—Caballero… ¿no podría prestarme algo? Acabo de regresar de la ciudad con mi hermosa prometida, la bella Bridget Goldstein y necesito algo para comenzar en la vieja granja. Luego, dirigiéndose hacia los Stubbs, pidió perdón por su incapacidad de pagar la hipoteca tal como lo había ofrecido.
—No tiene importancia —le dijo Ermengarde—, ahora somos gente próspera y sería pago suficiente que te olvidaras para siempre de nuestras locas fantasías de infancia.
Durante todo ese tiempo, la señora Van Itty estuvo sentada en el coche esperando a Ermengarde, pero, observando desinteresadamente el afilado rostro de Hannah Stubbs un recuerdo adormecido surgió de las profundidades de su cerebro. Luego, le llegó una imagen de golpe y le gritó a la matrona campesina acusadoramente:
—¡Tú… tú… Hannah Smith… yo te conozco! ¡Hace veintiocho años eras la niñera de mi hija Maude y me la robaste de su cuna! ¿Dónde, dónde está mi hija? —en ese momento, la respuesta brilló como un rayo en el cielo tenebroso.
—Ermengarde… tú dices que es tu hija… ¡pero ella es la mía!… El destino me devolvió a mi amada niña ¡mi pequeña Maude! Ermengarde… Maude… ¡¡¡Ven hacia los amorosos brazos de tu madre!!!...
Pero Ermengarde tenía otras cosas más importantes en qué pensar. ¿Cómo sostener aquella ficción de los dieciséis años si la habían robado hacía veintiocho? Y... si no era la verdadera hija de Stubbs, el oro nunca sería suyo. La señora Van Itty era rica, pero el caballero Hardman era aún más rico. Así que, acercándose al derrotado villano, lo condenó al último y más horrible castigo.
—Caballero, querido —murmuró—. He pensado en todo este asunto. Yo te amo a ti y a toda tu ingenuidad. Cásate conmigo o... te condenarán por el secuestro del año pasado. Ejecuta ya esa hipoteca y goza a mi lado del oro que tu talento descubrió. ¡Vamos, querido!
Y el pobre tipo le obedeció.
Sweet Ermengarde: escrito entre 1919 y 1921. Publicado en 1943 de manera póstuma.
La tumba8
«Sedibus ut saltem placidis in morte quiescam.»
Virgilio
Cuando me adentro en las razones que me han llevado a la reclusión en este asilo para pacientes mentales, podría entender que mi actual situación provocará las obvias dudas sobre la veracidad de lo que digo. Es una pena que la mayoría de la gente sea demasiado estrecha de pensamiento como para deliberar fría e inteligentemente sobre ciertos eventos aislados que subyacen más allá de su día a día, y que son avistados y advertidos solo por algunas personas sensibles. Los de más amplio entendimiento saben que no hay una verdadera diferencia entre lo real y lo que no lo es; que todas las cosas aparecen tal como son tan solo en virtud de los frágiles sentidos físicos y mentales mediante los que las percibimos; pero el prosaico materialismo de la mayoría tilda de locura a todo rastro de clarividencia que aparezca ante el vulgar velo del empirismo de mal gusto.
Me llamo Jervas Dudley, y desde muy niño he sido un soñador y un visionario. Lo bastante acomodado como para no tener que trabajar, y temperamentalmente negado para los estudios formales y el trato social de mis iguales, viví siempre en ambientes alejados del mundo real; pasando mi juventud y adolescencia entre libros antiguos y poco conocidos, así como deambulando por los campos y arboledas en la vecindad del hogar de mis antepasados. No creo que lo leído en tales libros, o lo visto en esos campos y arboledas, fuera lo mismo que otros chicos pudieran leer o ver allí; pero de tales cosas debo hablar poco, ya que explayarme sobre ellas no haría sino confirmar esas infamias despiadadas acerca de mi inteligencia que a veces oigo susurrar a los esquivos enfermeros que me rodean. Será mejor para mí que me ciña a los sucesos sin entrar a analizar las causas.
Como dije, vivía apartado del mundo real, aunque no viviera solo. Eso no va bien para los seres humanos, ya que quien se aparta de la compañía de los vivos en algún momento frecuenta la compañía de cosas que no tienen, o al menos no demasiada, vida. Cerca de mi casa existe una curiosa hondonada boscosa en cuyas profundidades umbrías pasaba la mayor parte del tiempo; entre letras, pensamientos y sueños. En sus musgosas laderas tuvieron lugar mis primeros pasos infantiles, y en torno a sus robles grotescamente nudosos se entretejieron mis primeras fantasías de adolescencia. Terminé por conocer bien a las dríadas tutelares de tales árboles, y a menudo he atisbado sus salvajes danzas a los fieros rayos de la luna menguante… pero no debo hablar ahora de eso. Debo ceñirme a la cripta abandonada de los Hydes, una vieja y rancia familia cuyo último descendiente directo había sido introducido en su negro seno décadas antes de mi nacimiento.
La tumba de la que hablo es de granito viejo, carcomido y descolorido por brumas y humedades de generaciones. Excavado en la ladera, tan solo la entrada de la estructura era visible. La puerta, un bloque pesado e imponente de piedra, está colgando sobre oxidados goznes de hierro, y se encuentra entornada de forma extraña y siniestra, mediante pesadas cadenas y candados, siguiendo una rústica costumbre de hace quinientos años. La residencia del linaje cuyos vástagos yacen aquí en urnas, antiguamente coronaba la cuesta donde se halla la tumba, pero hace mucho que se derrumbó víctima de las llamas provocadas por la desastrosa caída de un rayo. Los más ancianos del lugar a veces hablan con voces apagadas e inquietas acerca de la tormenta de medianoche que destruyó esa melancólica mansión; mencionando lo que ellos llaman «cólera divina» en una forma tal que en los años siguientes aumentaría la siempre fuerte fascinación que le despertaba ese sepulcro devorado por las malezas. Tan solo un hombre había perecido por el fuego. Cuando el último de los Hydes fue sepultado en este lugar de sombras y quietud, aquella triste urna de cenizas había llegado de una tierra distante, ya que la familia se había marchado tras el incendio de la mansión. Ya no queda nadie para depositar flores en el portal de granito, y pocos se aventuran entre las deprimentes sombras que parecen demorarse de forma extraña alrededor de sus piedras gastadas por el agua.
No podré olvidar jamás la tarde en que vi por primera vez esa casa de muerte casi oculta. Era mediado el verano, cuando la alquimia de la naturaleza transmuta el paisaje silvestre en una vívida y casi homogénea masa de verdor; cuando los sentidos se ven intoxicados por oleadas de húmedo verdor y el aroma sutilmente indefinible de la tierra y la vegetación. En tales parajes la mente pierde la perspectiva; tiempo y espacio se hacen vanos e irreales, y los sucesos de un pasado perdido laten insistentemente sobre la conciencia cautivada. Estuve vagando todo el día a través de las místicas arboledas; pensando en cosas de las que no hace falta hablar y conversando con seres que no debo mencionar. A la edad de diez años, yo había visto y oído multitud de maravillas ocultas para el vulgo; y era curiosamente viejo en ciertos aspectos. Cuando, tras abrirme paso entre dos exuberantes zarzales, me topé bruscamente con la entrada de la cripta, yo no sabía lo que acababa de descubrir. Los oscuros bloques de granito, la puerta curiosamente a medio abrir, y los relieves funerarios sobre el arco, no despertaron en mí asociaciones tristes o terribles. Sobre tumbas y sepulcros ya era mucho lo que sabía e imaginaba, aunque por mi peculiar carácter me había apartado de todo contacto con camposantos y cementerios. La extraña casa de piedra en la ladera representaba para mí una fuente de interés y especulaciones; y su interior frío y húmedo, dentro del que vanamente trataba de ojear a través de la abertura tan incitantemente dispuesta, no tenía para mí connotaciones de muerte o decadencia. Pero por ese momento de curiosidad nació el loco e irracional deseo que me ha conducido a este infierno de reclusión. Azuzado por una voz que debía proceder del espantoso corazón de la espesura, resolví penetrar aquellas tinieblas que me reclamaban, a pesar de las cadenas que impedían mi acceso. En la menguante luz del día, alternativamente sacudí los herrumbrosos impedimentos, dispuesto a franquear la puerta de piedra, e intenté escurrir mi magro cuerpo a través del espacio ya abierto; pero nada de todo esto resultó. Tras la curiosidad del principio, ahora me encontraba frenético; y cuando en el crepúsculo que avanzaba volví a casa, había jurado al centenar de dioses del bosque que, a cualquier precio, algún día me abriría paso hasta las oscuras y heladas profundidades que parecían reclamarme. El médico de barba gris que acude cada día a mi cuarto dijo una vez a un visitante que tal decisión representaba el comienzo de una penosa monomanía; pero esperaré el juicio final de los lectores cuando estos hayan sabido todo.
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