Fernando González - Los negroides

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Vanidad significa carencia de sustancia; apariencia vacía. Decimos «vano de la ventana», «fruto vano». El papel moneda, por ejemplo, es una vanidad. Apariencia no respaldada, apariencia de nada, eso es vanidad. Llamamos vanidoso a un acto, cuando no es centrífugo, es decir, cuando no es manifestación de individualidad. Por ejemplo, el estudiar, no por gana, no por instinto Íntimo, sino para ser tenido por estudioso.
Acto de vanidad es el ejecutado para ser considerado socialmente. Aparentar es el fin del vanidoso. Vanidoso es quien obra, no por íntima determinación, sino atendiendo a la consideración social. Vanidad es la ausencia de motivos Íntimos, propios, y la hipertrofia del deseo de ser considerado.

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Desde este punto de vista, amo a Santander: fue la economía, el apego a la vida, el amor a su rincón y a sus ganancias; fue la media de lana en que la vieja guarda su tesoro, en frente de los leones llaneros que destruyen y que buscan lo desconocido y peligroso.

Es indudable que Colombia, debido a su pacifismo, legalismo y pasión por la lectura y la imitación, contribuirá en gran porcentaje a la aparición de la América bolivariana como factor en los destinos humanos. Contemplando la finalidad remota del continente, no puede el pensador dejar de aprobar a este país tranquilo, de hombres distinguidos apenas por su apego a las formas, abogados coloniales, bonachones que se creen pecadores, maridos caseros que se creen donjuanes, avarientos que se creen generosos… Contemplando los hechos desde cierta altura, aprueba el pensador a Caldas, el sabio bogotano-payanés que, llorando, suplicaba que le permitieran clasificar unas plantas…, antes de morir por la libertad, mientras que los llaneros eran atravesados y atravesaban a lanzazos. Aprueba también a Nariño, que durante el apremio guerrero discutía formas de gobierno; a ese buen Nariño, revolucionario de traducciones y de cafés, conspirador del patio de la cocina… ¡Son muy simpáticos desde el punto de vista del porvenir suramericano! ¿Qué hacer, qué porvenir, si todos fueran negros Infantes? Desde el punto de vista de un porvenir grancolombiano es interesante Santander, y lo son Florentino González, Azuero, Vargas… ¿Y Bogotá? Pues… ¡loor a Bogotá, que grita, que es blandengue, que cede y cede! ¿No es justo preguntar, desde este plano en que estamos: para qué una guerra con el Perú? Bogotá está bien. ¿Cómo existiría lo duro sin lo blando?

Se distingue, pues, la Nueva Granada por la vanidad. Su individualidad está tan cubierta por la imitación, que hasta puede decirse que se distingue en el mundo por la vanidad, que tiene la personalidad de lo vano.

¿El Ecuador? Para mí tengo que allí está lista para la fusión la sangre india, las virtudes indias: malicia, paciencia, intuición, aclimatación.

En el Ecuador está más oculta aún la personalidad. El indio ni imita ni se manifiesta. Hay una casta que explota; casta vana por excelencia. Obsérvese que las costumbres políticas fueron implantadas allí por el venezolano Juan José Flores, hijo natural. El Ecuador es pueblo indio sometido a la casta de politicastros más vanidosos de la Tierra.

El pueblo ecuatoriano es el más puro de la Grancolombia, pero está en letargia desde el drama de Cajamarca. Pizarro, Moyano (a. Belalcázar) y Almagro asustaron al indio para siglos. En Bolivia y Paraguay, el indio se expresa, no está asustado. Desde el drama de Atahualpa, el Ecuador no se expresa.

¿Por qué vive así, explotado por mestizos europeizantes, los más simuladores de la Tierra?

Primero, porque fue humillado atrozmente desde la conquista. Segundo, porque las ideas y costumbres cristianas de Europa son impropias para el aborigen americano. El indio no puede vivir en medio cristiano europeo; casi todos los indios colombianos de Antioquia, murieron. A pesar de que nuestros gobiernos gastan mucho para civilizarlos , los Reverendos Padres no pueden presentar uno solo que sepa leer, que sea cura o doctor ; lo más a que llegan los Reverendos, es a cambiarles los nombres de Capilele por los de Alfonso López u Olaya Herrera; así es como los cristianan, y, cuando la ceremonia, alguna vieja rica obsequia el desayuno y la Compañía de Tabaco les da cigarrillos para el viaje a sus tierras. El indio no puede asimilar y vivir en el medio cristiano europeo. Por eso vemos a los departamentos indios de Colombia en esta situación: veinte o treinta familias señoritas, de alma colonial, explotando al rebaño sufrido e hipnotizado de aborígenes.

¿Tienen personalidad los indios americanos? La tienen completamente reconcentrada, humillada; caminan agachados, embrujados, entristecidos celularmente, los ojos alertados por el miedo. Tipos de vencidos. Pero no imitan, no desean parecerse a sus amos, no se prostituyen. Poseen un orgullo prometedor. El lector puede visitar a Boyacá o Cundinamarca; por allá, los únicos indios imitadores son Olaya Herrera y Armando Solano.

Pues bien, Ecuador es la parte de la Grancolombia en donde el indio está latente en su gran individualidad.

¿No es natural que los políticos, la clase intelectual y directora, en un pueblo que no se expresa, sea vana? En el Ecuador, la política no tiene nada de ecuatoriano; el arte popular es interesantísimo, pero lo oficial nada vale; tiene grandes secretos ese pueblo; su clase directora no vale nada, en ella todo es importación deforme. Basta con decir que allí el clericalismo fue peor que en Colombia, y que el liberalismo es una deforme monstruosidad, peor que en Colombia. El día en que un hombre como Velasco Ibarra logre devolver el Ecuador a su pueblo, veremos una novedad en el mundo.

Son muy semejantes los problemas de vanidad en Ecuador y en Colombia; parecidas son las clases directoras o usufructuarias del poder. En ambos países hay marxistas, bolcheviques, izquierdismos y derechismos, nombres de absoluta vanidad en tierras que no han principiado a vivir. La diferencia está en que Colombia tiene variedad de sangres, de riquezas, de problemas e inquietudes; cada departamento es entre nosotros un país; sobre todo, Colombia tiene al Departamento de Antioquia, vasco y judío, pueblo fecundo y trabajador que va unificando poco a poco a la República y que reniega de la vanidad.

¡Cuán impropia Europa, en sus doctrinas y sus instintos, costumbres y modos, para la América, en cuanto india! Está comprobado que el aborigen americano no puede sentir el Cristianismo y su llamada civilización: muere. Cada raza evoluciona a su modo, tiene su vida propia. El asiático no puede adorar a Dios en las formas del catolicismo. Éste es netamente italiano. ¿Por qué imponer formas, maneras que no estén acordes con la idiosincrasia racial? Es de observación corriente el hecho de que entre nuestros aborígenes es desconocido el adulterio y la prostitución, y que apenas los clérigos civilizadores los convierten y los casan católicamente, se prostituyen. ¿Por qué romperles el siquismo a los indios, burlándose de los nombres con que invocan al Espíritu y de las imágenes en que lo adoran? ¿Qué arte, religión y ciencia puede brotar de nosotros, si humillaron a nuestros padres? Pues bien, nuestros gobiernos, ya se llamen liberales, ya sea Alfaro o Alfonso López, siguen la prostitución de América, convirtiendo a los indios, por medio de eso que llaman misiones .

Lloraban las viejas vanas de las instituciones caritativas, cuando en 1935, durante el Congreso Eucarístico de Medellín, unos frailes españoles de las misiones de Urabá trajeron al cacique Capilele y a sus hijos, y en ceremonia solemne y vana les cambiaron los bellos nombres por los de Alfonso López y Luis Martínez Echeverri. ¿Qué diría Cristo al ver que su obra se convirtió en barbas castellanas?

Lo inteligente con nuestra raza indígena sería ayudarle a su desarrollo, instigar sus instintos creadores, sus formas religiosas y su arte. La obra verdadera está en comprenderlos; pedagogo es quien comprende, no quien enseña letanías. En América podría haber originalidad en la cultura, aporte al haber común de la humanidad.

¿Qué ha sucedido y qué sucede? Que todavía Europa, a través de nosotros, mulatos vanidosos, gobierna a Suramérica; que somos completamente vanos. Los instintos americanos no se han manifestado; nuestro pueblo está dormido en sueño de siglos.

¿Las causas? El indio fue humillado por la civilización más fanática, la cristiana, y Suramérica, por los más rudos de Europa, los españoles. De suerte que nosotros, los libertos bolivarianos, mulatos y mestizos, somos vanidosos, a saber: creemos, vivimos la creencia de que lo europeo es lo bueno; nos avergonzamos del indio y del negro; el suramericano tiene vergüenza de sus padres, de sus instintos. De ahí que todo lo tengamos torcido, como bregando por ocultarse, y que aparentemos las maneras europeas. Ayer estuve conversando con un señor de Bogotá, jefe político. Tenía los dientes torcidos, como bregando por esconderse en las encías; la color, como si lo negro y lo amarillo bregara por esconderse detrás de lo blanco, y las ideas y pasiones atisbando detrás de las lecturas del conde Keyserling: un verdadero hijo de puta. Hijo de puta es aquél que se avergüenza de lo suyo. Por aquí me han llamado grosero porque uso esta palabra, pero la causa está en que mis compatriotas son como el rey negro que se enojó porque no lo habían pintado blanco.

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