En contra de sus principios, como escuela nocturna había elegido los Jesuitas de Caspe. Una vieja institución en el centro de Barcelona, que tenía fama de estricta, pero que un amigo le había jurado que el nocturno era diferente, los profesores eran los mejores, generalmente universitarios jóvenes y la enseñanza era laica. Debía confiar en los amigos, ya que no tenía ninguna otra referencia digna de crédito. Sus padres vivían en un mundo cerrado, conformista y apolítico, quizá su tío Tomás, pero lo veía muy poco, como para esperar sus consejos. La vieja institución escolar, no lo defraudó, con los jesuitas casi no tenía contacto y los pocos que aparecían por nocturno, eran jóvenes de mente abierta, que estudiaban en la universidad o ejercían de curas obreros en los barrios.
La enseñanza, las largas discusiones políticas, las nuevas relaciones, los cine-forum, estaban empezando a cambiar su mentalidad estrecha, estereotipada, chabacana y un tanto barriobajera, que llevaba impresa la gente de su barrio, como un tatuaje. No es que sus compañeros vinieran de barrios más pudientes y elegantes, pero la mayoría se caracterizaba por su lucha por desasirse de las barreras que los encorsetaban en un mundo demasiado predefinido, del que resultaba difícil salir. Todos ellos trabajaban y estudiaban, querían hacer una carrera universitaria o marchar a otros países, tenían opiniones políticas y muchos de ellos se movían en la clandestinidad llevando a cabo actividades prohibidas. Leían libros de ensayos, indigeribles para Martí, conseguidos en las trastiendas de algunas librerías. Visitaban exposiciones de arte, que para él no eran más que telas maltratadas, emborronadas de pintura por algún tarado, pero disimulaba para no quedar como un paleto, que no sabía ver la tensión interna del artista. Al poco tiempo, Martí se encontraba integrado en un grupo de militantes anti-franquistas del sector de la enseñanza, dirigidos por un militante del partido que los aleccionaba, sin convencer demasiado a Martí que no había nacido para seguir consignas, ya que le recordaban demasiado las admoniciones eclesiásticas. Aquella era la vía para canalizar sus inquietudes, pero ya intuía que su visión del mundo, no estaba destinada a seguir la disciplina de un partido. Quizá era anarquista, pero nunca había leído nada sobre esa doctrina y, por lo tanto, nada le hacía suponer que lo fuera. Por otra parte, estaba más de acuerdo con las ideas que se planteaban en su grupo, que con la manera de aplicarlas. Poco margen para las opiniones y demasiadas consignas, quizá tenían razón, en esos momentos estaban en guerra y lo primero era derrocar al franquismo, ya llegaría el tiempo del debate social sobre la nueva sociedad que se debía construir.
7
La radio lanzaba señales insistentes de llamada―: Alfa 2 a Alfa 3, conteste, cambio… Alfa 2 a Alfa 3, conteste, cambio. Martí cojones, despierta de una puta vez. ―Conocían a Martí y sabían que su sueño era beatífico. No lo despertarían ni a cañonazos, pero afortunadamente Martí dormía plácidamente en el sofá de la sala, muy cerca de donde se encontraba la radio. Entre nieblas espesas y pastosas escucho los últimos alaridos de Amadeu. Se levantó precipitadamente y al instante sintió las punzadas en las sienes. ―Dios qué turca ―siguió renegando para sus adentros hasta alcanzar el aparato. Oprimió el botón que lo convertía en emisor y tras aclararse la garganta, pronunció la frase establecida―: Aquí Alfa 3 al habla, cambio. ―Martí tenemos una emergencia y necesitamos la colaboración de todos. Cambio. ―No me digas. ¿Se ha declarado un incendio? Cambio. ―No, pero puede ser grave. La hija de Tomás ha desaparecido. Dijo que iba a pasar la tarde a cal Ferrán y no ha vuelto en toda la noche. Su padre pensó que se había quedado a dormir y que no había avisado porqué su radio no funciona y esta mañana cuando la ha ido a buscar, resulta que nunca llegó allí. Cambio. ―De acuerdo me visto y voy volando. ¿Dónde quedamos? Cambio. ―En el llano de los cazadores al lado del monasterio a las 10. ¿De acuerdo? Cambio. ―De acuerdo. Cambio y cierro.
Metió la cabeza bajo el grifo y el agua helada le produjo un efecto instantáneo, como si el cerebro se le hubiera resquebrajado en pequeñas partículas, pero tras el primer choque, empezó a sentir que las partes se recomponían, resistió un rato hasta que notó que se le estaban congelando las orejas. Se secó rápidamente con una toalla y subió a despertar a Roberto.
Su aspecto era deplorable. Le explicó de forma sucinta lo acontecido y le ofreció que siguiera durmiendo mientras él ayudaba a sus vecinos. Roberto negó con la cabeza, mientras se sentaba en la cama. Aunque su cuerpo estaba más acostumbrado a estos excesos que el de Martí, lo sentía desarticulado, como si fuera una marioneta a la que debieran engrasar las juntas. ―Dame cinco minutos y estoy contigo ―pronunció de forma casi inaudible. Entró en el lavabo orinó largamente, se remojó la cara y el cogote con agua fría y esnifó un poco de coca que llevaba en un pequeño recipiente. La reservaba para situaciones en las que requería poner el cuerpo y la mente en marcha de forma rápida.
En diez minutos se encontraban frente a la casa. Roberto ofreció su coche―: He traído el 4 x 4. Si quieres podemos ir en él.
Pero Martí lo rechazó―: Déjalo, mi viejo Jeep ya se conoce el camino. ―Partieron a gran velocidad, como si el camino pedregoso fuera la autopista de la Junquera.
―¿Cómo es que tenéis radio para comunicaros? ―se interesó Roberto.
―Aquí no llega el teléfono. Además, actuamos un poco como guardas forestales, para poder actuar con rapidez en caso de incendio y también en situaciones como esta.
Las caras de ambos amigos dejan traslucir claramente los efectos de la noche anterior.
―Tomaremos café en el bar de cazadores que hay junto al monasterio. En este tiempo abre temprano. ―Martí puso en situación a su amigo durante el trayecto. El quién era quién de aquel suceso, expresándole sus dudas sobre la posibilidad de un accidente.
―Aquí no hay barrancos, ni el terreno es muy escarpado. Además, estos niños se conocen la región, como la palma de la mano. Como prefiero no imaginar cualquier otro tipo de desgracia, me inclino a pensar que ha sido una gamberrada de muchachos. Debe estar en Cadaqués o en Figueres con los colegas, pero no se lo voy a sugerir a su padre. Si tengo razón, aparecerá de un momento a otro con las orejas gachas o la Guardia Civil enviará un parte, dando razón de que acabó en comisaría o en el ambulatorio con una trompa como un piano. En caso contrario prefiero no pensar. ―Permanecieron en silencio hasta llegar al monasterio.
Un corro de hombres discutía cuál sería la mejor estrategia para organizar la batida. El padre renegaba en voz alta―: Cagondeu. Dónde se habrá metido esta niña. Como sea una de sus gamberradas de adolescente consentida, la voy a moler a palos. ―Pero la preocupación se reflejaba en su rostro. Como Martí, el padre de Nati, la muchacha extraviada, prefería pensar que se habría tratado de una gamberrada y su mente negaba cualquier otra posibilidad, pero se trataba de un hombre enérgico y de fuerte carácter y no hubiera podido quedarse en casa esperando acontecimientos, necesitaba actuar o hubiera sufrido una embolia.
―He llamado a la Policía Nacional, a la Guardia Civil, a los hospitales, a los bomberos de la Generalitat, me han dicho que a media mañana se incorporarían al rastreo de la zona y que posiblemente enviarían un helicóptero para facilitar la búsqueda. Cagondeu. ¿Qué le habrá pasado a mi niña? ―No pudo resistir más la tensión y se echó a llorar. Martí y Roberto lo acompañaron al bar y lo trataron de tranquilizar. El padre se tomó un coñac de un trago y ellos pidieron un café.
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