recluta distinto. En sonando los relinchos, las trompetas del Juicio Final, cada una se prestaría a completar la apariencia castrense de un hombre.

Quizá dos soldados se habrían de disputar una escarcela. Quizá otro se ocultará, triste, monstruoso, con dos polainas correspondientes a la pierna izquierda…

Nadie podría encontrar su caballo.

Antes de echarse a la calle, alegre nadador del aire libre, dedicó un recuerdo a su caballo (un día, potro de tormento; ahora, elástica sede). Quiso despedirse de él, anegado en sentimentalismo como un guerrero tártaro.

Y entró silbando en las cuadras -¡cuántas veces, Hércules sometido, había limpiado aquellos establos!-; pasó ante la apretada galería de relucientes grupas; se detuvo ante un pesebre…

– Yo me voy para siempre. Tú te quedas para siempre -dijo.

Acarició el ancho cuello; el belfo húmedo, rosatierno.

El caballo le miraba con su ojo impasible, de azogue. Ríos gruesos, azules, corrían bajo su piel -guadianas de sangre que se perdían bajo la musculatura para reaparecer luego-.

– Yo me voy. Tú te quedas. Eso es todo.

El animal seguía ajeno, rumiando fantasmas. Mientras una cólera espesa, un vino espeso y colérico, brotaba de Antonio, desde las raíces, hundidas en un montón de paja, hasta las sienes, sensibles al viento.

Indómita, su libertad le dolía, dentro, sin posible control, sin freno. Se le derramaba por la torcida boca, y le crispaba las manos.

Cogió la cuerda y apretó hasta obtener del caballo esa risa mortal de los caballos cuando claman al cielo.

Crecía su extraña ira, y cada vez era más estrecha la cintura de cuerda y argolla oprimiendo el belfo sofocado y palpitante de la bestia. Fingieron las herraduras en el suelo un fracaso de porcelana; se desmoronó la grupa. Las quijadas abiertas, de caballo de ajedrez, reían ya agónicamente…

El furor de Antonio desapareció, filtrado, en un instante. Abatido, tranquilo, sus dedos volvieron a acariciar la crin, a suscitar una paz anónima, piafante.

– Me voy.

Sus enormes botas de cuero separaron el montón de paja húmeda y se alejaron despacio, con calma, como dos perrillos que se persiguen jugando.

Abandonadas las dermatovértebras de su esqueleto militar se sentía ligero, flexible, enriquecido en posibilidades. Tenía la documentación en la cartera, y en los oídos, voces de los cuatro puntos cardinales.

Salió a la calle. Dejó atrás -imperfecto pretérito- el edificio rojo, mudo, del cuartel, con sus cuadras oscuras y sus garitas -esas quietas palomas- en la puerta. Cada vez más reducido, arrinconado en el fondo, conforme el protagonista arribaba al gran plano, rasgado en sonrisa, de una libertad, mejor que recuperada, nueva.

El aire estaba terso como una manzana. Rubio, intacto, suave, sin las cicatrices de las trompetas. Los soldados, apremiados por el ansia de hacer efectiva su flamante situación, habían corrido a henchir los apacibles sótanos de las bodegas, a cantar bajo el vientre de los toneles -descabezados paquidermos-, bajo la cabeza inmóvil de un toro de lidia, y a saciar la sed de todo un año haciendo que el vino, continuo en las gargantas, presente en el olfato, penetrase también en los cuerpos por los poros de la piel.

Antonio iba solo. Borracho de aire. Para él, las calles estaban renovadas, tenían una dimensión ociosa y festiva.

Nunca hasta este momento había recibido la sensación -la sensación sorprendida- del verano inminente. Las señales de la naturaleza son más humildes y tácitas. En la ciudad, el advenimiento del estío se prepara con una intensa propaganda.

Antonio lo vio -de improviso- anunciado en los escaparates precursores y en el color azul marino del cielo. El nombre de las playas de moda se repetía en las esquinas, en los periódicos. Fotografías de chalés, reclamos de los balnearios, anuncios policromos de las ciudades y las sierras.

Grandes rebaños de maletas se orientaba hacia prados recién florecidos de ventiladores. La resaca del tiempo había amontonado en los escaparates de los grandes almacenes sombreros blancos y zapatillas de paja, leves ya como el paso de las bañistas; canoas, vaporcillos, aviones con olor soleado a pintura fresca; lánguidos maillots, esponjas rubias como una estrella de cine, jerséis ligeros fruncidos por los dedos del aire; y esos caballos nautas, verdaderos monstruos marinos de goma verde, cuyas crines son algas, cuyos jinetes son sirenas -hermanos afortunados de los caballitos de la verbena…-.

El tiempo se vestía de telas a rayas. A rayas azules y blancas, salmón y blancas. En la imaginación de Antonio, hasta el caballo recién abandonado se había convertido en una cebra.

Antonio Arenas se encontró, de pronto, parado ante los escaparates de unos almacenes de ropa, a cuya puerta hacían centinela dos maniquíes de cartón en traje de cazador, con una pluma en cada sombrero.

Entró, por un movimiento en gran parte instintivo. Sentía la necesidad -confusamente- de completar su transformación. Se alejó entre los parapetos de los mostradores, y cuando, un rato más tarde, volvió a transponer la puerta, los maniquíes-centinelas no le reconocieron: era otro.

Otro, de raíz. Había abandonado -como serpiente que abandona la piel- su alma rígida, acharolada y metálica, sin recuperar por eso su alma antigua, verde-montaña. ¿Quién le había enseñado esta sonrisa inédita, la misma con que el deportista expresa su confianza ante el peligro?

En el momento único, propicio a la elección de camino, tono e indumentaria, había cedido a la sugestión del verano incipiente. Eligiendo una camisa azul, un cinturón rojo, un traje gris claro, una sonrisa lavable y un gesto reluciente de celuloide.

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