Kate Furnivall - La Concubina Rusa

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Año 1928. Exiliadas de Rusia tras la revolución bolchevique, Lydia Ivannova y su madre hallan refugio en Junchow, China.
La situación de los rusos, expulsados de su país sin pasaporte ni patria a la que regresar, es muy difícil. La ruina económica las acecha y Lydia, consciente de que tiene que exprimir su ingenio para sobrevivir, recurre al robo.
Cuando un valioso collar de rubíes (regalo de Stalin) desaparece, Chang An Lo, amenazado por las tropas nacionalistas a la caza de comunistas, interviene en la vida de Lydia y la salva de una muerte segura.
Atrapados en las peligrosas disputas que enfrentan a las violentas Triadas (organizaciones criminales de origen chino) de Junchow, y prisioneros de las estrictas normas vigentes en el asentamiento colonial, Lydia y Chang se enamoran y se implican en una lucha atroz que les obliga a enfrentarse a las peligrosas mafias que controlan el comercio de opio, al tiempo que su atracción sin fin se verá puesta a prueba hasta límites insospechados.

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– Será en la villa de la condesa Serova.

El dato despertó su interés. En la villa Serov. Le gustaría ver con cuánto lujo vivía la aristocracia rusa.

– ¿De veras?

– Da. La semana que viene.

– Lo pensaré.

– Bien. Tienes que venir.

– Lo pensaré.

Todavía respiraba.

Cada vez que lo dejaba solo lo hacía con un nudo en la garganta, aunque sólo fuera cinco minutos, para buscar agua o deshacerse de los vendajes manchados, que al principio envolvía en papel de periódico y tiraba al fondo del cubo de la basura que había junto a la puerta trasera, vigilando siempre que no la viera Wai. El cocinero vivía con su silenciosa mujer en un anexo bajo, a un lado de la casa, y estaba encantado con la orden de no molestarla más que para traerle la cena, que se componía de sopa, pollo y bizcocho con natillas, y que le servía en el comedor. Todos los días le servía lo mismo, y ella se daba cuenta de que se aprovechaba de su inexperiencia, pero no le importaba. Apenas la tocaba, de todos modos. Se comía el bizcocho y se llevaba la sopa arriba, para verter unas gotas en la boca de Chang An Lo.

Él siempre se las tragaba. Lydia observaba, nerviosa cada vez, con temor a que no lo hiciera. Pero la nuez prominente de su cuello subía y bajaba, y ella, aliviada, se pasaba la lengua por los labios.

A veces le canturreaba algo. O le leía un rato. Le leía cosas sobre Pip, el pobre Pip, el forastero, tan ambicioso con sus «grandes esperanzas», y a la vez tan lleno de dolor y desgracia. Ella sabía exactamente cómo se sentía.

– ¿Te resulta demasiado lejano, Chang An Lo, este mundo de Dickens, de la sociedad londinense? Se encuentra a un millón de kilómetros de nosotros dos, ¿verdad?

De modo que optó por Rikki Tikki Tavi [6]y le pidió que se riera cuando la mangosta se comía los huevos de la gran serpiente.

– Ya ves que es posible matar a las serpientes, incluso a las Serpientes Negras.

Y se puso a tararearle una canción popular rusa, Ya vstretil vas, mientras le mojaba la frente y los brazos con un paño que empapaba en un cuenco esmaltado, en el que había mezclado agua con unas gotas de aceite de alcanfor. «Para que sude», le había dicho el señor Hatton. «Un antitérmico.» Y cuando terminó, apoyó la frente en el edredón que lo cubría y sucumbió a un instante de temor. «Por favor, Chang An Lo. Por favor.»

Los sonidos del templo. Llegaban hasta Chang An Lo como voces de los dioses. A través de las nieblas del incienso. El tañido de las campanillas de latón, el murmullo grave de los cánticos.

Un río de sonido. Lo arrastraba. Desde el lodo negro del fondo. Sentía que su rostro se abría paso entre el limo apestoso, venenoso, que lo devoraba. Había llenado su boca y sus ojos, había impregnado los pliegues de su mente, el viento de la vida no llegaba a ellos, y sabía que no tardaría en ver de nuevo el rostro de Yang Wang Yeh, el último juez de las almas de los hombres.

Flotaba.

Elevado por el sonido, ascendía cada vez más, arrastrado por su corriente, en dirección a la luz.

Y la vio al fin, y su corazón volvió a latir. Le sonreía. Su rostro hermoso. Susurró su nombre: Kuan Yin. Una vez más. Kuan Yin. La diosa que comprendía el dolor. Recordó -y un chorro de sangre fresca regó su cerebro- que cuando su padre había tratado de quemarla viva, ella había apagado el fuego con las manos. Dolor. Manos. Dulce y sagrada diosa china de la misericordia, Kuan Yin, mi dolor no es nada comparado con el tuyo.

Un pájaro se posó en su pecho. Era pequeño, ligero, pero estaba cubierto de plumas de cobre, que brillaban tanto que le quemaban el barro de los ojos. De las orejas. Oía cantar a ese pájaro. Un único sonido. Repetido una y otra vez en su mente.

«Por favor.»

Capítulo 37

Ella no le permitía que le viera la cara.

– Li Mei, no. Por favor.

Pero Li Mei se ocultaba bajo la almohada. La vergüenza que sentía era mucho peor que su dolor.

– Amor mío, mi cielo -murmuró Theo-. Deja que te humedezca las mejillas hinchadas, que te cure con mis besos los cardenales negros que rodean tus ojos.

Ella se acurrucó, hecha un ovillo, dándole la espalda.

Theo se inclinó sobre la cama y le besó la nuca, aspirando el perfume de sándalo que impregnaba sus cabellos, negros como ala de cuervo.

– Perdóname, mi amor, ya te dejo sola. Aquí tienes unas medicinas del herbolario; la del tarro negro es para el dolor, y la otra para la piel dañada.

Aguardó unos instantes, dividido entre el deseo imperioso de abrazarla con fuerza y la conciencia de que, más que ninguna otra cosa, lo que ella quería era ocultarle las pruebas de su desgracia.

– ¿Li Mei?

Silencio.

– Li Mei, escúchame. No vuelvas nunca junto a tu padre. Pase lo que pase. Los dos sabemos que te hundiría y te convertiría en su esclava, de modo que debes mantenerte lejos de él. Y del come-mierda de tu hermano Po Chu. Prométemelo.

Nada.

Theo se incorporó y apoyó una mano en la fina curva de la cadera.

– A cambio, yo te prometo que me alejaré para siempre del humo de los sueños.

Ella seguía sin responder, pero un temblor progresivo se apoderó de sus hombros. Estaba llorando.

Esa noche, Theo no se acostó. Ya no acudió a su cita en el río. Bajó hasta las aulas vacías, hasta la gran silla de roble tallado que se encontraba al final del pasillo, y pidió a uno de los muchachos encargados del mantenimiento que le trajera cuerdas. El niño, de unos nueve años, no se mostró en absoluto complacido con aquel encargo, pero acabó por obedecer, porque si perdía el trabajo, sus padres y sus cuatro hermanas se morirían de hambre.

Theo se quedó ahí sentado toda la noche.

Para que nadie oyera sus lamentos y sus gritos, excepto la gata de ojos amarillos, que se mantuvo casi en todo momento sentada, observándolo, pero que en una ocasión le saltó sobre el regazo y emitió un maullido agudo. Él tenía los brazos atados a la madera labrada, desde la que unos tigres en relieve le sonreían, burlándose de su tormento, y los tobillos atados a las patas macizas.

Cuando un débil resplandor rojizo asomó por el horizonte, Theo supo que le estaba mirando a los ojos el mismísimo diablo.

Capítulo 38

El agotamiento, finalmente, hizo mella en Lydia, que despertó sobresaltada, y se encontró todavía en la silla, pero echada hacia delante sobre la cama, con la cabeza apoyada en un costado de Chang. Alarmada, se echó hacia atrás dando un respingo. La mano de Chang. No debía apretarla.

Estaba oscuro, hacía frío, y sentía la mente embotada, espesa como la melaza. Se puso en pie, se quitó la ropa que llevaba puesta desde hacía cuarenta y ocho horas y se puso uno de los dos camisones nuevos, bordados, que permanecían perfectamente doblados en un cajón de la cómoda, por lo demás vacía.

Y se metió en la cama. Al instante, todas sus ganas de dormir se esfumaron. Se recostó de lado, curvando su cuerpo para encajarlo en el de Chang, consciente de su desnudez, y de la delgadez de su camisón, que apenas los separaba. Apoyó el brazo sobre el pecho de Chang, la mejilla sobre su hombro. Hasta ella llegaba el olor refrescante del alcanfor que le cubría la piel. Aspiró hondo.

– Chang An Lo -susurró, por el mero placer de oír su nombre.

Cerró los ojos y sintió en el pecho una sensación cálida, burbujeante. ¿Felicidad? ¿Cómo era la felicidad?

Tuvo pesadillas.

Su madre fijaba un aro metálico en torno al cuello de Chang. Estaba desnudo, y Valentina lo arrastraba tirando del extremo de una pesada cadena, sobre grandes extensiones de nieve. Estaban en el corazón de un bosque, soplaba un viento estremecedor y se oía el aullido de los lobos. El cielo, rojizo, sangraba sobre la blancura de la nieve, como una lluvia escarlata. Había un hombre montado a lomos de un caballo inmenso. Un abrigo verde. Un rifle. Balas que volaban por el aire, que perforaban los pinos, que se introducían en las piernas de su madre. Gritaba. Y una bala impactó en el pecho desnudo de Chang. Otra fue a alojarse entre dos costillas de Lydia. No sintió dolor, pero no podía respirar. Le faltaba el aire, y el hielo se metía en sus pulmones. Trataba de gritar, pero de su boca no brotaba ningún sonido, y no podía respirar.

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