Matías Villarreal - Parálisis onírica

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¿Qué lleva a un joven de 26 años a sentir la necesidad de escribir sobre su trastorno de sueño adquirido en la infancia? Un recorrido año por año, a modo de túnel oscuro, absorbe al lector al sumergirse de lleno en Parálisis onírica. Con el pasar de las páginas, logrará involucrarse de forma íntima con el autor del libro que, desligado de secretos y a modo de exorcismo autobiográfico, decide hacer un relato minucioso de su infancia transcurrida en el conurbano bonaerense, en el seno de una familia con los valores conservadores de los 90. Por momentos, podrá, además, husmear en su adolescencia y seguir de forma sistemática los vaivenes de su orientación sexual.
Entre los años escritos, queda en estado de completa exhibición el momento en que —sin saberlo— adquiere esa estrecha conexión mental y corporal que se le presenta a la hora de dormir o antes de despertar, con la única misión de infligirle miedo atroz, sumirlo en la desesperación de no poder moverse y convertir su vida en el núcleo de una pesadilla de la que no parece despertar nunca. Las presencias grotescas que lo acosan vienen cada noche en la que no puede decirle a nadie que es homosexual. También lo visitan las noches posteriores a la ingesta de LSD y éxtasis que, junto a la música electrónica, lo dirigen a un trance que potencia mucho más sus dolencia, al punto de poner en duda su cordura. No descansar de forma completa puede ser devastador, pero se intensifica más cuando no se sabe por qué.
Muchos son los motivos por los cuales la escritura se vuelve una salida de emergencia y esta recopilación de memorias es la clara demostración de lo que ocurre cuando no sabemos cómo administrar la cantidad de información y experiencia que atravesamos, creyendo que estamos solos en el camino.

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Noche bisagra VOL I

Se llamaba Mirtha. Era una mujer de pelo corto y rubia gracias a la tintura barata que usaba. Con tatuajes en sus brazos y una M en su dedo índice.

Su carácter era explosivo y nos hacía reír. Mamá siempre le remataba sus anécdotas con «Estás loca, mujer, loca», mientras ella se reía y sacaba la lengua, adornada con un aro, una pelota plateada y chiquita que, sin disimulo, llamaba mi atención. Jamás había visto a alguien con la lengua perforada. Se le notaba en los ojos: estaba rota, su espíritu lucía roto y fragmentado. Sin embargo y una vez más, las puertas de mi casa se abrieron para recibirla.

Todos éramos felices con la noticia de que Julio, el tío Julio, había conseguido una mujer para transitar la vida. Yo los miraba reírse y añoraba con esperanzas que eso me pasara alguna vez a mí. Todavía me acordaba del infierno, de Francisco y la bufanda que le prestaba para que se sintiera cómodo.

Mamá y el tío Julio habían empezado a salir casi todos los días. Mientras yo cuidaba a mi hermanita y al mismo tiempo éramos supervisados por mi abuela Olga. Quién además pagaba por mi educación y apostaba a que siguiera leyendo con tanto ímpetu.

El inicio de un fin de semana largo, la mejor fecha elegida para salir en familia, mamá organizó una gran caravana con sus amigos y amigas. Fuimos todos a Salto Argentino y nos quedamos varios días. Dormíamos en carpas y durante el día corríamos detrás de una pelota con todos mis primos y los hijos de los amigos de mamá. Lo que había pasado con Ivana ya no me atormentaba tanto. Pero había desarrollado un rechazo muy grande hacia los sapos. Ya no podía verlos ni en imágenes porque un escozor se manifestaba en mi cuerpo y los nervios se movilizaban enviando sangre revoltosa hacia mi cabeza y luego despedida por la nariz.

A medida que pasan los años, uno va descubriendo símbolos y situaciones que le remiten a una época en particular. En mi caso, mi niñez es una gran bolsa con frases como “pica para todos mis compañeros” y “catorce la perdí”. En ese mismo saco hay tardes enteras viendo cómo el sol descendía mientras tus días sólo se trataban de andar en bicicleta, ensuciarte, bañarte y dormir para repetir lo mismo al día siguiente. En el saco de mi niñez siempre hay lugar para los bichitos de luz, que pululaban en las noches veraniegas de José C. Paz. Aunque hay algo de la niñez que jamás se olvida: ese truco de magia que sucedía cuando, exhausto de tanto jugar y correr, te dormías —en casas ajenas o en la tuya— y despertabas en tu habitación. A salvo y en tu cama, con el olor de tus sábanas y el suave roce de tu almohada, ese pedazo de nube dentro de una funda con planetas y estrellas.

Y ese domingo, volviendo de Tigre, me quedé dormido en los brazos de mamá y aparecí en su habitación. En la oscuridad, me bastó con tocar su frazada que me hacía picar el cuerpo para darme cuenta de que estaba durmiendo en su lecho.

A mi lado, se sentía una presencia y un vaho que resultaba de la mezcla entre sudor y alcohol. Tuve miedo, pensé que la cosa negra que papá había dejado en casa nos había encontrado de nuevo y me quería torturar. Pero no. Esta vez no se trataba de una parálisis de sueño. Tenía los ojos abiertos y me podía mover, era algo real.

Estiré un brazo y con la mano toqué una cabeza. Lo primero que entendí fue que era alguien de pelo corto quien descansaba cerca de mí. Una mano ajena agarró la mía y se la empezó a refregar por todo el pelo. Mi corazón empezó a acelerarse de miedo cuando descubrí que esa cabeza además tenía labios y dientes. Una lengua áspera me empezó a lamer los dedos. Mi quietud era total, el miedo me ataba a la cama con cuerdas invisibles.

El cuerpo se acercó más al mío. Su cabeza pegada a mi espalda. El perfume barato que se compraba en las revistas de Avon. Logré identificar a Mirtha acostada y no entendía por qué me estaba chupando los dedos. Su aliento etílico ahora inundaba todo el cuarto, o el pequeño cuarto donde se alojaba mi cerebro paralizado por el miedo.

Puso su nariz a la altura de mi nuca y empezó a darle lengüetazos suaves. Era similar a que te pongan una babosa hervida que, desenfrenada, recorre tu cuello.

Siguió con sus manos. Las sentí recorrer mi cuerpo, primero mis costillas, después mis piernas. Volvieron a subir y dieron un paseo por mi pelvis. Intentó meterse en mi slip de Pokemon. Y fue ahí cuando me moví un poco. Captando el mensaje y con astucia de serpiente, sacó sus manos de ahí y continuó saboreando mi cuero cabelludo.

Esperaba con ansias el momento en el que alguien prendiera la luz y me salvara de lo que estaba pasando. Pero eso no pasaba, no llegó a pasar. Ella se puso sobre mí y su lengua quería avanzar hacia mi boca. Su aliento alcohólico en la oscuridad fue una pesadilla recurrente en los años que siguieron.

Cuando sus labios tocaron los míos, tuve una erección. Cuando sus manos por fin se abrieron pasos a mis pequeños genitales, sentí que lo disfrutaba. En la oscuridad, con una mujer borracha que estaba abusando de mí y la esperanza de que ese fuese mi bautismo para dejar de gustar de chicos y no quemarme en el infierno. Intentaba meterme su lengua pero no había caso, su aliento me llegó a producir arcadas y tosí, rompiendo el silencio cargado de tensión que se percibía en el aire.

Ella dejó de aprisionar su cuerpo contra el mío y me liberó. Me senté en la cama y traté de distinguirla en la oscuridad. Mamá me había hablado de la primera vez y qué significaba tener sexo. Se lo pregunté cuando leí la frase “hacer el amor” en un programa que veíamos en el canal I.Sat.

Pero yo no había tenido ni mi primera vez ni había tenido sexo con ella. Una tipa que durante todo ese tiempo me había sonreído y a la que yo, de forma afectuosa, llamaba “tía”, me había tocado, besado e instaurado el secreto que en los años siguientes hizo de mí alguien corrupto, odioso y de sueños rotos. Mi vida había sido embarcada en un túnel oscuro sin fin. Durante los años siguientes, vivir para mí fue insoportable, me apegaba al dolor y buscaba golpearme sin parar. Sin esperanzas de volver a ver luz, sin chance de esconderme del caos.

1999

Aquellas preguntas, mutantes, antes de dormir

¿Por qué lo hizo? ¿Por qué me eligió a mí? ¿Dónde estaba mi mamá cuando eso pasó? ¿Dónde estaban todos cuando eso pasó? ¿Por qué me sentía incapaz de contárselo a alguien? ¿Por qué tenía erecciones cuando recordaba aquello que pasó? ¿Por qué tenía pesadillas con eso que pasó? ¿Cuándo me iban a empezar a gustar las mujeres? ¿Por qué cuando sentía olor a vino o cerveza, una angustia se despertaba en mi interior y me golpeaba las paredes de la garganta y anudaba todo a su paso? ¿Por qué Mirtha apareció, al día siguiente de lo que me hizo, en casa con la cara desfigurada por golpes, y mi tío, por la noche, lloraba gritando que era una puta de mierda que se había hecho un aborto? ¿Qué mierda era un aborto? ¿Por qué todos hablaban de Mirtha como si fuese una asesina que había roto los sueños de mi tío? ¿Por qué Mirtha había desaparecido para siempre de nuestras vidas sin decirme aunque sea “chau, pendejito, chau”?

Diariamente una de estas preguntas aparecía en mi cabeza y me carcomía la atención. Pero no encontraba respuestas, y las preguntas mutaban en otras preguntas que me carcomían más, cuyos recuerdos estaban salpicados de miseria, asco y culpa.

Nunca sabré su verdadero motivo, jamás voy a saber por qué me tocó. No recuerdo su apellido, quizás jamás se lo pregunté. Mamá estaba en la casa de mi abuela. Habían dejado a Mirtha durmiendo en mi habitación, pero ella insistió en colarse en el cuarto de mamá para dormir conmigo, para romperme por dentro y llenarme de mierda.

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