Margery Sharp - Cluny Brown

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Año 1938. Arnold Porritt, un próspero fontanero londinense, ya no sabe qué hacer con las extravagancias de su sobrina Cluny. Después de frecuentar el Ritz como una gran señora y de dejarse seducir alegremente por un cliente, su tío decide mandarla como sirvienta a Friars Carmel, una encantadora mansión campestre.Allí la esperan, entre otros, lady Carmel, su patrona, siempre metida entre sus flores; su hijo Andrew, que acaba de traerse de Londres a Adam Belinski, un prometedor escritor polaco supuestamente perseguido por los nazis; o el comedido Titus Wilson, boticario del pueblo y perfecto polo opuesto de Cluny. En ese apacible rincón de Inglaterra, el mundo se abre maravillosamente para Cluny Brown, y ella está más decidida que nunca a seguir haciendo lo que no se espera de ella.

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—¡Santo cielo! —exclamó John al fin—. Pero si tiene que haber gente, instituciones, deseando contar con usted. Cambridge, sin ir más lejos, o cualquier universidad. En fin, es usted famoso. Sería un… un lujo para ellos. No lo entiendo.

—Bueno, ya estoy harto de todo eso —repuso el señor Belinski.

Se quedaron más sorprendidos que nunca. Los jóvenes miraban a Adam Belinski con los ojos como platos mientras este se entregaba a su sabayón. ¿Harto de todo? ¿Harto de ser un alborotador? ¿Harto de ser el centro de disputas, de investigaciones secretas, de enredos internacionales? Tal actitud solo les parecía explicable por una razón: la mala salud. Aún no se habría recuperado de la paliza…

—Necesita un buen descanso —dijo Betty en tono alentador.

—Necesito trabajar —corrigió el señor Belinski—. Soy un artista, no una figura política. Ese es el problema en Polonia: no hay suficientes polacos distinguidos y los que hay tienen que cumplir una doble función. Fíjense en Paderewski, el mejor músico del mundo: pues teníamos que hacerlo también presidente. Si ganas una carrera de coches, te nombran ministro de Comercio. Como yo tengo éxito con mis obras, debo convertirme en profesor. Gracias a Dios que no me pusieron al frente de la policía. Y así me veo envuelto en esta lucha y apenas puedo trabajar. —Hizo un aspaviento con la mano y, por primera vez, los jóvenes se dieron cuenta de que tenía la muñeca torcida, como si se le hubiera roto y no se la hubiesen recolocado bien—. Yo no quiero ser más que lo que soy y estoy decidido a conseguirlo. Además, al parecer causo problemas. Incluso si volviera a dar conferencias, no iría a una de sus universidades para, tal vez, crearles dificultades.

—Pues sí que está usted en el candelero —dijo Betty muy interesada.

Sin embargo, era evidente que el conocimiento del idioma de Belinski no llegaba a esos coloquialismos. Parecía confuso.

—Quiere decir —tradujo Andrew— que entiende muy bien, como todos nosotros, por qué tiene que pasar inadvertido. Pero es una infamia.

Luego miró a John Frewen y, en ese momento, el gran plan afloró en sus mentes. Apenas necesitaron hablar; con unas cuantas palabras, por debajo de la cháchara de Betty, los detalles más importantes quedaron decididos.

—¿Horsham? —murmuró John refiriéndose a su casa.

—Mejor en Devon, que está en el quinto infierno —repuso Andrew también en un susurro.

—¿Y tu familia?

—Sin problema, creo. ¿Se lo decimos ya?

—No, espera. Mañana. Que parezca que lo hemos consultado con la almohada…

A la hora de la verdad, sin embargo, ambos temieron que, una vez se separasen de él, Belinski pudiera desaparecer de nuevo antes de que lograran salvarlo; así que, mientras John acompañaba a Betty a su casa, Andrew se fue con el señor Belinski a Paddington, con el pretexto —pues al principio rehusó su compañía— de tener que coger un tren. Con absoluta solemnidad, entonces, el polaco insistió a su vez en acompañar a Andrew hasta la estación y este último, que hasta el momento había sido incapaz de llevar la conversación más allá del plano abstracto, se sentía francamente ridículo. Parecía que ya iba a perder la oportunidad, pero estaba decidido a no dejarla escapar.

—Señor Belinski —le dijo.

—¿Sí? ¿Es que no encuentra su tren?

Andrew se dio cuenta de que había estado mirando los paneles indicadores y se ruborizó.

—Señor Belinski, ¿le gustaría venir a pasar una temporada con mi familia en Devonshire?

—Disculpe, ¿cómo dice?

—A mi casa, en el campo. Es un sitio muy tranquilo. Allí podrá trabajar, sin duda, porque no hay nada más que hacer.

Belinski lo miró divertido.

—¿Se trata de otra fiesta? ¿Una de fin de semana?

—No, no —repuso Andrew—. He pensado que podría quedarse unos años.

En ese momento, un mozo de estación se abrió paso a empujones entre ellos (era, de hecho, el tío de Cluny, Trumper) porque también quería ver los indicadores. Andrew se apartó a un lado y Belinski al otro y, durante ese instante de separación, la mente de este último debió de trabajar a toda velocidad, pues cuando volvió a reunirse con Andrew ya no parecía perplejo, sino simplemente encantado.

—Mi joven amigo —dijo con afecto—, me faltan palabras para expresar lo mucho que aprecio tanta generosidad. ¡Es espléndido!

—Tonterías —contestó Andrew—. ¿Cuándo vendrá?

—Pero, por supuesto, no puedo aceptar —se apresuró a aclarar el señor Belinski.

Andrew le preguntó enseguida por qué no. El señor Belinski vaciló. Tenía lo que él consideraba una razón indiscutible, pero no creía que a su nuevo amigo se lo pareciese, de modo que eligió otra.

—No soy un invitado muy oportuno.

—¡Qué disparate! —exclamó Andrew despreocupado—. He llevado a casa a tipos mucho más raros que usted.

El adjetivo se le escapó de los labios antes de que pudiera remediarlo, pero Belinski no parecía ofendido. Miraba a Andrew con cierto recelo, pero también con cierta simpatía.

—Por favor, no insista, ya me parece muy descortés por mi parte rechazar su propuesta. Sus padres no me conocen de nada, por ejemplo. Lo que sugiere es de lo más generoso, pero también imposible.

—No veo por qué —se obstinó Andrew—. Puede que le resulte tremendamente aburrido…

—No se trata de eso —concluyó el señor Belinski.

Sin decir una palabra más, se dio la vuelta y salió a toda prisa de la estación, pero Andrew corrió tras él y lo siguió hasta el lugar donde se alojaba. Una vez supo la dirección, John Frewen y él pudieron seguirle los pasos e intentar convencerlo por turnos; Andrew (como ya se ha visto) fue a Devonshire para obtener el consentimiento de sus padres y volvió con una invitación por escrito de lady Carmel, y, después de otras dos semanas, el señor Belinski (aunque también influyeron otros factores) de pronto cedió y se dejó llevar una vez más por su errático destino.

III

—Iremos en mi coche —dijo John Frewen—. ¿Puede venir Betty también?

Andrew lo miró absolutamente horrorizado.

—Yo diría que no. La última vez escandalizó a toda la casa. No voy a llevar allí más influencias perniciosas —replicó Andrew con aire de superioridad.

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