Hoy ya están sonando todas las alarmas porque, tan importante, o más, que los conocimientos técnicos, son las habilidades y las competencias, de las que José Manuel habla en este libro. Sin duda, el complemento perfecto para cualquier persona que se quiera considerar completa.
Vas a encontrar aquí impagables lecciones de comunicación, de organización, de trabajo en equipo, de liderazgo, de inteligencia emocional, de innovación, de flexibilidad y adaptación… Elementos, todos ellos, extremadamente valiosos y demandados en las empresas en un momento como el actual.
Este libro es un instrumento imprescindible para que los padres puedan generar conversaciones profundas y valiosas con sus hijos, los abuelos con sus nietos y los adultos, en general, consigo mismos. Una excusa para encontrar en cada uno de los cuentos una metáfora, una moraleja, una pequeña o gran lección que reforzar o aprender. Y lo es porque nos habla directamente al niño que todos llevamos dentro.
Desde hace años trabajamos en mi compañía con líderes y tengo demostrado que solo las experiencias intensas generan aprendizajes. Este libro te deja ambas cosas, aprendizajes basados en las experiencias que el propio autor nos transmite.
Querido lector, únicamente me queda recomendarte que leas con mucha atención, y un lapicero, “Las aventuras del jabalí Teodosio” y dejes que la niña o el niño que llevas dentro disfrute de cada línea. Y también que el adulto llene este libro de notas al margen y llamadas de atención.
Ojalá lo disfrutes tanto como yo.
Raúl Castro
Consultor de RRHH y Knowmad
Managing Partner dpersonas
Introducción a “Las aventuras del jabalí Teodosio”
Eran los años de la crisis que había empezado en 2008. En España existía una sensación de que todo iba cuesta abajo y sin frenos. Los empleados de la empresa privada temíamos seriamente por nuestro empleo y veíamos con preocupación el devenir de la economía y el mercado laboral. En aquel inquietante ambiente, mi mujer y yo decidimos hacer el esfuerzo económico, y asumir el riesgo, de inscribir a nuestras hijas en un colegio británico de Ciudad Lineal, en Madrid, cercano a casa. Pensábamos que era, entonces o nunca, la ocasión para aprender bien un idioma que es la puerta al mundo global, que tanto esfuerzo cuesta aprender imperfectamente de adulto y cuyo conocimiento, dos años después, me permitió aprovechar una buena oportunidad laboral en Estados Unidos, desde donde escribí estos cuentos.
Durante aquellos meses, yo llevaba a mis hijas al nuevo cole todos los días, justo antes de ir a la oficina y salvo que estuviera de viaje. El colegio se encontraba a unos 20 minutos andando desde casa y tanto a las niñas como a mí nos hacía falta ejercicio (para el que nunca sobran ocasiones en la vida que llevábamos en los inviernos de Madrid), con lo que yo les proponía ir caminando. Ellas, naturalmente, no querían. Preferían ir tranquilamente sentadas en el coche. Así que, para convencerlas, les decía que si íbamos a pie, en vez ir atento a conducir, yo podía ir contándoles un cuento por el camino. Tenía que inventarme uno cada día, hacerlo interesante y concluirlo justo al llegar al colegio, lo que era todo un reto. Siempre pensaba que me iba a resultar imposible, que no se me iba a ocurrir nada nuevo. Pero en todas las ocasiones, por no sé qué inspiración traída por el aire matutino madrileño o el tráfico de la calle de Arturo Soria, aparecía una nueva historia en mi imaginación.
La idea del jabalí protagonista de los cuentos nació de mis vicisitudes diarias como padre. Cuando las niñas se ponían insistentes pidiendo algo imposible (una chuche antes de comer, el enésimo vídeo, ir al parque a las 11 de la noche…), yo imitaba la voz de un niño caprichoso y les decía una y otra vez: “yo quiero un jabalí”. Lo repetía en voz cada vez más alta, pataleaba el suelo, hasta que ellas me miraban estupefactas y me intentaban explicar que NO podía tener uno, que no tenía sentido y que era solo un capricho. Eso les hacía olvidarse del suyo. Y así se me ocurrió la idea de contarles cuentos de ese simpático animal, que era primo de los tres cerditos del cuento clásico.
Las historias del jabalí Teodosio están diseñadas con tres vertientes. La primera de ellas es la literaria. Usando mi condición de lector y aficionado a la escritura, he intentado barnizarlos con un leve toque lírico, que aporte sensibilidad y ternura. Para ello he empleado frases más bien cortas, pero he introducido a propósito algún vocabulario no habitual para los niños más pequeños, precisamente para provocar su pregunta sobre el significado al adulto que se los lea o que esté junto a ellos, y que ese hecho conduzca a un progresivo enriquecimiento del lenguaje.
Creo que, en el principio del siglo XXI, las historias, tanto en libros como en el séptimo arte o televisión, se han vuelto cada vez más trepidantes. Esto es aún más acusado en el cine infantil o juvenil, donde la mayoría de las escenas duran apenas unos segundos antes de cambiar a otra, en una sucesión de flases que a los pertenecientes a la Generación X nos desborda. Frente a eso reivindico la narrativa que planteaba, por ejemplo, la película “Memorias de África”, que sumergía al espectador en el ritmo lento de la vida y en los paisajes del África colonial de principios del siglo XX. Soy consciente de que las peripecias del jabalí pueden resultar difíciles a los más jóvenes, acostumbrados al rápido ritmo de las películas de aventuras y los videojuegos. Pero, precisamente por ello, creo esta vertiente necesaria como un aprendizaje a la reducción de velocidad. Si es un adulto el que lee las andanzas de Teodosio al niño, puede jugar a que cierre los ojos e intente imaginarse a los personajes y los paisajes tal y como se detallan, aprovechando esa parte para cultivar el disfrute tranquilo de una descripción o recreación.
La segunda vertiente de “Las aventuras del jabalí Teodosio” es la de los valores. Como directivo de empresa, he leído durante años decenas de libros de desarrollo y mejora personal. Esto se ha unido a la formación de posgrado que he recibido sobre liderazgo y gestión, y a mi propia experiencia manejando equipos de personas. Ese acervo me ha servido no solo para mi trabajo, sino para mis relaciones personales y mi vocación de padre. Me he dado cuenta de que mucho de lo que he aprendido está completamente ausente en la educación durante la escuela primaria y también en los cuentos infantiles clásicos. Algunos de esos valores que he inyectado en las vivencias del jabalí son útiles para la vida profesional, otros para la personal, y alguna pequeña lección tiene que ver con aspectos que algunos consideran pasados de moda, pero que yo, sin embargo, creo muy necesarios, como los modales en la mesa.
Por último, como tercera vertiente, he añadido a las historias gags y bromas de brocha gorda. Caídas y coscorrones. Confusiones y torpezas. Travesuras de los personajes, todas ellas de esas que desatan la risa de los pequeños y hacen que, al terminar el cuento, les deje un regusto alegre y ganas de que llegue otro día para escuchar o leer más capítulos. Son el pequeño anzuelo, la cubierta de caramelo que envuelve las vertientes uno y dos que he explicado antes.
Los cuentos están pensados para ser leídos durante un viaje o de camino al colegio, para aquel que pueda hacerlo mientras otro conduce o en transporte público. O en cualquier otro momento tranquilo. Cada capítulo está dividido en dos o más partes, cuya lectura supone menos de diez minutos, pudiéndose realizar por separado y dejando la siguiente parte para otro rato u otro día. Recomiendo leerlos con entonación teatral, exagerada incluso, apoyándose en gestos y ruidos onomatopéyicos, sin miedo a alargar las pausas y a masticar incluso las palabras. A mí me dio buen resultado esa técnica que copié de la formación profesional que he recibido para hablar en público. Los niños un poco más avanzados en lectura pueden hacerlo por sí mismos.
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