Colleen McCullough - Tim

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El pájaro espino, la magnífica novela de Colleen McCullough, ha sido best seller en muchos países del mundo por su notable calidad literaria y el denso contenido humano que la distingue. Tim es una novela anterior de la misma autora, que no le va en zaga en forma alguna. Plantea el viejo problema de la edad en el amor, mejor dicho, de la diferencia de edades en el amor. Tim es un joven obrero de veinticinco años, hijo de un matrimonio humilde, que posee la belleza y la perfección física de un Adonis griego. Conserva, empero, una mente infantil, poco desarrollada. Mary es una solterona de más de cuarenta años que ha encontrado su tranquilidad espiritual consagrándose a su trabajo, hasta que, inesperadamente, un día ve a Tim. Estudio penetrante de psicología humana, escrita con dignidad y sencillez, Tim es otra notable creación de Colleen McCullough.

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Éste se hallaba ya esperándola en el corredor del frente y, cuando vio que el automóvil se detenía, bajó corriendo los escalones, de dos en dos, con la maleta en la mano. «¡Qué viejo es!», pensó Mary, dándose vuelta para abrirle la portezuela trasera. A pesar de su físico, delgado y musculoso, y de su manera de andar, como la de un muchacho, ya no era ningún joven. El verlo así la preocupó y lo único en que pudo pensar fue en que Tim se iba a quedar solo sin padre ni madre.

Después del arrebato que Dawnie había tenido el viernes, parecía no haber posibilidades de que ella se reconciliara con los suyos; su esposo dominaba la situación. Eso era quizás algo bueno para Dawnie, pero de mal augurio para su propia familia. ¿Y cómo podría ella, Mary Horton, adoptar a Tim si algo le sucedía a Ron? Al parecer, todo el mundo pensaba ahora lo peor, así que, ¿qué pensarían y qué harían si Tim se fuera a vivir con ella permanentemente? El sólo pensar en eso la aterrorizaba. Solamente Ron, Archie Johnson, la vieja Emily Parker, su vecina, y Tim mismo pensarían que esa relación era buena. Se estremecía al imaginarse qué diría Dawnie y qué haría. Con toda seguridad iba a haber un escándalo; tal vez también un litigio; no obstante, cualquier cosa que sucediera, Tim debía ser protegido a toda costa de cualquier daño y del ridículo.

Realmente no importaba lo que les sucediera a ella, o a Dawnie o a sus vidas. Tim era lo único que le importaba.

A pesar del shock sufrido y de la pena, Ron se divirtió con el comportamiento de Tim durante el viaje de Gosford, viendo cómo pegaba la nariz a la ventanilla y miraba arrobadamente el cambiante escenario, fascinado por completo. Mary lo sorprendió mirando a su hijo, cuando miró por el espejo retrovisor, y no pudo menos que sonreír.

– Nunca se cansa, señor Melville. ¿No es algo maravilloso, el saber que goza de cada viaje como si fuera el primero?

Ron asintió con la cabeza.

– Así es, señorita Horton. Nunca me había dado cuenta de que gozara tanto de los viajes. Por lo que recuerdo de las pocas veces que tratamos de sacarlo en automóvil, siempre vomitaba, ¡qué problema! Y era algo terriblemente embarazoso porque el coche no era nuestro. De haber sabido que se le iba a quitar esa costumbre, me hubiera comprado uno para sacarlo a dar una vuelta de vez en cuando. Es una lástima no haberlo hecho, viéndolo cómo se porta ahora.

– Bien, señor Melville, yo no me preocuparía por eso. Tim es siempre feliz si todo va bien. Para él ésta es simplemente otra clase de felicidad; eso es todo.

Ron no contestó, se le llenaron de lágrimas los ojos y tuvo que dar vuelta la cabeza en otra dirección, poniéndose a mirar el paisaje por la ventanilla.

Una vez que los dejó instalados en la casa de campo, Mary se preparó a regresar a Sydney. Ron alzó el rostro y la miró, lleno de tristeza.

– ¡Qué lástima, señorita Horton! ¿Por qué tiene usted que irse? Pensé que iba a quedarse con nosotros.

Ella movió la cabeza negativamente.

– Desgraciadamente, no me es posible-repuso-. Mañana tengo que regresar al trabajo; mi jefe va a tener una semana llena de reuniones muy importantes y tengo que estar a su lado para ayudarle. Creo que encontrarán ustedes todo lo que necesiten. Tim sabe dónde está todo y él lo ayudará a usted si tiene problemas en la cocina o en alguna otra parte de la casa. Quiero que se sientan absolutamente como en su propia casa y que hagan lo que se les antoje y a la hora que quieran. Hay muchas cosas para comer, así que por ese lado no hay cuidado. Si les es necesario ir a Gosford, el número del servicio local de taxis está en la libreta de los teléfonos, e insisto en que lo carguen a mi cuenta.

Ron se puso de pie, ella se estaba ya poniendo los guantes, lista para partir. Le estrechó la mano, lleno de afecto, y sonrió.

– ¿Por qué no me llama usted Ron, señorita Horton? Así podría yo llamarla Mary. Me parece un poco tonto que sigamos llamándonos señor y señorita, ¿no le parece?

Mary se rió, con la mano puesta afectuosamente en el hombro de Ron.

– Muy bien. Estoy de acuerdo, Ron. De ahora en adelante seremos simplemente Ron y Mary.

– ¿Y cuándo volveremos a verla, Mary? -preguntó Ron, no sabiendo si, como huésped, debería salir a acompañarla al coche, estando ella en su propia casa, o simplemente regresar a su silla.

– El viernes en la noche, no sé a qué hora, pero no me esperen a cenar. Tal vez tenga que quedarme en la ciudad hasta más tarde y cenar con mi jefe.

Fue Tim quien la acompañó hasta el automóvil; con sorpresa, Ron vio cómo su hijo se interponía entre los dos saltando de impaciencia como un perro cuando no le hacen caso. Comprendiendo lo que eso quería decir, volvió a sentarse con su periódico mientras Tim seguía afuera a Mary.

– Ojalá no tuvieras que volver allá, Mary-le dijo, mirándola con una expresión que ella nunca antes le había visto en los ojos y que no podía identificar.

Mary sonrió, palmeándole el brazo.

– Tengo que irme, Tim -repuso-. De veras, tengo que irme. Pero eso significa que estoy confiando en que tú cuidarás a tu padre porque él no conoce la casa ni los alrededores, mientras que tú sí. Sé bueno con él. ¿Lo harás, Tim?

El joven asintió con la cabeza. Sus manos, flojas a los costados, se movieron y se apretaron una a la otra.

– Lo cuidaré, Mary; te prometo que lo cuidaré -dijo.

Se quedó mirando el sendero hasta que el coche desapareció entre los árboles; luego dio media vuelta y entró en la casa.

20

Esa semana Mary estuvo tan ocupada como lo había esperado. De las varias reuniones que el Consejo de la «Contable Steel & Mining» sostenía durante el año, ésa era la más importante. Tres representantes de la casa matriz, con sede en Estados Unidos, llegaron por avión desde Nueva York para asistir a ella. Surgieron los acostumbrados problemas de organización relacionados con hoteles que no satisfacían a los visitantes, alimentos que no podían conseguirse, esposas aburridas, programaciones incompletas y cosas así; cuando al fin llegó la noche del viernes, el suspiro de alivio que Mary dejó escapar le salió tan del fondo del corazón como el de Archie Johnson. Estaba en la oficina de éste en el último piso de la Torre Constable, con los pies en alto, mirando aturdidamente el cambiante panorama de luces que se extendía en todas direcciones hasta el horizonte ya moteado de estrellas.

– ¡Cristo en bicicleta, Mary, qué feliz me siento de que al fin todo haya pasado! -exclamó Archie, empujando a un lado su plato vacío-. Fue una idea buenísima la que se te ocurrió de que nos enviaran comida china acá arriba. De veras lo fue.

– Pensé que te gustaría -contestó ella moviendo los dedos de los pies con deleite-. Siento los pies como pelotas y todo el día me he estado muriendo por sacarme un momento los zapatos. Pensé que la señora de Hiram P. Schwartz nunca iba a encontrar su pasaporte a tiempo para alcanzar el avión y el cabello se me erizaba de pensar que tendría que atenderla durante el fin de semana.

Archie sonrió. Los impecables zapatos de su secretaria habían caído de cualquier modo en el otro extremo de la habitación y ella casi había desaparecido en las fauces de un sillón enorme, y sólo le asomaban los pies, apoyados en una otomana.

– ¿Sabes algo, Mary? Tú debías haber adoptado a un niño retrasado mental desde hace muchos años. ¡Por lo más sagrado que tengan las moscas, cómo has cambiado desde entonces! Jamás hubiera podido salir adelante sin tu ayuda, pero confieso que ahora ya es más divertido trabajar contigo. Nunca he podido prescindir de ti, pero no pensé que llegaría a ver el día en que tuviera que admitir que verdaderamente gozo de tu compañía, vieja bruja, pero así es, ¡realmente me gusta! ¡Y pensar que, durante todos estos años, la cosa ha estado ahí todo el tiempo, dentro de ti, y que nunca la habías dejado que se asomara siquiera! Eso, si me permites decirlo, es una verdadera lástima.

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