Carlos Sisi - Nocte

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El cinco de diciembre de 1971, una tranquila campiña inglesa se iluminó como el mástil de un barco afectado por el fuego de San Telmo, y un pastor llamado Drew Brewer pudo ver «otro lugar» a través de lo que luego llamaría «un roto en el aire».Las ovejas de Brewer saltaban al azar de un lugar a otro y, cuando volvían a aparecer, lo hacían en llamas. El fenómeno se bautizó como Overture, y, no sin esfuerzo, pudo ser encubierto. Sin embargo, cuando el fenómeno empezó a extenderse y aparecieron más Overtures con otro tipo de repercusiones, más agresivas y hostiles, varios gobiernos y empresas privadas unieron esfuerzos para crear NOCTE, más conocida como «La agencia», una entidad secreta liderada por la doctora Lalasa Kapoor y dedicada a investigar esos fenómenos.El Año Cero de la agencia NOCTE, sin embargo, ocurrió mucho más tarde, en junio de 1986, cuando Mo Talloran y Beatriz Deschain, entre otros, ataviados con los sofisticados Trajes Aeris de Intervención, consiguieron saltar al otro lado desde una de aquellas anomalías. Lo que descubrieron, y lo que ocurrió después, cambiaría la percepción de la realidad para siempre y establecería una imperiosa y urgente necesidad de crear un frente de defensa.

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—¿Para… encubrirlo? ¡Por el amor de Dios, Dan! ¿Y qué demonios van a decir que pasó?

—Un fallo eléctrico. Algo así.

—Dan, lo vieron… Lo vio mucha gente.

Calhoun agachó la cabeza.

—Por eso… Por eso han enviado a los suyos.

Mandy inclinó la cabeza, confusa. Su frente eran cuatro líneas profundas contrastadas.

—A… ¿a redactar notas de prensa?

Calhoun tardó un momento en responder.

—A encubrirlo, Mandy. Sea como sea.

Mandy abrió mucho los ojos. Empezaba a intuir a qué se refería Calhoun, o, mejor dicho, el primer ministro. Levantó el cuenco para beber, pero descubrió que…

Que no podía.

—Dan… —susurró al fin.

Calhoun se volvió para mirarla mientras hurgaba en el bolsillo. Sacó un paquete de cigarrillos EMBASSY con un gesto rápido y extrajo uno, que sopesó en su mano unos instantes antes de encenderlo.

—Dan —repitió ella en voz baja—. ¿Qué es…? ¿Qué es lo que vimos?

Calhoun se volvió para mirar por la ventana. Las cosas estaban en su sitio, estaban bien. La lluvia caía hacia abajo, mojaba las casas y formaba charcos en la acera. La luz iluminaba las superficies cercanas, las farolas se extendían hacia arriba, en vertical, y la gente caminaba siguiendo una trayectoria espaciotemporal predecible, un paso después de otro. Todo eso… Todo eso estaba bien.

Lo de Daffy Green no.

Aquello no estaba nada bien.

—No lo sé, Mandy —susurró—. Te juro que no lo sé.

Sintió un escalofrío e inhaló una calada larga con los labios apretados.

***

Drew Brewer salió de su casa en Swan Lane a las cinco y cuarto de la mañana, un poco antes de lo acostumbrado. Se había ido a la cama temprano la noche anterior porque últimamente se estaba encontrando demasiado cansado, y se había despertado en mitad de la noche con los ojos más abiertos que los de un búho. El cansancio no estaba, pero sabía que no tardaría mucho en volver apenas se pusiera en movimiento e hiciera una o dos cosas. Había tomado infusiones de raíz de oro, por descontado; un antiguo remedio que en los Brewer siempre había sido mano de santo, e incluso había bajado un poco el ritmo de trabajo. Pero el campo necesitaba muchos cuidados, y estaba todo ese asunto de la compra de corderos para una cadena de restaurantes. Su hermano Paul decía que era un buen trato, pero él no lo veía tan claro. Estaba acostumbrado a los tratos pequeños, a los negocios puntuales que le permitían vivir y pagar las pequeñas necesidades del día a día. Pero cien… corderos… al mes. Cien corderos. Tendría que ampliar las instalaciones, tendría que negociar con Billy Hurley para acceder a sus pastos; solo el tema de las vacunas y los permisos le iba a generar un volumen de papeleo que hacía que la cabeza le diera vueltas.

Cien corderos eran alrededor de ochenta corderos más de la cuenta.

Se preparó para salir al campo a revisar el estado de sus terrenos. Había llovido bastante fuerte las dos últimas noches, y también algo durante la tarde; ahora que miraba por la ventana, comprobó que el agua seguía formando una cortina gris en incesante movimiento tras los cristales. Cuando eso ocurría, la tierra hospedaba charcos enormes que había que drenar de alguna manera, a veces incluso abriendo canales para mover el exceso de agua a otras partes. Antes podía ser una tarea pesada, pero desde hacía ya un año tenía el David Brown 1200, una preciosidad de tractor que generaba cuarenta caballos y contaba con una cabina ancha y espaciosa, no como la bestia mecánica de Billy Hurley. Su cabina era tan angosta y sofocante que su mujer, Anne, la llamaba El Horno.

Anne. Llevaba casado con Anne como… toda la vida, y, a veces, le parecía que algo más. Delgada, menuda, siempre con una sonrisa colocada en su carita redonda, a menudo cubierta por sus propios cabellos, ahora ya blancos. La había dejado dormida en el sofá de su pequeño estudio donde, a pesar de su ceguera, pintaba tantos cuadros como podía, muchas veces, unos encima de otros; Anne no tenía interés en conservar sus pinturas. La pintura era su vida.

Ciega de nacimiento, no había podido conocer los trazos de los grandes maestros, ni había observado cómo la luz describía cambios en las tonalidades de los colores, ni tenía referencia alguna de cómo los colores revestían el mundo o de cómo se percibían como diferentes según el momento del día. Nunca había visto el prodigioso despliegue de tonos de un amanecer, o la explosión iracunda del atardecer cuando incide en las nubes bajas y lo tiñe todo de rojo, o de rosa, o de naranja. Anne utilizaba la textura y el grosor de los trazos para orientarse, y trataba de recrear las sensaciones que le producían las cosas.

Según ella, recibía aquella información simplemente mediante el tacto. Pintaba el tacto de hojas de los árboles. Una manzana. El rostro de su marido. Había pintado a Drew más de cincuenta veces, y todas esas veces había conseguido transmitir sensaciones profundas. El propio Drew no sabía mucho o nada de pintura (apenas lo que costaban los tubos de pigmento) pero cuando veía los trabajos de Anne, solía quedarse mirándolos durante un buen rato, a menudo con una taza de té en la mano, y llegaba a sentir que una emoción especial, única y exclusiva de dicha contemplación, afloraba dentro de él. La primera vez que se vio en una pintura de Anne, creyó atisbar aspectos profundos de sí mismo entre los trazos gruesos, tridimensionales y protuberantes que Anne usaba para manejarse por el lienzo; aspectos íntimos que tenían más que ver con cómo se sentía que con cómo era. En su retrato no había… una nariz, ni una boca, ni siquiera ojos. Era una fantasía abstracta de trazos, formas, volúmenes, que producían una concatenación de sentimientos, un viaje iniciático que revelaba más y más cosas cuanto más se lo contemplaba. Aquella vez, cuando se giró para mirarla, ella lo supo enseguida. Anne siempre sabía cuándo él la miraba.

—¿Qué estás mirando, bobo? —preguntó.

—A ti —dijo él—. A tu mirada.

—¿La mirada de una ciega? —preguntó con retintín.

—Se puede perder la vista —respondió con suavidad—, pero nunca la mirada.

Ella no contestó. Nunca decía nada cuando él conseguía tocarle con su amor.

Ese día no la despertó. A Anne le gustaba acompañarle en sus paseos matutinos porque, a esas horas, olía a tierra mojada, a pasto fresco, a aire húmedo, a tormenta… Y esas cosas, los olores, la brisa mojada, eran las maneras con las que Anne aprendía de su entorno; eran el vehículo de las sensaciones que transportaba la naturaleza para ser representada en un lienzo. Pero llovía mucho, demasiado, y era de todas maneras un poco demasiado pronto para Anne. Cuando volviera de la inspección, se dijo, la compensaría con un cuenco de leche caliente y pan tostado con membrillo, servido con queso a la manera española. A Anne le gustaba tanto el membrillo que, en secreto, Drew había plantado membrilleros en las laderas al lado oeste de sus tierras, de la variedad que crecen en tierras húmedas.

—¡Penny! —llamó.

Miró a un lado y a otro, con el ceño fruncido. Bueno, ahí había una cosa excepcional… ¿Dónde estaba Penny? Solía ser la primera cosa que veía por la mañana al salir de casa. No importaba lo mucho que se esforzara por no hacer ruido, siempre estaba detrás de la puerta, moviendo la cola como si quisiera despegar y salir volando, lloviese o hiciese sol, con tempestad y con calma, los ojos de color almendra clavados en él.

Penny no solo le ayudaba con el rebaño; era, además, una perra trufera, y aquel suponía uno de sus mayores logros, por cierto. Le enseñó desde pequeña, educándola primero para localizar las trufas silvestres de temporada, y muy poco después, haciéndole entender que no debía comerlas. Drew estaba seguro de que su secreto había sido la elección del premio que Penny conseguía cuando hacía las cosas bien: nada demasiado dulce, para no dañar su salud, y nada con demasiado olor, para no estropear su olfato. El olfato lo era todo.

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