El tercer avance lo hice por mi cuenta en mitad del patio del recreo, cuando me detuve, sin aliento, a atarme la zapatilla 4 , la boca pegada a la rodilla y a su interesante aroma, ante mí una panorámica detallada de los hormigueros y de las pisadas de otras zapatillas (las mejores, de unas Keds, creo, o unas Red Ball Flyers, tenían un perímetro de triángulos asimétricos y varias concavidades en el centro las cuales imprimían perfectas cúpulas de tierra), y conforme me ataba otra vez la zapatilla descubrí que lo estaba haciendo de manera automática, sin tener que concentrarme en ello como al principio lo había hecho, y, más importante, que en algún momento del año anterior desde que aprendiera los movimientos básicos, era evidente que había evolucionado mis dos pequeños subescalones propios, los cuales nadie me había enseñado. En uno sostenía con el lateral del pulgar un tramo temporalmente tirante de cordón; en el otro estabilizaba la mano con un dedo corazón apoyado contra el lateral de la zapatilla durante las varias manipulaciones finales. Aquí el avance estaba en el reconocimiento por mi parte de haber desarrollado por cuenta propia refinamientos de la técnica en un área en la que nadie me había indicado que existían refinamientos aún por hallar: había personalizado un proceder adulto.
1 Cuando me pongo un calcetín ya no lo preenrollo , esto es, ya no reúno el calcetín sobre mis pulgares en pliegues telescópicos y posiciono luego la rosquilla resultante sobre los dedos de los pies, pese a que durante años creyera que aquello se trataba de un truco ingenioso, aprendido de admirables profesoras de guardería de rostro lozano, y que revelaba mi pereza e incapacidad para planear con antelación sosteniendo en su lugar el calcetín por el reborde del tobillo y embutiendo el pie hasta su destino, ajustando el tobillo varias veces hasta asentar el talón como es debido. ¿Por qué? El más elegante preenrollado puede dejar intactos cualesquiera granitos de arenilla que se te hayan clavado a la planta del pie provenientes del suelo imperfectamente barrido por el que has caminado para ir de la ducha a tu cuarto; mientras que con el método más burdo, más directo, si bien uno se arriesga a que un calcetín viejo se desgarrare, sí que desprende dicha arenilla durante el descendente avance del pie, de manera que rara vez notas más tarde fastidiosas partículas yendo y viniendo bajo el arco del pie mientras sales en dirección al metro.
2 Cuando era pequeño pensaba que se llamaba cinta Scotch porque la palabra «scotch» imitaba el chirrido descendente de las antiguas cintas de celofán. Al igual que la incandescencia retrocedió ante la fluorescencia en la iluminación de oficinas, la cinta Scotch, tiempo ha de un amarillo transparente, se volvió de un azul transparente, además de maravillosamente silenciosa.
3 Las grapadoras han seguido, rezagándose como unos diez años, los amplios cambios estilísticos que hemos presenciado en las locomotoras y en los brazos fonocaptores de los tocadiscos, a los cuales se asemejan. Las grapadoras más antiguas son de hierro fundido y verticales, igual que las locomotoras a carbón y que los cilindros fonográficos de cera de Edison. Luego, a mediados de siglo, a la par que los fabricantes de locomotoras descubrían el término «aerodinámico », y a la par que los diseñadores de brazos fonocaptores acoplaban la aguja en aerodinámicas cápsulas acanaladas que parecían trenes tomando una curva en una montaña, el personal de Swingline y el de Bates se pegaron a ellos instintivamente con la sensación de que las grapadoras se parecían a las locomotoras en que los dos dientes de la grapa hacen contacto con un par de huecos de metal, los cuales, al igual que la pareja de raíles bajo las ruedas del tren, los fuerzan a seguir un camino predeterminado, y de que se parecían a los brazos fonocaptores de los tocadiscos en que ambas máquinas, a grandes rasgos del mismo tamaño, hacen puntiagudo contacto con sus respectivos medios de almacenamiento de información. (En el caso del brazo fonocaptor, la aguja recupera la información, mientras que en el caso de la grapadora, la grapa la sujeta en tanto unidad –el pedido, los documentos del envío, la factura: pum , grapados, una unidad; la carta de reclamación, las copias de los cheques anulados y de los recibos, la carta de disculpas recibida: pum , grapada, una unidad; una secuencia de memorandos y télex que contiene la historia de alguna controversia interdepartamental: pum , grapada, una controversia–. En los antiguos problemas grapados, uno puede ver esas marquitas como de vacuna contra la tuberculosis en la esquina superior izquierda donde las grapas han sido retiradas y repuestas, retiradas y repuestas, conforme el problema –incluso los agujeros de grapa de dicho problema– se copiaba y se reexpedía a otros departamentos de cara a medidas, copias y grapado adicionales). Y entonces dio comienzo la gran era de lo cuadrado: el sistema BART era el ideal para los trenes, mientras que los tocadiscos de AR y de Bang & Olufsen se volvieron angulares –¡se acabaron esos bulbos de plástico color crema!–. Otra vez el personal de Bates y de Swingline se subieron al carro, librando a sus aparatos de toda curvatura atenuante y ofertando el negro antes que el pardo, de textura tan interesante. Y ahora, cómo no, los trenes de alta velocidad de Francia y Japón han regresado a los perfiles aerodinámicos que evocan las ciudades del futuro de las portadas de Popular Science en los cincuenta; y las grapadoras no tardarán en incorporar también un atemperado copete a lo pompadour . Por desgracia, el estilístico progreso del brazo fonocaptor se ha ralentizado, porque todos los compradores que apreciarían una puesta al día del realismo soviético en el diseño están comprando reproductores de CD: su inspiradora era se acabó.
4 Los nudos de las zapatillas se distinguían bastante de los nudos de los zapatos de vestir –cuando al final apretabas bien ambos bucles, la lógica del nudo que acababas de generar se volvía irrastreable; mientras que en los nudos de los cordones de zapato, uno podía, después incluso de haberlos apretado, seguir con la mente el trazado del nudo, como montado en una montaña rusa–. Te podías imaginar al nudo de zapatilla y al nudo de zapato de pie uno al lado del otro declamando el Juramento de Lealtad: el nudo de zapato pronunciaría cada palabra como una unidad gramatical, entendiéndola como algo más que un sonido; el nudo de zapatilla soltaría todas las palabras de sopetón. La gran ventaja de las zapatillas, en cambio, una de sus muchas ventajas, era que cuando te las habías atado y bien atado, sin calcetines, y las llevabas puestas todo el día, y se humedecían, y antes de irte a la cama te las quitabas, tus pies exhibían por todo el lateral las marcas de los ojales de cromo en hileras rojas, como ojos de buey en un submarino de Julio Verne.
Progresos como aquel no volvieron a darse hasta después de cumplir los veinte. El cuarto de los ocho avances que he enumerado (para ponernos rápidamente al día, antes de regresar a los cordones rotos) llegó cuando aprendí en la facultad que L. se cepillaba la lengua además de los dientes. Siempre me había imaginado que cepillarse los dientes era una actividad que se ceñía estrictamente a los dientes, puede que a las encías –pero había tenido a veces dudas fugaces sobre si limpiar tan solo aquellas partes de la boca combatiera de verdad la fuente del mal aliento, que yo sostenía que era la lengua–. Desarrollé el hábito de fingir que tosía, ahuecando la mano delante de los labios para olisquearme el aliento; cuando los resultados me desagradaban, me comía un apio. Pero poco después de empezar a salir con L., ella, encogiéndose de hombros como si aquello fuese una cuestión de dominio público, me contó que se cepillaba la lengua todos los días, con su cepillo de dientes. Al principio me estremecí del asco, pero estaba muy impresionado. Hasta que no pasaron tres años no empecé a cepillarme la lengua yo también de manera regular. Para cuando se me rompió el cordón, me cepillaba de manera regular no solo la lengua sino también el cielo de la boca –y no exagero cuando digo que supone un gran cambio en mi vida.
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