Colleen McCullough - Favoritos De La Fortuna

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Argumento: Desde el año 83 al 69 antes de Cristo, los principales acontecimientos de la historia de la antigua Roma en un fascinante mosaico novelesco que respeta escrupulosamente la verdad de los hechos, aunque narrándolos con la amenidad de la mejor de las novelas. En el relato aparecen numerosos personajes, pero el que tiene mayor protagonismo es un Julio César adolescente que consigue desembarazarse de sus obligaciones sacerdotales para demostrar a todos su extraordinaria inteligencia y su valor, que harán de él en el futuro un héroe celebérrimo de la historia romana. Las costumbres de la época, las estrategias bélicas, las intrigas políticas, los usos amatorios, etc., adquieren también gran importancia en esta novela, que constituye la tercera parte del gran ciclo de Colleen McCullough.

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Pero la voz del pueblo ha adquirido importancia y una serie de demagogos políticos, como los hermanos Graco, se alzan contra lo instituido, decididos a arrebatar el poder al Senado, propugnando su cesión al pueblo, representado por un estamento algo más bajo de los ciudadanos romanos, los caballeros, que eran fundamentalmente comerciantes acomodados. (En el mundo antiguo, la pugna por el cambio social nunca se orientaba en beneficio de los pobres, sino que adoptaba la forma de lucha entre la aristocracia terrateniente y la plutocracia comercial.)

En el año 110 a. de J.C., Cayo Mario, con cuarenta y siete años, era prácticamente un desconocido llegado a Roma del pequeño pueblo de Arpinum, y que, gracias a su magistral capacidad militar, había logrado alcanzar el segundo puesto más importante en el gobierno, el pretorado, acumulando una gran fortuna. Mario ansiaba ser cónsul (el cargo supremo), aunque no ignoraba que sus modestos orígenes hacían imposible tal deseo, ya que sólo podían ser cónsules los aristócratas terratenientes de rancio abolengo que nunca se habían ensuciado las manos ganando dinero en el comercio.

Por un fortuito encuentro con un arruinado patricio (la clase superior de la aristocracia), el senador Cayo Julio César (abuelo de César), pudo Mario mejorar sus posibilidades de aspiración al consulado. A cambio de financiar la carrera pública de los dos hijos del viejo César y aportar una dote para la hija menor del mismo, Mario obtuvo la mano de Julia, la hija mayor, y con ello una buena potenciación de su imagen electoral.

Casado con Julia en el 109 a. de J.C., Mario y su amigo epistolar Publio Cornelio Rufo partieron a la guerra contra Yugurta de Numidia. No obstante, Mario no era el jefe supremo de las tropas romanas; el cargo lo ostentaba el aristócrata Metelo (quien posteriormente recibiría el apelativo de Metelo el Numidico en recuerdo de esta campaña en -frica, y a quien Mario peyorativamente llamaba el ½Meneitos+). Acompañaba a Metelo el Numídico su hijo Metelo Pío.

La guerra en Africa progresaba poco, dado que Metelo el Numídico no era un buen general. En el 108 a. de J.C., Mario solicita que le releven de su cargo de primer legado para poder regresar a Roma y presentarse a las elecciones consulares del 107 a. de J.C., pero Metelo le niega el permiso y Mario desencadena en Roma una campaña por medio de cartas de quejas y críticas a su superior por su actuación en la guerra, que, finalmente, logra éxito, haciendo que Metelo le releve de servicio en Africa.

Pero antes de que Mario deje Africa, la adivinadora siria Marta le predice que será siete veces cónsul de Roma -algo sin precedentes- y que se le llamará Tercer Fundador de Roma; aunque también le vaticina que será Cayo, sobrino de su esposa, el hombre más importante en la historia de Roma. Se trataba de un niño aún por nacer, pero Mario da crédito a la profecía.

A su regreso a Roma, Mario es elegido segundo cónsul para el año 107 a. de J.C., y se vale del ente legislativo llamado Asamblea plebeya para aprobar una ley que despoja del mando de la guerra contra Yugurta a Metelo el Numídico para asumirlo él mismo.

Sin embargo, se enfrenta al problema de cómo obtener tropas, ya que las seis legiones que Metelo mandaba en Africa han quedado asignadas al primer cónsul que comparte el mandato con Mario, y en Italia prácticamente no había personal reclutable para el ejército por las cuantiosas bajas sufridas en campañas de los últimos quince años debido a la incompetencia de sucesivos generales de ascendencia aristocrática. Por otra parte, las importantes amistades de Metelo el Numidico, ofendidas porque Mario le hubiese arrebatado la dirección de la guerra contra Yugurta, se coligan para impedir que éste pueda reclutar soldados.

Pero Mario, espíritu heterodoxo, ha imaginado una cantera de reclutamiento impensada: el cap ite censi o censo por cabezas, la clase más baja de ciudadanos romanos desheredados; y en ella decide reclutar su ejército. Una medida revolucionaria!

A los soldados romanos se les había exigido siempre ser propietarios de tierra y tener los medios para pagarse el armamento y accesorios, y era la clase de agricultores acomodados la que durante siglos había nutrido los ejércitos de Roma. En la época en que suceden los acontecimientos del libro, esa clase estaba casi extinguida, y sus modestas propiedades habían pasado a manos de senadores o destacados comerciantes-caballeros. Se habían formado enormes fincas llamadas latifundia, trabajadas con mano de obra esclava, dejando sin empleo a los hombres libres.

Al anunciar Mario que iba a reclutar sus soldados entre la clase del censo por cabezas, se alzó un clamor sin precedentes; pero, luchando y rebatiendo tercamente a aristócratas del Senado y a comerciantes adinerados, Mario logró que la Asamblea plebeya aprobara su ley, y obtuvo una segunda ley para que el Tesoro de Roma financiara su ejército y equipara a sus menesterosos legionarios.

Mario se embarca de nuevo para Africa, con sus seis legiones de desheredados que el Senado estima incapaces de valor y lealtad, y acompañado de su cuestor (un magistrado de segunda categoría encargado de la tesorería), un tal Lucio Cornelio Sila, que acababa de casarse con Julilla, la hija menor del viejo César, y que, por consiguiente, era cuñado suyo.

Sila era la clase de persona casi totalmente opuesta a Mario. Aristócrata de impecable linaje patricio, bien parecido, era un personaje que había visto vedado el acceso al Senado por su extrema pobreza, hasta que, merced a una serie de crímenes, heredó de su querida Nicópolis y de su madrastra Clitumna. Ambicioso y cruel como nadie, Sila también creía en su destino singular, pero sus primeros treinta y tres años los había pasado en los poco afamados ambientes del mundillo teatral, y ello le había hecho poseedor de una peligrosa doble vida. En una Roma cuyos ciudadanos mostraban una radical animadversión hacia la homosexualidad, Sila se vio obligado a ascender esforzadamente hacia la fama renunciando a su amor por Metrobio, un actor griego adolescente.

Mario tardó casi tres años en derrotar al númida Yugurta, si bien la captura del rey africano la llevó a cabo Sila, con el cargo ya de legado y consolidado como su más leal lugarteniente. Pese a ser tan distintos en orígenes y personalidad, los dos se llevaban muy bien, y el ejército de Mario cumplió extraordinariamente en combate, con lo que no hubo lugar para críticas por parte del Senado.

Mientras Mario y Sila aunaban sus esfuerzos en la guerra de Africa, un nuevo peligro amenazaba a Roma: una gran migración de pueblos germánicos (cimbros, teutones, queruscos, marcomanos y tigurinos) había invadido la Galia (la Francia actual) infligiendo sonadas derrotas a los ejércitos romanos mandados por incompetentes aristócratas que se negaban a colaborar con colegas del generalato a quienes consideraban inferiores.

Mario es elegido inesperadamente cónsul por segunda vez y se le asigna el mando de la guerra contra los germanos. A pesar de la oposición de Metelo el Numídico y de Marco Emilio Escauro, princeps senatus (presidente de la cámara), toda Roma estaba convencida de que Mario era el único capaz de vencer a los bárbaros, y ello fue el motivo de ese segundo consulado al que no se había presentado candidato.

Acompañado de Sila y de Quinto Sertorio (un primo de Mario, entonces con diecisiete años), en el 104 a. de J.C. conduce a sus legionarios del censo por cabezas, ya avezados veteranos, a la Galia Transalpina para aguardar allí la embestida de los germanos; pero éstos se hacen esperar, y Mario ocupa a la tropa en trabajos de obras públicas, mientras Sila y Sertorio, disfrazados de galos, parten a averiguar cuáles son las intenciones de los bárbaros. En el 103 a. de J.C., Mario vuelve a ser elegido cónsul, y, gracias a los buenos oficios de Lucio Apuleyo Saturnino, accede por cuarta vez al cargo en el 102 a. de J.C., el año de la llegada de los germanos, cuando sus enemigos del estamento senatorial estaban a punto de quitarle el mando.

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