Amin Maalouf - Los Jardines De Luz

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Conmovedora historia en la que que Amin Maalouf nos sitúa en Mesopotamia en los albores de la Era Cristiana. Allí nos cuenta la historia de Mani, el hombre que fundó la doctrina que consiguió unir tres religiones y que ha llegado a nuestros días con el nombre de maniqueismo. A pesar de ser perseguido, humillado y, finalmente torturado y asesinado, Mani intentó dar a sus coetáneos una nueva forma de ver el mundo y de entender a Dios, aunque en su intento sólo consiguió ganarse el miedo y odio de emperadores, sacerdotes y magos, que no contentos con destruirle intentaron borrar todas las huellas de su presencia en la historia. Una bellísima historia y un libro fantástico. Absorbe, principalmente por la belleza de sus frases y de la historia que nos relata, porque nos llega directamente al corazón.

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Aquel que se ha identificado como Sittai permanece en el mismo lugar, solo, jugueteando con su bastón. Cuando le ofrecen una copa de vino, la toma, aspira su perfume y hace ademán de llevársela a los labios, pero Pattig observa que en cuanto el sirviente se aleja, derrama la bebida al pie de un árbol hasta la última gota; cuando le presentan una brocheta de langostas asadas, la actitud es la misma: comienza por rechazarla y, puesto que insisten, toma una y pronto la deja caer por detrás de él, hundiéndola luego en el suelo de un taconazo antes de inclinarse sobre el estanque para enjuagarse los dedos.

Absorto en ese espectáculo, Pattig no escucha a sus interlocutores que, irritados, se apartan de él. Sólo le distrae la voz de un joven sacerdote clamando que la ceremonia va a comenzar e invitando a los fieles a apresurarse hacia la gran escalinata que lleva al santuario. Algunos tienen aún en la mano una copa o un vaso y conversan mientras caminan, pero sus pasos pronto se aceleran, ya que nadie quiere perderse los primeros momentos de la celebración.

Sobre todo, hoy. En efecto, se ha corrido el rumor de que, la víspera, Nabu se había agitado en su pedestal, señal manifiesta de su deseo de moverse. Hasta parece que se vieron gotas de sudor que le corrían por las sienes, la frente y la barba, y que el Gran Sacerdote le había prometido de rodillas organizar una procesión ese miércoles a la puesta del sol. Según una antigua tradición, Nabu conduce él mismo sus cortejos; los sacerdotes se contentan con llevarlo, con los brazos estirados, muy alto por encima de sus cabezas, y el dios, con imperceptibles empujones, les indica la dirección que deben tomar. Algunas veces, les hace ejecutar una danza, otras, un largo trayecto rectilíneo que les lleva a un lugar donde exige que se le deposite. Sus menores movimientos son otros tantos oráculos que los adivinos tonsurados se comprometen a interpretar; porque el ídolo habla de cosechas, de guerras y de epidemias, dirigiendo a veces a este o a aquel personaje unas señales de alegría o de muerte.

Mientras los fieles penetran por grupos en el santuario y el canto de los oficiantes va ganando en amplitud, Sittai, que se ha quedado solo afuera, pasea de un lado a otro por el atrio que lleva desde la gran escalinata a la puerta oriental.

El sol no es ya más que una cresta de ladrillo ardiente, lejos, más allá del Tigris; los portadores de antorchas forman un semicírculo en torno al altar, los sacerdotes inciensan la estatua de Nabu, los chantres recitan un encantamiento, acompañándose de un monótono timbal:

¡Nabu, hijo de Marduk, esperamos tus palabras!
¡De todas las regiones, hemos venido a contemplarte!
¡Cuando preguntamos, eres tú quien responde!
¡Cuando buscamos refugio, eres tú quien protege!
¡Tú eres el que sabe, tú eres el que dice!
¿Quién más que tú merece que le sigan?
¿Quién más que tú merece nuestras ofrendas?
Nabu, hijo de Marduk, planeta resplandeciente,
Grande es tu lugar entre los dioses.

Nabu sonríe a la luz temblorosa de las antorchas, sus ojos parecen clavados en la afluencia de fieles, sobre los que reina de pie, con su larga barba que le llega hasta la mitad del pecho, enfundado en una ceñida coraza y en su túnica de madera veteada que se ensancha formando un pedestal. Se acercan seis sacerdotes, desplazan la estatua y la instalan sobre unas andas de madera que izan hasta sus hombros y luego más alto, por encima de sus cabezas. Mientras se forma la procesión, el dios se eleva a cada paso hasta flotar en el aire. Sus porteadores le encuentran muy ligero; con las manos extendidas, apenas le rozan y el dios parece flotar por encima de la multitud que se apretuja con gritos de éxtasis. Los porteadores giran sobre sí mismos, luego dibujan un círculo más amplio antes de dirigirse hacia la salida. Los fieles se apartan.

Ahora la procesión está fuera, en el pequeño atrio. El dios efectúa una corta danza alrededor del pozo de las aguas lustrales y avanza hacia la escalinata. En ese momento, un sacerdote tropieza y se esfuerza por recobrar el equilibrio, pero ya el siguiente se tambalea a su vez y se desploma. La estatua, sin sujeción, parece saltar hacia la monumental escalera por la que rueda dando brincos, seguida por las miradas de la multitud petrificada.

Por muy guerrero, por muy parto que sea, Pattig no puede contener las lágrimas. No es el funesto presagio lo que le abruma. Para él se trata de otra cosa: es su fervor el que ha sido insultado. Ha querido creer en Nabu; semana tras semana, experimentaba la necesidad de contemplarle, macizo en su trono, infalible, sin edad, sonriendo a la decadencia de los imperios, haciendo caso omiso de las calamidades. ¡Y, bruscamente, esta caída!

Sin embargo, se le ocurre una idea que le impide abandonarse a las lamentaciones. Arrodillándose en el lugar del drama, no tarda en descubrir, clavado entre dos losas de mármol, un trozo de bastón. Lo extrae, lo examina y no le cabe la menor duda de que la punta superior ha sido aserrada. «¡Maldito palmireno!», murmura Pattig que recuerda a Sittai paseándose por el atrio, deteniéndose y clavando su bastón en el suelo antes de retorcerlo y arrancarlo como se haría con una mala hierba. Pattig se levanta y busca inútilmente con los ojos, a su alrededor, al hombre del traje blanco. «¡Maldito palmireno!», refunfuña una vez más, tentado de gritar «al asesino», «al deicida», de lanzar a la exaltada muchedumbre en persecución del sacrilego.

Pero los sacerdotes suben ya, llevando con inútiles precauciones las piezas rotas de la estatua, un trozo de brazo pegado aún al hombro, un mechón de barba colgado de un lóbulo de la oreja… La cólera de Pattig se transforma en tristeza resignada. Casi le reprocha a Nabu ofrecer semejante espectáculo. Se aleja, dispuesto a vagar hasta el alba por los senderos del templo. Por instinto, sus pasos toman de nuevo el camino del estanque oval y, con los ojos aún llenos de lágrimas, mira hacia el lugar donde se encontraba aquel hombre maldito.

Allí está Sittai. En la misma losa. En la misma postura. Tan blanco como siempre, desde el gorro hasta las sandalias, golpeando con la mano la empuñadura de un bastón singularmente corto. Pattig se planta ante él, le coge por la túnica y le zarandea:

– ¡Ay de ti, palmireno! ¿Por qué has hecho eso?

El hombre no deja traslucir ni sorpresa ni inquietud y tampoco intenta soltarse. Su elocución es tranquila y firme.

– Si es verdad que Nabu ha guiado los pasos de sus sacerdotes, es él quien les ha hecho tropezar. ¿O bien ignoraba, a pesar de su omnisciencia, que yo había roto mi bastón en aquel lugar?

– ¿Por qué le guardas rencor al dios Nabu? ¿Te ha castigado de alguna manera? ¿Se ha negado a salvar a un hijo enfermo?

– ¿Guardar rencor a esa viga esculpida? No puede ni afligir ni curar. ¿Qué podría hacer Nabu por ti o por mí si no puede hacer nada por él mismo?

– ¡Y ahora blasfemas! ¿No respetas la divinidad?

– El dios que yo adoro no se cae, no se rompe, no teme ni mi bastón ni mis sarcasmos. Sólo él merece un fervor como el tuyo.

– ¿Cuál es su nombre?

– Es él quien da los nombres a los seres y a las cosas.

– ¿Y por él has roto la estatua?

– No, la he roto por ti, hombre de Ecbatana. Tú que buscas la verdad, ¿la esperas aún de la boca de Nabu?

Pattig abandona la lucha y con aire ausente va a sentarse, ya vencido, en el borde del estanque. Sittai avanza hacia él y le pone la mano abierta sobre la cabeza. Un gesto de posesión al que acompañan estas palabras:

– La verdad es una amante exigente, Pattig, no tolera ninguna infidelidad; a ella le debes toda tu devoción, todos los momentos de tu vida son suyos. ¿Es realmente la verdad lo que buscas?

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