Colette - Cuatro estaciones

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La Dirección General de Publicaciones y Fomento Editorial de la UNAM ha creado, para el disfrute del lector univer­sitario y del público en general, la co­lección Pequeños Grandes Ensayos, la cual difundirá, en breves volúmenes como el que tienes en tus manos, el fruto de la aguda reflexión, el análisis o la crítica de célebres autores de diferentes épocas, lugares y orígenes. Ensayos, unos, sólo accesibles hasta ahora en costosas antologías, otros traducidos al español por primera vez y algunos más prácticamente desconocidos, todos los cuales conformarán este acervo que, sin duda, ampliará la perspectiva cultural de sus lectores.

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10José Revueltas, “Apuntes para un ensayo sobre la dialéctica de la conciencia”, en Dialéctica de la conciencia, prólogo de Henri Lefebvre, recopilación y notas de Andrea Revueltas y Philippe Cheron, México, Era, 1986, p. 32.

11Cfr. Ernesto Laclau, “Una ética del compromiso militante”, en Debates y combates. Por un nuevo horizonte de la política, traducción de Miguel Cadeñas, Ernesto Laclau y Leonel Livichitz, Buenos Aires, fce, 2008, pp. 67-99.

Regalos de Navidad

Evocadoras de inquietud más que de promesa, brillan, esas tres palabras, flor de escarcha temblante encima de un pórtico sombrío, a punto de abrirse… Confesémoslo: nosotros que damos y ya no recibimos, nosotros, padres, nosotros, amigos maduros, nosotros nos sentimos agitados por una ansiedad anual. Y con razón. ¡El menos exigente de nuestros pupilos, el más joven de nuestros hijos, se limitará quizás a pedir una bicicleta! Qué terrible época, la nuestra. El ceceante bebé codicia un estudio fotográfico. “¡Ya sabes, mi hermanita calva no puede esperar!”, nos confía una niña que hace su primera comunión. “¿Qué quieres de aguinaldo?”, le preguntaba un padrino a su ahijada de ocho años. Ella levantó hacia él sus novísimos ojos azules que parecían descubrir el mundo y respondió con simpleza: “Un dormitorio, el mío ya está usado”.

Conozco padres que suspiran, desconcer­tados, delante de una progenie que a los diez años reclama un abrigo de piel, a los 12 un auto, a los 15 un collar de perlas. Escrupulosos, se preguntan, buscando a los responsables de esa madurez precoz que se asemeja a una perversión. “En nuestra época…”

Lo digo de frente por amabilidad. Pero no sé nada de “su” época, ni ellos de la mía. Sé que para mí “El Día de Año Nuevo” no se traducía en las palabras regalos, visitas, tiendas departamentales, buenas intenciones sin fervor y bolsillos vacíos…

Vacíos, o casi lo estaban, los bolsillos y las manos de quien me otorgaba sin embargo todas las gracias y todas las liberalidades. Pero eran capaces de milagros a su alcance. El alba del primero de enero, roja a ras de la nieve, no bien había nacido cuando las cien libras de pan, cocidas para los pobres, entibiaban la cocina azulejada de mi casa natal, y los centavos de bronce sonaban en un cesto. Una libra de pan, diez centavos, y nuestros pobres de antes, modestos, se iban alegres, y me saludaban por mi nombre de niña. De pie, en la cima de mis zuecos y seria, yo distribuía el pan cortado, el dinero; olfateaba en mis manos el aperitivo olor de la fresca hogaza; furtivamente, sobre el vientre encorvado de un pan de 12 libras, lamía su flor de harina. El olor del pan fresco acompaña fielmente en mi recuerdo el canto de los gallos sobre la roja barra del alba, en pleno invierno, y la variación de baquetas que tocaba el tambor de la aldea delante del pórtico, para mi padre. Permanece cálido en mi corazón, aún, ese recuerdo de una fiesta congelada, sin más regalos que algunos dulces, mandarinas envueltas en camisas plateadas, un libro… La víspera por la tarde, un pastel tradicional, servido hacia las diez de la noche, endulzado con una ardiente salsa de ron y albaricoque, una taza de té chino, pálido y perfumado, habían autorizado la vigilia. Fuego crepitante y danzante, volúmenes dispersos, suspiros de perros somnolientos, raras palabras: ¿de dónde entonces mi corazón y el de los míos sacaba su alegría? ¿Y cómo transmitirla, esa felicidad sin destellos, esa felicidad de flama sorda, a nuestros niños de hoy? ¿Quién pues los ha hecho tan ávidos e indiferentes como son? La vida nueva, la áspera época, y ¡nosotros mismos…! Nosotros mismos, pues nuestra culpa data de nuestra primera negligencia, de la primera vergüenza que la siguió y desde el fondo de nosotros protestó: “En el momento en que debías a tu hijo tu presencia, tu consejo, tu ayuda inteligente, enmascaraste tu deficiencia tras un regalo, cuando debías pagar contigo mismo… Y, después, lo volviste a hacer…”

Es una manera barata de sentirnos superiores a las generaciones más jóvenes, asentir con la cabeza y constatar: “A la edad de esos pequeños, nosotros nos conformábamos con nada, un pastel que era siempre el mismo, un arbolito siempre igual, un protocolo inocente de efusiones y buenos deseos, siempre lo mismo…”

Y sí, siempre lo mismo. ¿Quién nos pedía cambiar? El niño teme, por sentimentalidad y principio del menor esfuerzo, todo lo que arruina un recuerdo definido, una imagen de la cual su memoria implacable retiene y acaricia cada detalle. En el pastel anual, pecoso de pasas, ¿no buscaba yo acaso, antes, con una lengua experta, el sabor exacto del año pasado? ¿No reclamaba en auxilio de mis facultades gustativas los constantes colores del tapiz y de la lámpara de pantalla, el piar del cierzo del este bajo la puerta, el olor de un bello tomo nuevo, la textura de su encuadernado algo polvoriento?

¡Alegría de los cinco sentidos! Tales delicias, que llamaremos paganas, crean una religión doméstica, y el alma se calienta con la más pequeña flama si la pequeña flama persevera. En torno a sus rostros que no nos ven envejecer, agrupen en Navidad, padres, para sus hijos aún tambaleantes, un decorado que el tiempo casi no podrá tocar. Poco importa que falte allí lo fastuoso. Pero que las luces de las fiestas se hagan rituales, y las flores o los acebos, y también un poco las palabras que el resto del año evocarán Navidad, o la velada del 31 de diciembre. No sólo a los viejos les parece desgarra­dora la caída del tiempo en lo invisible y lo irrevocable. La emoción de un niño, cuando se le resti­tuye una imagen de su corto pasado, no depende ni de la sorpresa ni de la maravilla. Atesora aquello que ya conoce, prefiere lo que reconoce, y lo canta en sí mismo, al ritmo de una poesía espontánea.

He ahí una fría diplomacia, se dirá, y acercamientos circunspectos, para sorprender a aquellos de nuestros pequeños que se muestren, según se les antoje, hastiados, desdeñosos de ofrendas ordinarias. Es una locura querer contentarlos colmándolos. Tratar de frenarlos, de regresar a una concepción delicada de los festejos anuales, es un noble ejercicio. Instructores penitentes, nosotros no perderemos de vista, sin embargo, que tal gimnasia sentimental, a imagen de todas las gimnasias, arrastra al instructor tanto como al alumno.

Visitas

¡Terror de mi infancia, inquietud, malestar de mis tiempos de jovencita, visitas! ¡Visitas de nupcias, de media tarde, de condolencias, de felicitaciones, visitas, sobre todo, el día de Año Nuevo...! El total de horas que les dediqué, ¿sobrepasa la duración de una vida de mariposa: 40 días? No lo creo. No pretendo, por un purgatorio tan breve, pagar todos mis pecados.

Hay que alentar, en el niño, el deseo y la necesidad de sociabilidad. ¿De dónde los saqué, ese deseo, esa necesidad? Una infancia alegre nos prepara mal para los contactos humanos, y la mía se sustentaba plenamente entre tiernos allegados, un poco fantásticos, ricos de sí mismos, de una salvaje delicadeza. El tintineo de la campana, en el pórtico de la casa natal, anunciaba al asaltante –¡la visita!– y dispersaba hasta a los gatos. Mis hermanos se esparcían como los fieles al rey en tiempos de la guerra contra los republicanos, con un conocimiento profundo del terreno de huida y sus refugios agrestes, y yo los seguía. Mi madre reía: “Pequeños salvajes”, y miraba en nosotros, secretamente aprobadora, su propio salvajismo natural… No sabía que no existe ya la jungla para los hijos de los hombres, y que antes del placer, a través de los pesares, por encima de los dramas íntimos y del trabajo, está el rito, la religión, el deber de la visita. Yo lo aprendí tarde. Lo aprendí a una edad en la que nada podía ya incendiarse, en mí, de una fe protocolaria. ¿Podía durar mi paciencia para visitar a dos tías María, a algunas parientas Enriquetas entradas en años, y a esas familias aliadas la una a la otra, la una a la otra parecidas, de las cuales una hacia la otra me arrastraba, presa de una suerte de vértigo pusilánime que procedía del miedo, de la fatiga, del vacío en el estómago?

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