Noah Gordon - La Bodega

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Tras ocho años de silencio, vuelve el indiscutible maestro de la novela histórica
Languedoc, Francia, finales del siglo XIX. Josep Álvarez descubre de la mano de un viticultor francés el arte de la elaboración del vino. Desde ese momento, su vida estará determinada por esta pasión. A pesar de su juventud, Josep ha conocido el amor, las intrigas políticas y el trabajo duro, experiencia que, junto a su temprana vocación, caracterizará su destino. Tras participar contra su voluntad en un complot que convulsionará la ya turbulenta escena política del momento, huye a Francia, donde trabajará para un viticultor. Pese a su temor de caer en manos de la justicia, decide un día volver a su hogar. Luchando contra los elementos, Josep emprende una aventura tan ardua como fascinante: la elaboración de un buen vino. En torno a él, los habitantes de Santa Eulàlia: la joven viuda Marimar y su hijo Francesc, Nivaldo, el tendero de origen cubano, Donat, el hermano obrero, todos ellos personajes que pueblan esta rica novela. La bodega contiene la esencia anterior de Noah Gordon: historias personales de fuerza, personajes vitales, retratos fidedignos de una época, plasmados con una sensibilidad y acierto que ha admirado a miles de lectores a lo largo de los años.
La bodega es el tributo de Noah Gordon a nuestro país, una apasionada novela acerca del fascinante mundo del vino.

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Casals se levantó del banco y Josep lo imitó.

– Un segundo más, alcalde, si no le importa -le pidió.

Entró en la casa, salió con unas monedas y se las puso en la mano a Ángel.

– Y… ¿esto?

– En pago de dos pollos… -Ángel echó la cabeza hacia atrás-…que le robé hace cinco años.

– Y una mierda -dijo Ángel con rabia-. ¿Por qué me robaste?

– Necesitaba los pollos desesperadamente y no tenía con qué pagárselos.

– ¿Y por qué me los pagas ahora?

Josep se encogió de hombros y le dijo la verdad.

– Por que no soporto ni siquiera pasar junto a su maldito gallinero.

– ¡Pues vaya ladrón tan sensible! -El alcalde miró las monedas-. Me estás pagando demasiado -dijo con seriedad. Echó la mano al bolsillo, buscó una moneda pequeña y se la dio-. Por honesto que sea un ladrón, no debe robarse a sí mismo, Álvarez -concluyó antes de derramar una carcajada.

32

El intruso

A finales de febrero aparecieron las primeras yemas pálidas, de un amarillo verdoso, y en cuanto el invierno cedió paso a la primavera Josep empezó a pasar largas jornadas de trabajo en la viña para terminar de podar y retirar la tierra acumulada en la base de las vides. Al llegar abril, las tiernas hojillas estaban ya abiertas y poco después el sol empezó a calentar con más ardor y las flores llenaron la viña de un aroma embriagador.

Su padre siempre había dicho que la uva estaba lista para la recolección cien días después de la aparición de las flores. Su salida atraía a los insectos, que las polinizaban y hacían posible el nacimiento de las uvas, pero aquellas vides verdes también atraían a algunos animales perjudiciales.

Francesc estaba con él la mañana en que Josep descubrió unas cuantas parras destrozadas, con las raíces levantadas y mordisqueadas. El desastre había ocurrido en la parte trasera de su propiedad, junto a la base de la colina. Había huellas en la tierra.

– Maldita sea -murmuró.

Tuvo que frenarse para no decir algo peor en presencia del crío.

– ¿Por qué están destrozadas las parras, Josep?

– Jabalíes -le respondió.

Quim Torras había perdido algunas vides también, unas ocho, pero Maria del Mar no. Aquella noche Josep salió a buscar a Jaumet Ferrer y le pidió que cazara aquel jabalí antes de que destrozara más viñas.

Jaumet pasó por allí y se acuclilló junto a las vides destrozadas.

– Son huellas de un cerdo salvaje, creo que sólo era uno. Las cerdas y los… ¿cómo se llaman?

– ¿Las crías? -sugirió Josep.

– Crías. -Jaumet saboreó la palabra-. Las cerdas y las crías se juntan. Los machos deambulan en solitario. Es probable que éste se mueva por la zona del río debido a la sequía. Atacó las raíces de tus vides. Los cerdos se comen cualquier cosa. Carne muerta. Un cordero vivo o un becerro.

Josep pidió a Maria del Mar que, durante un tiempo, mantuviera a Francesc en casa y a la vista.

Jaumet apareció antes del amanecer con su larga escopeta de caza y patrulló las viñas todo el día bajo el sol ardiente. Al llegar el crepúsculo, cuando se hizo demasiado oscuro, se fue a casa.

Regresó al alba el día siguiente, y el otro. Sin embargo, explicó a Josep que al tercer día se iría a cazar conejos y aves.

– Puede que el jabalí no vuelva a molestarte.

– Ah -respondió Josep con cautela-. Puede.

A la mañana siguiente, Josep salió de casa muy temprano y al entrar en la viña oyó ruidos de algún animal entre las vides, al fondo de la plantación. Agarró una piedra en cada mano y echó a correr. Debió de hacer demasiado ruido, porque al llegar a la hilera de las vides asaltada apenas tuvo tiempo de ver el trasero y la larga cola borlada del jabalí, que huía hacia la viña de Quim.

Le tiró las dos piedras y corrió tras él, gritando cosas sin sentido, pero casi enseguida lo perdió de vista. Cuando entró corriendo en la viña de los Valls asustó a Maria del Mar y a Francesc, que no habían visto al animal.

Maria del Mar frunció el ceño mientras escuchaba la descripción de la bestia.

– Nos va a salir caro. ¿Qué hacemos? ¿Volvemos a llamar a Jaumet?

– No. Jaumet no se puede pasar la vida en nuestras viñas.

– ¿Y entonces?

– Ya pensaré algo -respondió Josep.

Recordaba exactamente dónde cavar en busca de los dos paquetes que había enterrado, en aquel rincón olvidado y arenoso en que sus tierras se juntaban con las de Quim. Los encontró llamativamente intactos por las escasas lluvias que se habían drenado en aquella zona a través del suelo poroso. Cepilló los paquetes cuidadosamente con la mano para retirar la burda arena y luego se los llevó a casa, cortó el cordel y los desenvolvió encima de la mesa. La capa exterior se había oscurecido por el contacto con los minerales del suelo, pero las dos capas internas de hule parecían totalmente intactas y en excelente estado, igual que el contenido de ambos paquetes. Las piezas del revólver Le-Mat estaban tan cubiertas de grasa que no consiguió limpiarlas del todo hasta bien entrada la noche, pese a que usó todos los trapos que tenía y luego incluso sacrificó una camisa vieja, algo andrajosa pero llevable todavía. La desgarró, y apenas le quedaba un retal limpio cuando al fin tuvo el arma libre de grasa, limpia, brillante y aterradora, pues hubiera deseado no volver a verla jamás.

Extendió el contenido del segundo paquete y cargó los cartuchos lenta y cuidadosamente, inseguro al principio de recordar exactamente cómo se hacía; echó la pólvora del saco en el tubo medidor y de allí a una de las cámaras vacías.

El arma y el acto de cargarla le traían recuerdos que prefería evitar, y tuvo que parar un rato porque le temblaban las manos, pero al fin logró meter una bala de plomo en la cámara y tirar del cargador para hundirla en la pólvora. Luego echó algo de sebo por encima de la bala y la pólvora y se sirvió de la herramienta idónea para colocar una cápsula percutora por encima del conjunto. Después movió el cilindro con la mano libre y cargó todas las demás cámaras menos dos, pues descubrió que no tenía pólvora suficiente en el saco para cargar las siete.

Recogió la mesa y colocó el LeMat en la repisa de la chimenea, junto al reloj de su madre. Luego subió al piso de arriba y pasó mucho rato despierto en la cama, temeroso de que lo asaltaran los sueños si se dormía.

33

Grietas

Durante casi una semana el jabalí que destrozaba las parras se convirtió en tema de conversación cada vez que se encontraban dos aldeanos, pero no volvió a aparecer y pronto fue reemplazado en sus charlas por las acaloradas discusiones sobre la puerta de la iglesia, que estaba abollada, agujereada y destartalada. Según la leyenda local, la habían destrozado las culatas de los mosquetes de los soldados de Napoleón, pero el padre de Josep le había contado, con conocimiento de causa, la historia de un borracho del pueblo y la piedra que sostenía en su mano. La madera tenía también una grieta larga y dentada, una abertura superficial que no afectaba a la integridad estructural de la puerta pero sí amenazaba con dividir en dos la comunidad del pueblo. Los parroquianos habían intentado rellenarla varias veces con argamasas de diversos materiales, pero la brecha era demasiado amplia y profunda, y todos aquellos antiestéticos intentos habían fracasado. La iglesia tenía dinero suficiente para comprar una puerta nueva y algunos consideraban que debía hacerlo, mientras que otros se negaban a gastar los fondos si no se trataba de alguna urgencia de importancia mayor. Una minoría dirigida por Quim Torras consideraba que un sacerdote tan sensible como el padre López merecía que su iglesia tuviera una puerta más elegante. Quim propuso una puerta artística con tallas de motivos religiosos, y urgió al pueblo entero a reunir fondos para pagarla.

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