Nicholson Baker - La entreplanta

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A Howie, un joven oficinista, se le han roto los cordones de sus zapatos con tan solo un día de diferencia. Mientras sube en las escaleras automáticas que le llevan de vuelta a su puesto de trabajo en la entreplanta de un edificio de oficinas, hace un repaso mental de su día después de ir a comprar en su hora del almuerzo unos cordones nuevos. A través de sus pensamientos –minuciosos, exhaustivos–, asistimos a una virtuosa disección de objetos comunes y asuntos triviales que habitualmente pasan desapercibidos para nosotros por su cotidianeidad y que, sin embargo, ocupan la mayor parte de nuestra vida. Escribe
Patricio Pron en el prólogo a esta edición que el argumento de
La entreplanta es «la fundación de una sensibilidad y la experiencia de asistir a ella». Y es también un muestrario en clave de humor del estilo de vida occidental en los últimos cincuenta años, un ejercicio de nostalgia y una llamada de atención sobre el consumismo y sobre cómo este ha tomado posesión de nuestras vidas. Esta inclasificable novela influyó notablemente en la obra de algunos de los escritores más relevantes de los años 90, como
David Foster Wallace o
Dave Eggers.

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d ) proponerte grapar un grueso memorando y ansiar, conforme empiezas a reclinarte sobre la brontosáurica cabeza del cuerpo de la grapadora 3 , acometer las tres fases del acto– primera , antes de que el cuerpo de la grapadora haga contacto con el papel, la resistencia del muelle que mantiene erguido el cuerpo; después, segunda , el momento en que la pequeña unidad independiente en el cuerpo de la grapadora hocica contra el papel y empieza a forzar las dos puntas de la grapa a penetrar y a atravesar el papel; y, tercera , el crujido que uno nota, como al mascar un cubito de hielo, conforme las dos púas gemelas de la grapa emergen del lado interno del papel y se doblan contra los dos hoyos de la plantilla en la base de la grapadora, curvándose hacia dentro en un abrazo cangrejil con tu memorando, hasta desacoplarse de una vez por todas de la máquina– pero descubrir, conforme te apoyas en la grapadora con tu codo inmovilizado y la respiración contenida y aquella se estampa desdentada contra el papel, que se han acabado las grapas. ¿Cómo ha podido traicionarte algo así de consistente, así de incremental? (Pero hay consuelo: te pones a recargarla, dejando al descubierto el cuerpo de la grapadora y colocando una larga y citaresca hilera de grapas en su sitio; y más tarde, al teléfono, te pones a juguetear con la sección de las grapas que no te ha cabido en la grapadora, la rompes en segmentos más pequeños, haciéndolos pender de un pernio de pegamento).

Como consecuencia de la decepción por el cordón roto, irracionalmente, visualicé a Dave, Sue y Steve tal como acababa de verlos y pensé, «¡Alegres gilipollas!» ya que era probable que hubiese roto el cordón por transferir la energía social que había tenido que acopiar yo con el fin de soltarles un amigable «¡Que vaya bien!» desde mi posición agachada de atador-de-cordones a la fuerza que había empleado en tirar del cordón. Por supuesto, se habría roto igualmente antes o después. Era el cordón original, y los zapatos eran los mismos que mi padre me había comprado dos años atrás, justo después de que empezara en este trabajo, el primero tras acabar la facultad –por lo que dicha ruptura supuso una especie de hito sentimental–. Hice rodar hacia atrás mi silla para evaluar los daños, imaginando las sonrisas de mis tres compis de curro esfumándose de golpe si de verdad los hubiera llamado alegres gilipollas y lamentando aquel estallido de mala uva hacia ellos.

Sin embargo, tan pronto puse la vista en los zapatos, me acordé de una cosa que tendría que haberme chocado en el instante mismo en que se había roto el cordón. El día anterior, mientras me preparaba para irme a trabajar, mi otro cordón, el derecho, también se había roto al tirar bien de él para atarlo, bajo circunstancias muy similares. Lo reparé con un nudo, justo como planeaba hacer con el izquierdo. Fue una sorpresa –algo más que una sorpresa– pensar que después de casi dos años mis cordones derecho e izquierdo pudiesen fallar con menos de dos días de diferencia. Al parecer mi rutina de atarme los cordones era tan invariable y robótica que durante aquellos centenares de mañanas había infligido a ambos cordones idénticos niveles de desgaste. Aquella cercana simultaneidad resultaba de lo más excitante –lograba que las variables de la vida privada parecieran de repente aprehensibles y sometidas a ley.

Humedecí los hilos despeluchados del trozo que se había roto y los retorcí cuidadosamente hasta formar un empapado e insalubre minarete. Respirando suave y regularmente por la nariz, fui capaz de conducir el hilo guía salivalmente afilado a través del ojal sin demasiados problemas. Y entonces me asaltó la incertidumbre. Para que los cordones se hubiesen raído hasta el punto de romperse casi el mismo día, tendrían que haber sido atados casi exactamente el mismo número de veces. Pero cuando Dave, Sue y Steve pasaron por la puerta de mi oficina, yo me encontraba justo atándome un zapato –un único zapato–. Y en el transcurso de un día normal no resultaba en absoluto inusual que un zapato se desatara con independencia del otro. Por las mañanas, claro está, uno siempre se ataba ambos zapatos, pero los desatados aleatorios a mediodía tendrían que haber constituido una proporción relevante del desgaste total en aquellos dos cordones rotos, me daba que… un treinta por ciento, posiblemente. ¿Y cómo podía estar seguro de que dicho treinta por ciento estaba distribuido de manera equitativa –de que los zapatos derecho e izquierdo se habían desatado de forma aleatoria durante los últimos dos años con la misma frecuencia?

Probé a traer a la memoria algunos recuerdos representativos de atarme los cordones para determinar si un zapato tendía a desatarse con mayor frecuencia que el otro. Lo que descubrí fue que no conservaba ni el más mínimo engrama de atarme un zapato, o un par de zapatos, que datara de una época posterior a cuando tenía cuatro o cinco años, la edad en la que había adquirido dicha habilidad. Más de veinte años de datos empíricos se habían perdido para siempre, no me acordaba de nada. Pero supongo que suele ocurrir lo mismo que en esos momentos de la vida que se recuerdan en tanto grandes avances: el descubrimiento de algo crucial, y no la repetición de sus aplicaciones posteriores. Daba la casualidad de que los primeros tres grandes avances en mi vida –voy a enumerar aquí todos los avances:

1. atarse los cordones

2. apretarlos en forma de X

3. una mano firme contra las zapatillas al atarlas

4. cepillarme la lengua además de los dientes

5. ponerme desodorante cuando ya estaba vestido del todo

6. descubrir que barrer era divertido

7. encargar un sello de caucho con mis señas para hacer más eficiente el pago de las facturas

8. resolver que las células cerebrales habían de morir–

tienen que ver con atarse los zapatos, pero no creo que ese hecho resulte muy inusual. Los zapatos son la primera máquina adulta que nos entregan para que dominemos. Aprender a atarlos no era lo mismo que observar a un adulto cargar el lavavajillas y que te preguntara luego con voz cariñosa si te gustaría cerrar de un empujón la puerta del lavavajillas y hacer girar la rueda del programa (con su molesto sonido de matraca) hasta Lavado. Aquello resultaba artificioso, considerando que estabas al tanto de que los adultos querían que aprendieras a atarte los zapatos; no les hacía gracia arrodillarse. Hice varios intentos por adquirir la habilidad, pero hasta que mi madre no colocó una lamparita en el suelo para que yo pudiese ver con claridad los cordones oscuros de un par de zapatos nuevos de vestir no la dominé de verdad; volvió a explicarme cómo realizar el nudo introductorio de base, el cual comenzaba a gran altura como un frágil rizo en forma de corazón, y se encogía conforme tirabas de las puntas de plástico de los cordones hasta que se formaba una pequeña pepita retorcida de un poco menos de un centímetro de largo, y me enseñó a progresar desde aquella base hasta la principal figura cotiledónea de cuerda, la cual resultaba no ser un verdadero nudo sino una ilusión, un truco que uno realizaba con el cordón doblando segmentos de este sobre sí mismos y apretando en torno a ellos otras dobleces provisionales, pero todo aquello no era en realidad más que un esquema piramidal interdependiente, el cual conecté mucho después con un pareado de Pope:

El hombre, como la generosa parra, vive respaldado.

La fuerza que gana proviene de los abrazos dados.

Apenas unas semanas después de que adquiriera yo la habilidad básica, mi padre me ayudó con mi segundo gran avance, con la meticulosidad que demostró al enseñarme a apretar una por una las crucetas de los cordones, comenzando por la punta del pie y operando hacia arriba, enganchando un dedo índice debajo de cada X, para que al llegar a lo más alto fuese uno recompensado con sorprendentes longitudes de cordón disponibles para realizar el nudo, y al mismo tiempo sentías el pie firmemente encapachado y alerta.

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