Ahí es cuando se vuelve fundamental diferenciar entre equilibrio parcial y equilibrio general. Dentro de un equilibrio parcial, el que no trabaja podría pedirle ayuda a sus padres, a sus amigos, a su vecino. O podría usar parte de sus ahorros y sobrevivir. Recomendar una cuarentena, entonces, puede ser relativamente válido en lo que se refiere al equilibrio parcial. Pero en términos de equilibrio general esto conduce a un caos. Porque en una cuarentena, aquellos que podrían ayudar a quien no trabaja –su familia, sus amigos o su vecino– tienen el mismo problema. ¿Qué pasa entonces? Lo que estamos viviendo: un desastre.
Otro aspecto que los médicos entienden mal es el orden de magnitudes. Vuelvo al conteo de los muertos por Coronavirus: en Argentina, en agosto de 2020, eran cerca de 5.000. Si uno extrapola esa cifra a la muerte de una persona querida y multiplica ese dolor por 5.000, es obvio que sentirá pánico. Por no mencionar las cifras de muertes en el mundo. Ahora bien, ¿cuántas personas mueren por día, en condiciones normales, en la Argentina? En promedio son 1.000 personas. Así que la situación, puesta en perspectiva, es la siguiente: en 150 días murieron 5.000 personas de Coronavirus. Pero en ese mismo lapso murieron 150.000 por otras causas. Éste es el orden de magnitudes.
También hay grandes problemas en la comprensión matemática de la lógica del virus. En la primera parte de este libro propongo un modelo que se llama SIR. Fue desarrollado a mediados del siglo XX por un bioquímico y un militar. La sigla corresponde a Susceptibles, Infectados y Removidos. Los primeros son el total de la población, salvo que haya una vacuna y elimine a una parte de susceptibles, o que haya inmunidad en un determinado grupo. El virus ataca a los susceptibles. Después están los que efectivamente se infectan. La cantidad de infectados está determinada por los susceptibles que se infectaron menos los removidos, que son los infectados que se curaron o que murieron. En determinado momento, los infectados crecen por la cantidad de infecciones, pero decrecen por la cantidad de removidos. Cuando esa ecuación es positiva, se está infectando más gente de la que se remueve; cuando es negativa, los removidos superan a los nuevos infectados. Con el tiempo, la cantidad de susceptibles disminuye. Es decir que, si bien al principio el crecimiento de casos es exponencial, necesariamente se llega a un pico de casos después del cual las infecciones decrecen. Eso ocurre cuando la tasa a la cual se infectan los susceptibles no alcanza a compensar la salida por remoción. Esto significa que los contagios, aun en el peor de los casos, siempre terminan por decrecer.
Por supuesto, se debe tratar de minimizar el contagio mediante la higiene: lavarse las manos, usar alcohol en gel, mantener el distanciamiento social, usar barbijo. Todo eso no cambia lo contagioso del virus, pero sí baja la probabilidad de contagio. También hay que hacer testeos masivos para detectar tempranamente a los infectados y sacarlos de la calle, igual que a las personas que son grupo de riesgo. Así se reduce la cantidad de susceptibles. La estrategia óptima es: testeos masivos, cuarentena para infectados y grupos de riesgo. Esto bastaba –como lo mostró el caso de países como Hong Kong, Singapur, Nueva Zelanda, Australia, Suiza y hasta los casos de Suecia y Alemania o, sin ir más lejos, Uruguay– para achatar la curva de infecciones y evitar que el sistema hospitalario colapsara.
El error, el catastrófico error, fue poner en cuarentena a todo el mundo.
La economía mundial durante la pandemia
Como anarco-capitalista, yo quisiera un mundo sin Estado; pero el hecho es que hoy el Estado existe. No conviene hacer prescripciones para un mundo que no existe. Considerado esto, me parece muy interesante comparar la respuesta a la pandemia de dos economías desarrolladas y con acceso al mercado internacional: Estados Unidos y Francia.
¿Qué sucede, en una economía cerrada, cuando salen personas del mercado laboral porque están infectadas? Esto provoca una caída del ingreso; esa caída conlleva una caída del ahorro. Si comprenden que este shock es transitorio, y por ende el criterio de inversión no se modifica, entonces la contracción del ahorro lleva a un aumento en la tasa de interés. Esta suba de la tasa de interés hace que caiga la demanda de dinero y como consecuencia el nivel de precios sube. Eso es lo que pasa en una economía cerrada. En una economía abierta, por otra parte, si suponemos inicialmente un equilibrio del sector externo y tiene lugar una contracción del ahorro dada la inversión, eso hace que la tasa de interés de equilibrio interno sea más alta que la internacional, lo que genera un flujo de capitales que permite financiar el desequilibrio interno. Ahora, como entonces la tasa de interés no sube, la demanda de dinero no cae y los precios quedan constantes. Por ende, la crisis se resuelve con endeudamiento. El problema, en esta pandemia, fue que sí hubo pánico; la inversión se derrumbó. Además, cuando hay pánico se venden los activos riesgosos para comprar activos seguros. Se venden acciones, se venden los bonos corporativos, y entonces cae el precio de los bonos de las empresas y aumenta el spread entre el retorno de un título de empresa contra el de un soberano considerado libre de riesgo, al tiempo que sube la demanda de dinero en dichos países. Por otra parte, se cae el precio de los bonos emergentes y, por lo tanto, el riesgo país de los emergentes sube.
Bien, veamos ahora qué hizo Estados Unidos y qué hizo Francia ante esta situación. En materia de política monetaria no hubo diferencias entre los dos, porque Christine Lagarde, desde el primer momento, entendió la analogía con lo que había pasado en la crisis subprime : igual que entonces, ahora había una enorme demanda de dinero. Para que eso no condujera a una deflación, se emitió dinero. En el caso de los Estados Unidos, como la tasa de interés de los bonos del Tesoro estaba en cero, la Reserva Federal bajó la tasa de interés a cero y ofreció dinero. Y en ese contexto tuvo que inyectar, en dos días, el equivalente a un PBI y medio de Argentina de ese momento. Sin embargo, eso no causó inflación porque se emitió contra demanda de dinero.
A partir de acá empiezan las diferencias.
En Estados Unidos, para que la caída de la inversión no dañara al sistema productivo, Trump bajó los impuestos a las empresas. Así, la inversión que caía por culpa del pánico se compensaba parcialmente con la baja de impuestos. Por otro lado, como el sistema laboral de Estados Unidos es muy flexible, conforme avanzaba la epidemia aumentaba el desempleo. Sin embargo en Estados Unidos cuentan con un seguro de desempleo que transfiere fondos directamente a los individuos al momento de perder el trabajo, al tiempo que el Gobierno decidió transferir un cheque de USD 1.200 a cada persona que perdía su trabajo; es decir, hubo un aumento del gasto público. De este modo, se logró sostener el consumo, evitar que la inversión caiga en exceso y se financió ese desequilibrio con endeudamiento externo, en un mundo donde todos están dispuestos a prestarle dinero a Estados Unidos y a los países desarrollados: les prestan a tasa cero y además les demandan dólares.
¿Y Francia? Si bien consigue financiamiento barato, y si bien las condiciones monetarias manejadas por el Banco Central Europeo replican un comportamiento parecido, la política fiscal de Francia es muy distinta. Para empezar, Francia no bajó los impuestos a las empresas. También la asistencia que le ofrece a los individuos es distinta: el gobierno francés se hace cargo de determinadas cuentas. Mientras que Estados Unidos les gira dinero a sus ciudadanos para que gasten en lo que ellos quieran, el Estado francés, en su fatal arrogancia, determina en qué gastos los va a ayudar. No es un tema menor.
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