Mark Gimenez - El caso contra William

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William Tucker es la estrella del equipo de fútbol americano de la universidad. Cuando la policía lo detiene por la violación y el asesinato de una estudiante, su padre, Frank Tucker, sabe que es imposible que William haya cometido un crimen tan terrible.Frank, que tuvo que abandonar su carrera como abogado por culpa del alcoholismo, deberá dejar de lado su adicción a la bebida para defender a su hijo. Juntos aprenderán que hay tres cosas seguras en la vida: la muerte, los impuestos y el amor de un padre por su hijo. Pero ¿será Frank lo bastante fuerte para salvar a William del corredor de la muerte?"Gimenez ha tomado el relevo de Grisham Su trabajo es más rápido y fresco y sus personajes son más fuertes." Daily Mail"Como siempre, Gimenez es altamente recomendable, no te lo puedes perder" Crimesquad.com"La escritura de Gimenez es explosiva, trepidante y llena de giros inesperados que te mantienen en vilo hasta la última página". Houston Press

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—La cena está lista —gritó Becky desde la puerta de atrás.

William trotó hacia donde estaba su padre, que lo levantó con las manos abiertas; Frank dio una palmadita a su hijo. Chocaron los cinco. Papá siempre decía que William chocaba los cinco desde que era un bebé. Ese era el vínculo que compartían, su momento íntimo, como cuando papá besaba en la frente a Becky. William ya era mayor, así que su padre no le daba besos. Caminaron al lado de la piscina y entraron en la casa. Rusty les siguió. Vivían en una casa grande de dos plantas en una de las mejores zonas de Houston, River Oaks. Muchos, con seguridad, dirían que vivían en una mansión, pero las casas de muchos de sus compañeros de clase eran más grandes que la suya. Mamá quería una casa más grande. Papá ganaba mucho dinero, aunque decía que mamá se lo gastaba todo. A menudo, William se daba cuenta de que papá quería dejar las cosas claras a mamá, pero nunca lo hacía.

—Tengamos la fiesta en paz —decía siempre a William.

Frank entró a la cocina por la puerta de atrás, donde estaban su mujer, su hija y el olor de las enchiladas de Lupe. Había estado cinco días fuera de casa, aunque su mujer no corrió a abrazarlo desde el otro lado de la cocina. Ni siquiera lo besó. Apenas siquiera dirigió la mirada hacia donde estaba. Ella siempre prefería ser el centro de atención. Elizabeth aún era aquella rubia reina de la belleza de la Universidad de Texas.

—Te he echado de menos, papi.

Su hija le dio un gran abrazo. La apretó entre sus brazos y la besó en la frente. Olía a niña de catorce años, a frescura; no como William, que se duchaba un día sí y otro no. Ella lo hacía a diario. Llevaba puesto su uniforme de animadora. El equipo de fútbol de secundaria jugaba aquella noche.

—¿Cómo te ha ido la semana, cariño?

— Perdimos los dos partidos.

Beckie estaba en octavo curso, en el mismo colegio privado al que iba William. Jugaba en el equipo de voleibol y era animadora de otros. Era rubia, de ojos azules, más alta que su madre y casi tanto como Frank. Era una chica guapa, pero no una reina de la belleza como su madre; en gran parte porque se parecía demasiado a su padre. Era deportista. E inteligente. Madura para su edad. Parecía que se había criado ella misma; lo único que tenían que hacer por ella era pagar su matrícula y alimentarla. Su padre siempre decía que había nacido con treinta años.

—Siento habérmelos perdido.

Apenas lo sentía.

—No te preocupes. Jugamos fatal. Papi, ¿podemos ir mañana a la playa?

Tenían una casa en la playa, en Galveston, a setenta kilómetros al sur de Houston. Un bungaló en la orilla derecha de West End, con vistas a la playa, sin dique. El próximo huracán arrancaría la pequeña estructura de los pilotes, pero Frank la había comprado a un buen precio: un cliente se la había cedido como forma de pago, le dio las escrituras en lugar de sus honorarios. A él, a sus hijas y a Rusty les encantaba la playa; a Liz no tanto. La brisa del mar le estropeaba el peinado unos cuantos días. Frank Tucker era un hombre de mar. Un día él se iría a vivir al lado del mar, cuando sus hijos crecieran.

—Este fin de semana no podemos. William tiene partido mañana y yo tengo el alegato final el lunes. Volveré a Austin en coche el domingo por la tarde.

—¿Vendrás a mis partidos la semana que viene?

—Dejaremos el caso en manos del jurado el lunes por la mañana. No tendremos el veredicto hasta el jueves o el viernes como muy pronto. Pero nunca se sabe con los jurados, por lo que me tendré que quedar en Austin hasta el viernes. Lo siento.

—No pasa nada, Frank. —Cuando lo llamaba por su nombre de pila, él sabía que iba a decirle algo que llevaba algún tiempo madurando en su cabeza—. Si fuera a un colegio público, podría jugar en un buen equipo y quizá alguna universidad se fijaría en mí. Con el Título IX, podría hasta recibir una beca.

—¿Para jugar al voleibol?

—¡Ajá! Las universidades tienen que dar el mismo número de becas a chicos que a chicas. A ellos les conceden ochenta y cinco becas de fútbol, trece de baloncesto y once coma siete para béisbol.

—¿Once coma siete?

—El fútbol americano y el baloncesto son deportes de equipo, pero no el béisbol. Así que tienen que dividir todo el conjunto de las becas y dan la mitad a los jugadores. De todas formas, se supone que tienen que dar ciento nueve coma siete de las becas a alumnas, y nosotras no tenemos un deporte de masas como el fútbol americano. Así que las chicas siempre consiguen las becas de deportes como baloncesto, softball , fútbol, natación, salto de trampolín, hípica, tenis, golf, gimnasia, remo, hockey sobre césped, salto de caballo, voleibol, vóley-playa o bolos.

—¿Bolos?

Ella asintió:

—Tienen que equiparar el número de becas, y no van a reducir las de fútbol americano.

—Mejor —dijo William—. Porque yo quiero una de esas becas.

El Congreso de Estados Unidos aprobó en 1972 que los deportes en las universidades precisaban de una intervención del Gobierno federal; los miembros del Congreso no parecían preocuparse ni por la chapuza que habían hecho con la defensa nacional ni por haber jodido la economía del país. Los grupos feministas se quejaban de que las chicas no tenían las mismas oportunidades deportivas en la universidad, por lo que el Congreso promulgó una ley federal que dividió las becas del deporte entre los chicos y las chicas. Para cumplir con el Título IX, las universidades debían brindar el mismo número de becas a todos, incluso aunque el deporte femenino les hiciera perder dinero, al contrario que el masculino. De ahí surgió el bolo femenino.

—¿Qué opinas de todo eso, Frank? —preguntó su hija.

—Tú ya tienes una beca.

—¿Sí?

—La beca Papaíto —dijo tras asentir—. Gastos escolares pagados, dormitorio en una residencia universitaria y admisión en la universidad que quieras.

—Wellesley. Costará casi sesenta mil dólares el año cuando llegue la hora de ir.

Frank pestañeó, incrédulo.

—¿Realmente crees que podrías conseguir una beca de voleibol para la universidad?

Lupe, la asistenta, cocinera y niñera de la familia, se acercó para darle a Frank una Heineken helada. Después de diez años, lo conocía bien.

—Gracias —respondió Frank.

Frank le dio un largo sorbo a la cerveza. No estaba acostumbrado a beber; nunca le había encontrado el gusto al vino o al alcohol. Cuando iba a la Universidad de Texas, había perdido el gusto por la cerveza Lone Star; por entonces solo le gustaba una Heineken bien fría cuando Lupe preparaba comida mexicana, que era una tradición los viernes por la noche en la casa de los Tucker. Después de una larga semana en el juzgado y tres horas de coche, se bebió toda la cerveza en un abrir y cerrar de ojos.

—Frank —comenzó a decir su esposa—, dile a Rebecca que tiene que irse de compras.

Se giró hacia su hija y dijo:

—Vete de compras.

—No.

—No quiere ir de compras —dijo a su esposa, con la mirada puesta en ella de nuevo.

—Necesita un vestido de fiesta nuevo para el baile social de otoño —contestó su esposa.

Liz se sentó en su lugar, presidiendo la mesa. Irían a ver el partido de fútbol americano después de cenar, aunque Liz se había vestido como si fuera a formar parte de un desfile de vestidos de noche. Estaba sentada con una postura perfecta y esperaba que Lupe sirviera la cena.

—No, no necesito nada, Elizabeth. Porque no pienso ir al baile de otoño.

—Sí que irás, jovencita.

—Elizabeth, es en octubre. En plena temporada de fútbol americano. Soy animadora. Juego al voleibol. No tengo tiempo para fiestas de sociedad.

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