—Hija –dijo con voz atronadora–, tu madre te necesita para tejer una alfombra. Vuelve a casa de inmediato. Y tú, español, vete con los tuyos y deja en paz a Chima.
Por primera vez en su vida, la joven se rebeló.
—¡Padre! Siento munañapor este hombre. Pido tu permiso para ser su pareja.
—Amo a tu hija, Amaru. Quiero casarme con ella y formar parte de tu ayllu–dijo Dámaso Morales.
Por toda respuesta, el curaca tomó de un brazo a la chica. Después, sin mirar siquiera al español, se alejó.
Al quedarse solo, en medio del desierto, el conquistador bajó los brazos. Y así, vencido, volvió con los suyos. Pero no tardó en recuperar el ánimo. Se le había ocurrido una idea.
Para ponerla en práctica, a partir del día siguiente, cada atardecer, se plantó frente a la vivienda del curaca.
—Amaru, vengo a pedir que tu mujer y tú autoricen mi casamiento con Chima.
Le contestó un coro de carcajadas y un “¡No!” rotundo del padre de su novia.
¿Qué hago ahora?, se preguntó Morales. Enseguida, una voz interior le dio la respuesta.
Al otro día no bien amaneció, estuvo, una vez más, frente a la casa del curaca.
—Amaru, vengo a pedir que tu mujer y tú autoricen mi casamiento con Chima.
Como obtuvo la misma respuesta del día anterior, volvió a la noche. También, al amanecer del día siguiente y al mediodía y después del almuerzo a la tarde y cuando el cielo se llenó de estrellas.
Hasta que, por fin, cansado de su insistencia, Amaru lo recibió.
—Te propongo algo –dijo–: si consigues que el desierto que llega hasta Matilla florezca, te aceptaré como marido de mi hija. Pero si fracasas, te vuelves con los tuyos y nunca más te acercas a ella. ¿Estás de acuerdo, español?
La barba oscura de Dámaso Morales tembló junto con su barbilla. Lo que el curaca le pedía era imposible.
Sin embargo, sus ojos no tardaron en relampaguear. Se le había ocurrido otra idea.
Alguna vez, unas cochas–en las que los aymaras juntaban agua– le habían llamado la atención. Así que, desvió el camino que trazaba el agua de esas cochas para crear las suyas. Una vez más aquel lugar triste de nubes fue testigo de su esfuerzo. Un duro esfuerzo con el que consiguió que el desierto se llenara de colores y de perfumes.
Cuentan que cuando el curaca vio lo que la voluntad de Morales había conseguido, aceptó que se casara con Chima y que la pareja fuera parte de su ayllu.
Cuentan, además, que al ver que el desierto se había convertido en un jardín, la gente del lugar lo llamó Pica que en dialecto aymara significa “flor en la arena”.
Aymara: Nombre arcaico de un pueblo originario de América del Sur. En la actualidad, según el Diccionario Panhispánico de Dudas, “aimara” es la forma normativa en español moderno, no obstante, por ser una cultura originaria de Chile, en esta oportunidad, por respeto al país vecino, optamos por el uso de “aymara”.
Curaca: Jefe de un ayllu.
Munaña: En aymara, “amor”, “cariño”.
Ayllu: Grupo de familias que tiene un antepasado en común.
Cocha: En aymara, “represa”.
Donde crece el maní
Basada en una leyenda de Bolivia
Los antiguos mosetenescontaban que hubo una mañana en que la tranquilidad de la comunidad se vio alterada por un grito.
—¡Los ratones están entre los maníes! Se los comen. ¡Corran, corran porque están a punto de terminar con todo! Vamos a volver a tener hambre.
Hambre. Hambre. La palabra corrió de boca en boca y alarmó a cada miembro de la comunidad.
Ayo’, el jefe, fue el primero en acercarse al almacén dispuesto a defender el alimento de cada familia.
El tema de los maníes había empezado tiempo atrás y tiene una historia relacionada con este jefe. Según dicen los antiguos mosetenes, las cosas empezaron una mañana en que al ir a tomar la primera comida del día, Ayo’ descubrió que no tenían nada para comer. Entonces decidió ir de caza.
Así que tomó el arco y la flecha y se dispuso a salir. Pero antes de hacerlo, miró a su mujer que dormía cerca de sus dos hijos. Sonrió al pensar en el nombre con que la llamaban en su comunidad. Birish, le decían. Birish, que quería decir “loro” en lengua de la comunidad. Ayo’ pensó divertido que eso le pasaba por hablar tanto, acarició las cabezas de sus hijos y después, se fue.
Primero, recorrió el monte. Quería cazar. Pero, por mucho que anduvo, no encontró ni chanchos, ni tejones, ni ardillas, que eran sus favoritos. Entonces, se dirigió a las zonas fértiles, tal vez encontrara arroz, yuca o maíz. Se sorprendió al ver la tierra árida como nunca. Tampoco encontró sandías, ni plátanos, ni fruto alguno. Por eso, corrió hasta el río. Se dijo con esperanza que, en esa oportunidad, podrían conformarse con algún pez. Podía ser algún pacú o un par de surubíes.
Sin embargo, las aguas del río, que siempre corrían plateadas por las escamas del pacú o manchadas de blanco y negro por la piel del surubí, ahora se movían vacías, tristes. No consiguió pescar ni siquiera un pez chico. Nada había en el río. Nada.
Salió de la costa con el corazón en un puño. Empezó a caminar con lentitud. Le pesaban las piernas, dio un paso, después otro. Ayo’ llegó a su casa sin dejar de preguntarse qué iba a decir a sus hijos y a su mujer. ¿Que se había convertido en un torpe? ¿Que no sabía conseguir alimentos? Sintió pena por el hambre que les apretaría el estómago.
Al llegar a su casa, encontró el interior desocupado y a oscuras. Comprendió que igual que él, su familia también había tenido ganas de comer y, seguro habían ido a recorrer el monte con la idea de conseguir algún alimento. El jefe se sentó afuera, cerca de la puerta, a esperarlos con un nudo en la garganta. No tardó en sentir que algo extraño pasaba.
Una música lenta parecía acunar las ramas de los árboles y el camino resplandecía de luz verdosa. Sorprendido vio que por aquel sendero se acercaba una joven muy linda. Tenía el pelo negro, largo hasta los talones y se peinaba con delicadeza.
—No te conozco, ¿qué te trajo hasta aquí? –preguntó el hombre–. Lo siento, pero no tengo nada que ofrecerte.
—No te preocupes por mí, jefe. No necesito nada. Me llamo Dyabaj y vine hasta aquí para ayudarlos. No quiero que ningún mosetén vuelva a tener hambre. Por eso, me arreglo el pelo. Les traje comida. ¿Ves? –contestó la chica mientras se peinaba y, al hacerlo, unas vainas oscuras se desprendían de su pelo.
Los ojos de Ayo’ se dilataron al verla. No podía entender lo que pasaba. La joven no dejaba de arreglarse el pelo ni de acumular vainas que, una tras otra terminaron por formar una montaña.
—Pronto será de noche, tengo que irme. Voy a decirte cómo cuidar el fruto que acabo de traerles: Tienen que tostar los granos de estos frutos, que se llaman dyabaj, como yo. También deben cuidarlos de los ratones porque si estos bichos los tocaran, se terminaría el encantamiento y volverían a tener hambre –dijo la chica antes de desaparecer de su vista.
Entonces, el jefe encendió una especie de horno de piedra que tenían y asó una buena cantidad para todos. No se sorprendió al ver que la enorme cantidad de frutos aumentaba en lugar de reducirse.
Después, Birish y sus hijos no tardaron en volver. Llegaron con las manos vacías; todos pálidos y hambrientos.
El hombre los recibió sonriente y con una enorme fuente llena de frutos asados deliciosos.
Cuando comieron hasta dejar de tener hambre, Ayo’ les contó del extraño encuentro con la jovencita que los había visitado y del regalo que les había hecho.
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