Nando Cruz - Pequeño circo

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A finales de
los 80, cuando los héroes de la Movida madrileña estaban de capa caída o habían sucumbido a la tentación del mainstream y las multinacionales, surge una nueva generación que, fuertemente influida por el pop-rock independiente británico y norteamericano y por la proclama del punk del «hazlo tú mismo», empieza a gestar un nuevo universo sónico que bascula entre el
noise, el
rock de garaje y el
pop más naíf y etéreo. Al mismo tiempo, de los lugares más insospechados del territorio español, algunos jóvenes deciden montar su sello discográfico, a veces incluso en su casa, sin más medios que un fax, un teléfono y una estantería. También aparecen numerosos fanzines que, a base de corta y pega y fotocopias, se hacen eco de la nueva escena musical; la mayoría de veces para ensalzarla, pero también para parodiarla y denigrarla. Nace así el indie en España. El periodista musical Nando Cruz, tras un año y medio de trabajo y después de entrevistar a más de cien personas, compone por primera vez el apasionante retrato de una generación que, amplificada por una prensa especializada que acogió sus propuestas con un entusiasmo inusitado, se presentó como la alternativa musical de los 90. «Pequeño circo» es un recorrido por aquella década construido a través de las anécdotas, confesiones, epopeyas, ambiciones, errores, trapicheos, éxitos y fracasos de sus protagonistas. Pero entre los recuerdos y reflexiones de los entrevistados, también se cuela una mirada reflexiva y crítica, fruto del análisis y la distancia que proporcionan los más de veinte años transcurridos desde que empezó a cobrar forma aquella escena.

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El fichaje de Jone fue mejor de lo que creímos. Su padre tenía unas oficinas en el barrio de Amara. Íbamos a ensayar los sábados y domingos a las cuatro de la tarde. Era una habitación que daba a la calle, como un escaparate, pero había unas cortinas muy bonitas con lamas como de los 70. Corríamos los cortinones y ensayábamos detrás. No pagábamos alquiler. Eso fue importante. A lo mejor si hubiésemos tenido que pagar habríamos puesto más pegas.

EL INSTITUTO PEÑAFLORIDA Y EL USANDIZAGA

IBON ERRAZKIN: Hice dos números de Interiores en el 84 y en el 85 hice otro fanzine: Imagen pública . Yo era muy fan de PiL. El primer número era una cosa muy finita con muy pocas páginas. En el fanzine hablaba más de grupos locales que de fuera, aunque si caía en mis manos algún New Musical Express fusilaba alguna entrevista. Pero la gracia era entrevistar a grupos locales, hacerles cuestionarios… En el segundo número ya entrevisté a La Insidia.

Hice tres números y con cada uno organicé una fiesta para presentarlo. Para el primero monté un concierto con La Insidia y La Vieja Escuela. En la presentación del segundo tocaron Duncan Dhu en Altxerri, una especie de galería de arte y bar de jazz. Ya había empezado a tocar con Teresa y teníamos planes de hacer algo, pero yo entonces me dedicaba más al fanzine.

La Insidia era un grupo de culto en Donosti. Para la gente de nuestro círculo era el mejor. Javier Aramburu tenía un par de años más que yo. Tenía una presencia muy especial y era muy carismático. La Insidia no se parecía nada a Family. Era bastante oscuro. Javier cantaba como Martin Bates de Eyeless In Gaza, desgañitándose.

RICARDO ALDARONDO: A Javier e Iñaki [Gametxogoikoetxea] los conocí por el programa. Ponía las primeras canciones de La Insidia, iba a verles en directo y era fan. Estuve en La Insidia en la segunda parte de la vida del grupo, más o menos del 85 al 88, tocando la guitarra y algún teclado.

TERESA ITURRIOZ: ¡La Insidia y Matrona Impúdica eran mis grupos favoritos! Tampoco eran tan distintos. La Insidia era muy desgarrado. Yo era joven y me gustaba lo desgarrado. Matrona Impúdica también eran desgarrados y me encantaba cómo tocaba el bajo Jose Gregorio Izkue: me recordaba al de los Stranglers, moviendo la patita mientras cantaba. Todo me parecía muy exótico y bonito. De La Insidia también me gustaban mucho las letras. En mi casa estaban aburridos de La Insidia, de tanto que los ponía. La única forma de oír esos grupos eran las casetes.

IBON ERRAZKIN: Había muchos conciertos en salones de actos de institutos públicos como el Peñaflorida y el Usandizaga94. Eran conciertos a los que iban fácilmente doscientas o trescientas personas. Ibas allí los viernes por la tarde y tocaban tres grupos. Allí vi a Duncan Dhu cuando empezaban, a Matrona Impúdica y a La Vieja Escuela, un grupo que parecía que iba a ser tan conocido como Duncan Dhu y La Dama se Esconde, pero que se separó pronto.

Esos conciertos los montaban los alumnos del instituto: gente de dieciséis y diecisiete años. El público era de su misma edad y los grupos, también. Y el ambiente era muy mixto. Había muchísimas chicas.

RICARDO ALDARONDO: A mediados de los años 80, los grupos pedíamos permiso en los institutos y montábamos pequeños festivales con dos o tres grupos, sobre todo coincidiendo con el comienzo de las vacaciones de Navidad o Semana Santa. Mogollón surgió en el Instituto Peñaflorida, en la Navidad del 78, tocando entre clase y clase y en los recreos. Nuestro primer concierto fue en la fiesta de fin de trimestre en el salón de actos.

TERESA ITURRIOZ: Es una pena que se dejaran de hacer conciertos allí porque si yo quise tocar el bajo fue porque veía que no era solo una cosa para la gente importante que estaba en Madrid haciendo música en discográficas. Tu vecino de al lado lo hacía y tú lo podías hacer también. No creo que entonces lo pensase con estas palabras, pero quería hacerlo y lo hice.

IBON ERRAZKIN: Los conciertos en los institutos duraron hasta el 87. Dejaron de hacerse probablemente porque la gente que estaba en 3.º de BUP en el 85 ya había dejado el instituto y nadie tomó el relevo.

JAVIER SÁNCHEZ: Recuerdo perfectamente un concierto de Aventuras en el Instituto Femenino. Aquello era alucinante. El Instituto Femenino y el Peñaflorida estaban pegados. Una semana se tocaba en uno y a la siguiente en el otro. Ojalá volvieran a hacerlo. Que los menores de dieciocho años no puedan ir a conciertos me parece una aberración.

IBON ERRAZKIN: Tengo nulas dotes de mánager, pero al principio me encargué yo de buscar conciertos. Era fácil. Txuribeltz era un bar siniestro y de rollo valenciano. Traían mucho a tocar a Comité Cisne. Para el bar era bueno porque se llenaba. Movíamos gente de nuestra edad; unas doscientas personas, de las cuales unas treinta tocaban en otros grupos a los que luego también íbamos a ver. Todos tocamos en Txuribeltz tres o cuatro veces.

RICARDO ALDARONDO: Ibon era muy jovencito y tímido, pero yo ya conocía su buen gusto y sabiduría musical, que desde el primer momento se reflejó en las canciones. Me llamó la atención lo que luego a todos: el minimalismo —o quizá habría que hablar de modestia muy bien aprovechada—, las melodías encantadoras, un sentido de lo naíf nada infantiloide, las baterías primitivas de Peru… Todo estaba hecho con una naturalidad y espíritu artesanal que los hacía diferentes a todo. Además eran muy prolíficos y desde el primer momento tuvieron su sonido muy definido y claro.

JAVIER SÁNCHEZ: Unos cuantos seguidores íbamos a todo lo que se movía. Equiparábamos Aventuras de Kirlian con Radio Futura o los Pegamoides. Fuimos a muchísimos conciertos de Aventuras. El ambiente era de fascinación. Era ver a un grupo diferente que traía cosas que no habíamos oído. Y eran sencillas de hacer, en teoría.

No eran buenos en directo, pero eso era parte del atractivo. Pensabas, «no hace falta tocar como los de la tele, puedes salir a tocar dos cuerdas mientras merezca la pena y tenga un sentido». Hacían una música totalmente novedosa con la mayor sencillez y con melodías increíbles. Nosotros, que ya teníamos inclinación por las melodías, alucinábamos.

JAVIER SÁNCHEZ: A través de Aventuras empezamos a tener contacto con La Insidia. Mikel y yo íbamos a verlos y alucinábamos. Era un espectáculo verles. Se creaba una atmósfera alucinante. Estabas viendo algo único. Te das cuenta de que estás delante de alguien especial en muy pocos momentos de tu vida. Y teníamos clarísimo que con esa edad y esas canciones eran muy poco de este mundo. Estaban tocados por una varita. Estaban Iñaki con su bajo y los teclados, Ricardo Aldarondo a la guitarra haciendo punteos y ruidos varios y Javier a la guitarra y la voz.

Un día Javier Aramburu se puso unas gafas de lectura, sacó un libro y musicaron un poema de Lorca. Pero no era algo pretencioso, sino natural. En ellos parecía lo más lógico del mundo. A nosotros, las letras nos parecían un accesorio para formar la melodía de la voz, pero con las suyas te derretías. Te dejaban baldado, fueran o no de Lorca. Tenían esa aura especial en cada uno de los directos. Volvías totalmente embobado a casa.

MIKEL AGUIRRE: Aventuras de Kirlian eran un mundo aparte: unos Young Marble Giants de Donosti, una Velvet Underground menos ruidosa, un grupo extraño. Aventuras de Kirlian y La Insidia me marcaron mucho.

Si tenías oportunidad de ver a Javier Aramburu a finales de los 80, valía la pena. Era muy bueno, muy de vanguardia. Vi a La Insidia en la sala Komplot en un concierto en el que también tocaron Aventuras de Kirlian y 23 Ojos de Pez. En 23 Ojos de Pez también tocaban Ibon y Jon Iceta, el hermano de Peru. Eran una mezcla de Talking Heads y Orange Juice de Donosti.

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