—En tal caso, ¿por qué pedirle consejo? —dice Walburga.
—Porque estamos en peligro. La gente peligrosa sabe bien cómo evitarlo.
—En este momento se encuentra en una región muy salvaje, para reconciliar los rituales de los magos curanderos con una versión de la misa adaptada al caso —dice Mildred—, y trasladando a los antiguos misioneros a otra zona donde seguramente hallarán oposición. Probablemente serán masacrados. No obstante, ese hecho dará motivos para reinstaurar la misa ortodoxa en la primera región y con esto modificar las prácticas de arrojar huesos de los curanderos. Yo al menos lo veo de esa manera.
—Me cuesta seguir las andanzas de Gertrude —dice la abadesa—. Cómo ha ganado tanta popularidad, no lo sé, realmente. Sin embargo, si tenemos presente su tamaño, podemos imaginar su efigie de piedra en las plazas de las aldeas: “A la Santa Madre Gertrude”.
—Gertrude debió haber sido hombre —dice Walburga—. Es evidente, con el bigote que tiene.
—Rebosa de hormonas masculinas —dice la abadesa, mientras se levanta de un sillón recubierto de seda para arreglar mejor los pliegues de las vestiduras resplandecientes del Niño de Praga—. Y ahora —agrega—, esperamos aquí el llamado de Gertrude. ¿Por qué no está donde podamos comunicarnos con ella?
El teléfono en el cuarto contiguo suena en forma tan inesperada que, sin duda, si es Gertrude, tiene que haber intuido los llamados de sus hermanas desde la otra punta del planeta. Mildred marcha con pasos silenciosos sobre la alfombra verde hacia la habitación de al lado, donde contesta el teléfono. Es Gertrude.
—Asombroso —dice Walburga—. Nuestra querida Gertrude tiene un conocimiento inexplicable de lo que se necesita y de dónde se necesita.
La abadesa se desplaza con sus impecables hábitos blancos hacia el cuarto contiguo, seguida por Walburga. Puesto que se trata de la sala de control de los aparatos electrónicos, aquí también brilla todo. La abadesa se sienta junto a un largo pupitre de acero y toma el teléfono.
—Gertrude. La abadesa de Crewe ha tratado tu caso con sus hermanas Walburga y Mildred. La verdad es que no te comprendemos. ¿Qué debemos pensar?
—No soy filósofa —dice filosóficamente la voz profunda de Gertrude.
—¿Querida, estás bien?
—Sí —dice Gertrude.
—Suenas como si tuvieras bronquitis.
—Pues... no la tengo.
—Gertrude —dice la abadesa—. La hermana Gertrude ha cautivado a todo el reino con sus peligrosas hazañas, mientras la abadesa de Crewe continúa representando su papel en la obra La abadesa de Crewe. El mundo se divierte y aguarda la catarsis. ¿Es ese mi destino?
—Es tu vocación —dice filosóficamente Gertrude.
—Gertrude, mi buena religiosa, mi hermana alemana, tenemos un problema y no sabemos qué hacer.
—Los problemas se resuelven —dice Gertrude.
—Gertrude —dice la abadesa con tono persuasivo—. Estamos en dificultades con Roma. La Sagrada Congregación para Religiosos ha empezado a investigar. Han escrito en términos muy delicados para averiguar cómo conciliamos nuestra adhesión estricta a la Antigua Regla que, como sabes, consideran sospechosa, con el laboratorio y los cursos de electrónica moderna que damos a las monjas y que, como sabes, les parecen sospechosos.
—Eso no es un problema. Es una paradoja.
—¿Tienes tiempo para un breve seminario, Gertrude, sobre cómo encarar una paradoja?
—Con las paradojas se vive —dice Gertrude y corta la comunicación.
La abadesa abre la marcha fuera de este cuarto lleno de cajas cuadradas y brillantes, de innumerables luces y palancas, de innumerables botones activadores, botones que se aprietan y botones que se hacen deslizar y dispositivos que, en forma temible y maravillosa, están más allá del alcance del vocabulario humano. Abre la marcha de regreso al cuarto del Niño de Praga, imagen decorada con los frutos resplandecientes de las dotes de las religiosas. La abadesa se sienta a su pequeño escritorio, mientras las hermanas Walburga y Mildred, a su lado, guardan una silenciosa compostura. Toma el elegante papel de cartas de la abadía de Crewe y lo coloca delante de ella. Saca la lapicera de su reluciente portaplumas y escribe:
Muy Reverenda Eminencia:
Su Eminencia me hace el honor de dirigirse a mí, cosa que agradezco humildemente a Su Eminencia.
Tengo el honor de replicar a Su Eminencia para expresarle que sus fuentes de información están emponzoñadas; sus pozos, impuros. De ellos surgen los rumores concernientes a mi Casa y le ruego me permita no escribir más sobre el tema.
Su Eminencia me hace el honor de interesarse por nuestras actividades, deseando saber cómo confrontamos aquello que Su Eminencia nos hace el honor de llamar el problema de conciliar nuestras actividades en el campo de la vigilancia tecnológica con los principios de vida y de devoción tradicionales a los cuales adherimos.
Tengo el honor de replicar a Su Eminencia. Dividiré humildemente la pregunta de Su Eminencia en dos partes. Que practicamos las actividades descritas por Su Eminencia es verdad. Que presenten un problema, lo niego, y me tomaré la libertad de explicar la distinción que hago, fundada en los principios que sostengo, a saber:
Que la Religión está fundada en los principios de la Paradoja.
Que la Paradoja debe ser aceptada y no presenta problema alguno.
Que la vigilancia electrónica (aun cuando algún día se practicara en un convento) no se diferencia de ningún otro tipo de vigilancia, la cual es una necesidad en toda Comunidad Religiosa. Nos dicen las Escrituras que “vigilemos y oremos”, lo cual es en sí una paradoja, puesto que no es posible practicar ambas actividades a la vez, salvo en el sentido paradojal.
—¿Pueden ver lo que he escrito hasta aquí? —les dice la abadesa a sus monjas—. ¿Qué les parece? ¿Logrará mantenerlos confundidos un tiempo?
Las siluetas negras se inclinan delante de la blanca, y los tocados blancos se encuentran sobre las páginas de la carta.
—Veo una dificultad —dice Walburga—. Podrían objetar que pinchar los teléfonos y poner escuchas no es una mera ampliación del acto de prestar oídos a los rumores, invitar a la confidencia, abrir las cartas al vapor y registrar periódicamente los armarios de las novicias. Bien podrían argumentar que hemos entrado en una situación en la cual una diferencia de grado implica una diferencia de especie.
—Pensé en ello —dice la abadesa—. Pero el hecho de que hayamos pensado en ello tiende más bien a excluir que a suponer la posibilidad de que Roma piense en ello. Están empeñados en liquidar el convento, no en mantener una correspondencia de corte con nosotras. —La abadesa esgrime la pluma y continúa:
Por último, Su Eminencia, asumo el honor de señalar a Su Eminencia la calidad y las realizaciones de nuestro sagrado y paradójico establecimiento, reflejadas en nuestra amada y renombrada hermana Gertrude, a quien hemos apartado de nuestro medio para que trabaje por la fe ecuménica. Atravesando ríos, montando en helicópteros, reactores y camellos, la hermana Gertrude recorre la corteza terrestre, seguida de hecho por reporteros y fotógrafos. Paradójicamente fue nuestra cerrada comunidad la que la envió en esta misión.
—Gertrude —dice Mildred— se pondría furiosa al leer eso. Se fue por voluntad propia.
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