Blake Pierce - Una Razón Para Temer

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Una historia dinámica que te atrapa desde el primer capítulo y no te deja ir. Midwest Book Review, Diane Donovan (sobre Una Vez Desaparecido) Del autor exitoso de misterio Blake Pierce llega una nueva obra maestra del suspenso psicológico: UNA RAZÓN PARA TEMER (Un misterio de Avery Black – Libro 4) Cuando un cuerpo es hallado flotando debajo del río Charles congelado, la Policía de Boston convoca a su más brillante y polémica detective de homicidios, Avery Black, para cerrar el caso. Avery no se tarda mucho en darse cuenta que este no es un asesinato aislado, sino la obra de un asesino en serie. Otros cuerpos comienzan a aparecer, todos ellos atrapados en el hielo. ¿Es una coincidencia, o la firma de un asesino trastornado?A medida que comienza a sentir la presión de los medios de comunicación y sus jefes, lucha para resolver el caso inexplicable, demasiado extraño incluso para su mente brillante. Trata de mantener su propia depresión a raya al mismo tiempo, ya que sus propios problemas personales la tienen intranquila. Y todo esto se mezcla mientras intenta entrar en la mente de un asesino psicótico y difícil de alcanzar. Lo que descubrirá la conmocionará y la hará darse cuenta de que nada es lo que parece y que la peor oscuridad es la que se puede encontrar cerquita de nosotros. Un thriller psicológico oscuro con suspenso emocionante, UNA RAZÓN PARA TEMER es el libro #4 de una nueva serie fascinante, con un nuevo personaje querido, que te dejará pasando páginas hasta bien entrada la noche. El libro #5 de la serie de Avery Black estará disponible pronto. Una obra maestra del thriller y el misterio. Pierce hizo un trabajo magnífico desarrollando a los personajes psicológicamente, tanto así que sientes que estás en sus mentes, vives sus temores y aclamas sus éxitos. La trama es muy inteligente y te mantendrá entretenido. Este libro te mantendrá pasando páginas hasta bien entrada la noche debido a sus giros inesperados. Opiniones de libros y películas, Roberto Mattos (Una vez desaparecido)

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“Su obsesión con su trabajo se ajusta perfectamente bien a la descripción de la persona a quien estamos buscando”, pensó Avery. Aun así, después de estos minutos de conversación con Nguyen, estaba bastante segura de que Bryson había estado en lo cierto. Era imposible que Nguyen estuviera involucrado.

“¿En qué estaba trabajando exactamente cuando dejó el cargo?”, preguntó Avery.

“Es bastante complicado”, dijo. “Y desde entonces he pasado la página. Pero, en esencia, estaba trabajando para deshacerme del exceso de calor que se produce cuando los átomos pierden su impulso durante el proceso de enfriamiento. Estaba trabajando con unidades cuánticas de vibración y fotones. Ahora, según entiendo, ha sido perfeccionado por nuestra gente en Boulder. Pero, en ese momento, ¡estuve trabajando como loco!”.

“Aparte del trabajo que está haciendo para la revista y las cosas con la universidad, ¿sigue trabajando en eso?”, preguntó.

“En ciertas cosas”, dijo. “Pero solo aquí en la casa. Tengo mi propio laboratorio privado en un espacio de alquiler a pocas cuadras de distancia. Pero no es nada serio. ¿Quieren verlo?”.

Avery sabía que no estaban siendo cebados o ilusionados. Nguyen claramente se sentía muy apasionado por el trabajo que solía hacer. Y cuanto más hablaba de lo que había hecho una vez, más se adentraban en el mundo de la mecánica cuántica, algo que estaba muy lejos de un asesino enloquecido vertiendo un cuerpo en un río helado.

Avery y Ramírez compartieron una mirada, que terminó con un movimiento de cabeza. “Bueno, Sr. Nguyen, realmente apreciamos su tiempo. Le haré una última pregunta. Durante el tiempo que pasó trabajando en el laboratorio, ¿alguna vez se cruzó con algún compañero de trabajo, estudiante, con cualquiera persona que le haya parecido un poco excéntrica o rara?”.

Nguyen se tomó unos momentos para pensar, pero luego negó con la cabeza. “Nadie se me viene a la mente. Por otra parte, todos los científicos somos un poco excéntricos. Pero los llamaré si recuerdo a alguien”.

“Gracias”.

“Y si cambian de opinión y quieren ver mi laboratorio, háganmelo saber”.

“Apasionado por su trabajo y solitario”, pensó Avery. “Maldición... así era yo hasta hace unos meses”.

Se sentía identificada. Y, debido a eso, aceptó gustosamente la tarjeta de presentación de Nguyen cuando se la ofreció en la puerta. Cerró la puerta y Avery y Ramírez se abrieron paso por las escaleras del porche y regresaron a su auto.

“¿Entendiste algo de lo que dijo?”, preguntó Ramírez.

“Muy poco”, respondió.

Pero la verdad era que había dicho una cosa que no podía sacarse de la mente. No la hacía pensar que valía la pena seguir investigando a Nguyen, pero sí le dio una nueva percepción de su asesino.

“Encontrar formas de manipular elementos con temperaturas”, había dicho Nguyen. “Me parece casi divino”.

“Tal vez nuestro asesino está simulando una fantasía divina”, pensó. “Y si él cree que es un dios, podría ser más peligroso de lo que pensamos”.

CAPÍTULO OCHO

El hámster parecía un bloque de hielo peludo cuando lo sacó del congelador. También se sentía como un bloque de hielo. No pudo evitar reírse ante el ruido que hizo cuando lo colocó en la bandeja de horno. Tenía las patas para arriba, un fuerte contraste con la forma en la que habían estado pedaleando hacia atrás y adelante en pánico cuando lo había metido en el congelador.

Eso había sido hace tres días. Desde entonces, la policía había descubierto el cuerpo de la chica en el río. Le había sorprendido lo lejos que había llegado el cuerpo. Hasta Watertown. Y el nombre de la chica era Patty Dearborne. Sonaba pretencioso. Pero esa chica había sido hermosa.

Pensó distraídamente en Patty Dearborne, la chica que había raptado en las afueras del campus de la Universidad de Boston mientras pasaba su dedo a lo largo de la barriga helada del hámster. Había estado tan nervioso, pero había sido bastante fácil. No había tenido la intención de matar a la chica. Las cosas simplemente se le fueron de las manos. Pero todo había salido bien a la final.

La belleza podía ser arrebatada, pero no en una forma mortal. Patty Dearborne también había sido hermosa en la muerte. Cuando desnudó a Patty vio que la chica era perfecta. Había visto un lunar en su zona lumbar y una pequeña cicatriz a lo largo de la parte superior de su tobillo. Pero, aparte de eso, era perfecta.

Había vertido a Patty en el río ya muerta. Había visto las noticias con gran expectativa, preguntándose si serían capaces de traerla de vuelta... preguntándose si el hielo en el que había permanecido por esos dos días había logrado preservarla de alguna manera.

Obviamente ese no había sido el caso.

“Fui descuidado”, pensó, mirando el hámster. “Me llevará algún tiempo, pero lo lograré”.

Esperaba que el hámster fuera parte de eso. Sus ojos aún centrados en su pequeño cuerpo congelado, tomó las dos almohadillas térmicas del mostrador de la cocina. Eran parecidas a las almohadillas utilizadas en el atletismo para aflojar los músculos y relajar las partes tensas del cuerpo. Colocó una de las almohadillas debajo del cuerpo y la otra sobre sus pequeñas patas rígidas.

Estaba seguro de que tendría que esperar bastante. Tenía un montón de tiempo... no tenía prisa. Estaba tratando de burlar a la muerte, y sabía que la muerte no iba a ninguna parte.

Se echó a reír con este pensamiento en su cabeza. Echándole un último vistazo al hámster, se dirigió a su dormitorio. Estaba bastante ordenado, al igual que el baño contiguo. Entró en el baño y se lavó las manos con la eficiencia de un cirujano. Luego se miró en el espejo y contempló su rostro, un rostro que a veces consideraba el de un monstruo.

El lado izquierdo de su rostro tenía daños irreparables. Comenzaba justo debajo de su ojo y llegaba a su labio inferior. Aunque la mayor parte de su piel y tejido se había recuperado en su juventud, había cicatrización y decoloración permanente en ese lado de su rostro. Su boca también parecía estar congelada en una mueca permanente.

Ya a sus treinta y nueve años de edad había dejado de preocuparse por lo feo que se veía. Era la vida que le había tocado. Su madre de mierda ocasionó esta desfiguración. Pero eso ya no importaba... estaba trabajando en arreglarlo. Miró su reflejo mutilado en el espejo y sonrió. Podría tomar años, pero eso tampoco importaba.

“Los hámsteres solo cuestan cinco dólares cada uno”, dijo en voz alta. “Y hay alumnas universitarias bonitas hasta debajo de las piedras”.

Había leído bastante, principalmente en los foros de enfermeras y estudiantes de medicina. Supuso que tenía que dejar las almohadillas colocadas por unos cuarenta minutos si quería que el experimento funcionara. Se descongelaría lentamente, y ese descongelamiento no interrumpiría ni proporcionaría descargas eléctricas al corazón helado.

Pasó esos cuarenta minutos viendo las noticias. Escuchó un segmento respecto a lo sucedido a Patty Dearborne. Se enteró de que Patty estudiaba en la Universidad de Boston y que tenía aspiraciones de convertirse en una consejera. Había tenido un novio y sus padres estaban llorando su muerte. Vio a los padres en la televisión, abrazándose y llorando juntos mientras hablaban con los medios de comunicación.

Apagó el televisor y entró en la cocina. El olor del hámster estaba empezando a inundar la cocina... un olor que no había estado esperando. Corrió al pequeño cuerpo y le retiró las almohadillas.

Su pelaje estaba achicharrado y su barriga estaba ligeramente carbonizada. Tiró el pequeño hámster al suelo. Cuando vio los pequeños rastros de humo, gritó.

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