La sangre se me heló en las venas. Enmudecí.
– Para pedirte… -me animó José, desconcertado por mi brusco silencio.
– ¡Lo tengo, José! ¡Ya lo he encontrado!
– ¿Lo has encontrado…? ¿Qué has encontrado?
No le hice caso. De un salto me puse en pie y, como una exhalación, llegué hasta las repisas donde se encontraban los libros. Recordaba perfectamente haber amenazado a Ezequiela con el grueso tomo del Viaje al fin de la noche, un único tomo, no dos como en la edición alemana. Era imposible publicar esa obra en dos partes tan voluminosas como las que allí había. Simplemente, el texto no daba para tanto, aunque lo hubieran impreso con letras del tamaño de una moneda de veinte duros. Podía equivocarme, es verdad, pero menos era nada.
– ¡Mira, mira! -grité alborozada: el primero de los dos libros contenía, en efecto, la novela de Céline. El segundo, sin embargo, resultó ser otro libro completamente distinto, al que le habían añadido unas tapas falsas-. Volk ans… Ge… wehr! Lieder-buch der…Nationalso… zialistis… chen Deutschen Arbei… ter Partei - balbucí dificultosamente. Una cosa es saber leer alemán y otra muy distinta pronunciarlo en voz alta.
– ¡Dios mío, no he comprendido nada! -se quejó José, arrebatándome el ejemplar de las manos y examinándolo con ojos de experto-. Volk ans Gewehr! Liederbuch der Nationalsozialistis-chen Deutschen Arbeiter Partei - moduló con su perfecto dominio de la lengua de Goethe, y, luego, tradujo:- ¡Pueblo al fusil! Libro oficial de canciones del Partido Nacionalsocialista de los Trabajadores Alemanes. Es una edición de 1934.
– ¡Ábrelo!
Haciendo pinza con el índice y el pulgar de la mano derecha, pasó rápidamente las hojas echándoles un ligero vistazo.
– Aquí hay algo -anunció, deteniéndose y abriendo el libro por la mitad.
– ¿Qué hay?
– Mi impaciencia no tenía límites. Asomaba la cabeza por encima de su hombro, en un vano intento por ver lo que había encontrado.
– Una de las canciones está subrayada con lápiz rojo.
– ¿Y qué dice?
– Se titula Hermanos, en minas y galerías. Es de un tal Host Wessel, jefe de las SA de Berlín.
– ¡Tradúcemela, por favor!
– «Hermanos, en minas y galerías -empezó-, hermanos, vosotros en los despachos y oficinas / ¡seguid la marcha de nuestro Führer! / Hitler es nuestro conductor, / él no recibe paga áurea / que rueda a sus pies / desde los tronos judíos. /Alguna vez llegará el día de la riqueza, / alguna vez seremos libres: / Alemania creadora, ¡despierta! / ¡Rompe tus cadenas! / A Hitler somos lealmente adictos, / ¡fieles hasta la muerte! / Hitler nos ha de llevar fuera de esta miseria.»
– ¿Ya está…?
– Ya está.
– Hitler nos ha de llevar fuera de esta miseria -repetí, como hipnotizada-. Hitler nos ha de llevar…
– Está muy claro -anunció José-. Ea pista es Hitler.
– Eo de «Hermanos, en minas y galerías, hermanos, vosotros en los despachos y oficinas» parece hecho a propósito para este lugar.
– Por eso la eligieron Sauckel y Koch. Por eso y porque les venía de maravilla para sus planes. Eos dos versos siguientes son muy claros: «¡Seguid la marcha de nuestro Führer! Hitler es nuestro conductor.» ¿Qué hay de Hitler por aquí?
– El único que he visto es ese horroroso busto de cera del último cajón de la mesa.
– ¡Ah, sí, el que estaba junto a la pitillera de plata! Es de un mal gusto increíble.
Me encaminé hacia el escritorio y abrí de nuevo el cajón. La cabecita de cera pintada de betún rodó hacia mí, dando tumbos, desde el fondo de la gaveta. La cogí y la examiné cuidadosamente.
– No parece tener nada especial…-dictaminé pasado un momento-. Desde luego no creo que sea la solución a nuestro problema.
– Intenta romperla, o cortarla, o abrirla por la mitad.
– ¡Sí, hombre! -protesté indignada-. Quizá haya que colocarla en algún lugar especial para que se abra la puerta de la cámara del tesoro.
– ¡Qué imaginación más fértil! -rezongó José, arrebatándome al pequeño monstruo de las manos-. ¿Has visto por aquí alguna hornacina con el perfil de este repugnante objeto? ¿No…? Pues entonces déjame a mí.
Intentó clavar en la base del busto la punta de un cuchillo que sacó de la mochila, pero la cera se había endurecido con los años y parecía pedernal. Con mucho esfuerzo, apenas consiguió desprender algunos fragmentos.
– Más vale maña que fuerza -sentencié-. Déjame a mí.
Con mucha parsimonia, encendí el hornillo de gas y, sobre él, puse el pequeño recipiente metálico que utilizábamos para calentar el agua en el que había dejado caer la cabeza de Hitler. La cera vieja puede ser muy dura, le expliqué tranquilamente a José, pero no por ello deja de ser cera. Instantes después, un caldo espeso tiznado de es trías negras empezó a burbujear en el interior de la cazoleta.
– O tienes éxito… -murmuró José-, o has acabado para siempre con nuestras posibilidades de encontrar el Salón de Ámbar.
No contesté. Había visto la esquina de un pequeño objeto metálico aparecer y desaparecer súbitamente en la superficie de la sopa. Apagué el fuego.
– Pásame el cuchillo, por favor -urgí.
Arrastrándola con la punta afilada, arrinconé y, por fin, saqué, una gruesa llave de doble pala guiada.
– ¿Qué te parece? -inquirí, orgullosa, poniéndola delante de la cara de José.
– Parece la llave de una caja fuerte.
– Es la llave de una caja fuerte -corroboré como perita en la materia que soy-. Este tipo de llaves todavía se utiliza hoy en las cerraduras analógicas de alta seguridad. Trabaja con un doble juego de guías dentadas que encajan en dos ejes paralelos de guardas.
– Caramba, parece algo importante. Pero ¿dónde está la caja fuerte que se abre con esta maravillosa llave?
– Bueno -repuse-, no tengo ni idea. Pero, al menos, ahora sabemos lo que debemos buscar: una bocallave, seguramente disimulada.
– ¿Una cerradura, quieres decir?
– Exacto. Así que manos a la obra.
– Vale, pero empiezo a estar harto de este sitio.
– Sí, yo también. Pero no hay otro remedio. Venga.
Algún dios desconocido tuvo piedad de nosotros. Quizá Kermes, que, además de proteger los cruces de caminos, es el bienhechor de los ladrones y el soberano de las ganancias inesperadas. El caso es que encontramos la dichosa cerradura con bastante facilidad: mi amor por los libros me llevó a desalojar en primer lugar los anaqueles de madera para dejar al descubierto la pared posterior, y allí, detrás de Die Relativitdtstheorie Einsteins de Max Born, apareció, no sólo la bocallave buscada, sino también la rueda de combinaciones, de dos discos y, a la derecha, tras los siete tomos en vitela de Auf der Suche nach der verlorenen Zeit (En busca del tiempo perdido), de Marcel Proust, el.volante para hacer girar los pestillos. No había, en realidad, caja fuerte: había una enorme puerta acorazada, camuflada bajo una capa del mismo yeso que cubría las paredes, que coincidía con la cavidad en la que encajaban horizontalmente los tableros de madera. ¡Qué tontos habíamos sido al no darnos cuenta!
La llave de doble pala, después de desprender los restos de cera, encajó a la perfección en el orificio y giró las guardas.
– ¿Y ahora qué? -preguntó José, desconcertado-. Tú eres la experta en cerraduras.
– Ahora, cariño, tenemos un problema. Los discos de la rueda de combinaciones pueden formar hasta cien millones de claves de longitud desconocida. Así que sólo nos queda apelar a la lógica. Si tú, hombre inteligente y miembro de un exquisito grupo de ladrones de obras de arte, pusiste como clave de acceso a tus ficheros secretos el número de una de tus tarjetas de crédito, Sauckel, que fue quien supervisó las obras y utilizó este despacho, debió poner una combinación que reprodujera alguna tontería semejante.
Читать дальше