Bernardo Pérez Puente - Papeles de Ítaca

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Dos viejos actores metidos a espías, un hotel de playa que oculta un secreto, un joven latinoamericano a punto de morir de frío en París, un estudiante que vende libros robados, un instructivo para buscar tesoros y otro que enseña el arte de perder el paraguas… Con espíritu lúdico y precisión de relojero, Luis Bernardo Pérez nos entrega un conjunto de relatos que oscilan entre la fantasía, el humor y el juego metaliterario. Son historias que ocurren en una realidad donde la aventura homérica parece ir a la baja y cuyos nuevos Ulises se ven obligados a regresar a Ítaca cargados de lances inventados, proezas imaginadas y hazañas ficticias que se convertirán en materia literaria.

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Trae consigo, entre otras cosas: la dirección de un amigo uruguayo, cuatrocientos veinte euros y un abrigo café que heredó de su padre. El amigo uruguayo ya no vive allí, los euros le duran algo más de una semana y el abrigo café resulta insuficiente para enfrentar el más crudo invierno de los últimos veinte años. Muy pronto su situación se torna desesperada, pero no se rinde. Lava platos en un restorán a cambio de la comida y, por una módica suma, entrega dos veces por semana su cuerpo moreno y atlético a madame Bouchard, la patrona del restorán. Con ese dinero alquila un cuarto miserable en el último piso de un edificio miserable. Aún queda el inconveniente del clima, pues el cuarto miserable carece de calefacción. El frío es despiadado. Por fortuna, en uno de los puestos de libros instalados a orillas del Sena encuentra un viejo calendario de llantas Michelin ilustrado con obras de la escuela impresionista. De regreso en su habitación, con las manos ateridas y al borde de la hipotermia, recorta las reproducciones a color del calendario y las pega en las paredes. Eso le salva la vida. Y es que ¿quién puede morirse de frío entre los soleados paisajes de Renoir, los cálidos jardines Monet y la luminosa exuberancia tropical de monsieur Gaugin?

La última palmera

Cabía la posibilidad de que el Vista Tropical ya no existiera, de que lo hubieran demolido para construir en su lugar un edificio de departamentos, una estación de gasolina o uno de esos hoteles de carretera sin personalidad pero con alberca y televisión satelital. A lo mejor me encontraba con un terreno baldío.

Aun así, decidí ir. Solicité vacaciones en el trabajo y llamé a Marcela para informarle que estaría fuera algunos días. No quise darle más información y ella no preguntó. Dijo que era libre de hacer lo que me viniera en gana siempre y cuando hiciera a tiempo la transferencia bancaria; el ortodoncista de las gemelas y las colegiaturas no se iban a pagar solas. Quise hablar con las niñas, pero habían salido con sus abuelos.

Metí algunas cosas en una maleta pequeña y, después de llenar el tanque de gasolina, me lancé a la carretera con la sospecha creciente de que me disponía a cerrar un capítulo de mi vida. Un capítulo olvidado durante casi tres décadas y que la memoria me devolvió intacto cuando me informaron de la muerte de mi prima Amelia. Había fallecido de cáncer un año antes y en todos esos meses estuve pensando obsesivamente en ella. También en la cajita de lámina enterrada junto a la palmera que crecía en el rincón más umbroso del jardín.

Por algún motivo que nunca entendí, siempre íbamos al mismo lugar e invariablemente nos hospedábamos en el mismo hotel. Las vacaciones transcurrían de manera casi idéntica y, quizá por eso, hoy se confunden en la memoria y aparecen como un dilatado y único verano. Un verano sin tiempo ni orillas.

Los primeros en llegar eran mis tíos y mi prima. Venían en su camioneta con una montaña de maletas y en compañía de su amado Gagarin, un viejo Buldog bautizado así en honor del cosmonauta soviético. Uno o dos días después arribábamos nosotros a bordo del destartalado Ford Fairlane de mi padre. Veníamos con menos equipaje y sin perro, pero con una caja de piñas y otra de plátanos compradas en el camino y que, casi siempre, terminaban pudriéndose con el paso de los días. Antes de instalarnos papá se enzarzaba en una discusión con el administrador, don Jacinto, por los altos precios de las habitaciones, mientras que mi tía se mostraba invariablemente molesta por la rusticidad del lugar y lo lejos que quedaba la playa. Sin embargo, nunca les pasó por la cabeza quedarnos en otro lado.

El hotel estaba a las afueras del pueblo. Aparecía de pronto al salir de una curva, del lado derecho de la carretera. En aquel entonces no había otros edificios cerca, sólo el Vista Tropical: una construcción cuadrada de dos plantas, con pasillos exteriores, mosaicos azules, barandales de herrería y unas quince o veinte habitaciones.

Se entraba por un gran portón de madera que siempre permanecía abierto y seguíamos por un camino de grava hasta el jardín lleno de flores y palmeras. Mi padre dejaba el auto en un rudimentario estacionamiento cubierto con láminas de asbesto.

El único detalle llamativo en la recepción era una chimenea incongruente e inútil. Junto a ella colgaban los correspondientes utensilios: tenaza, atizador, pala y escobilla. ¿A quién se le había ocurrido construir una chimenea en una zona en la cual las temperaturas solían llegar a los 40 grados?

También había un comedor y un salón de estar cuyo antiguo ventilador de techo se esforzaba por remover un poco el aire sobre las cabezas de los huéspedes. En el salón jugué interminables partidas de ajedrez contra mi padre y mi tío con el único objetivo de combatir el tedio y allí aprendió Amelia a tocar la guitarra.

Para llegar a la playa era necesario cruzar el jardín, avanzar por un sendero que atravesaba la selva y, tras unos diez minutos de marcha, el mar nos recibía con su brillo cegador. Nada más pisar la arena, mi tío recitaba el mismo poema. Eran unos versos supuestamente escritos por él, pero que, como descubrí años después, eran de Unamuno: “Sed de tus ojos en la mar me gana;/ hay en ellos también olas de espuma;/ rayo de cielo que se anega en bruma/ al rompérsele el sueño, de mañana.”

Permanecíamos dos o tres semanas en el hotel. Mi prima y yo jugábamos badminton, leíamos historietas y llenábamos cuadernos con dibujos de barcos y castillos de ensueño llenos de torres y habitaciones secretas. Sólo salíamos para ir a la playa, al puerto y a tomar helados en la plaza central del pueblo.

Cada año hacíamos amistad con algunos niños y niñas de nuestra edad que también se hospedaban allí con su familia. Al concluir las vacaciones prometíamos reencontrarnos el verano siguiente, pero ninguno solía regresar.

Al anochecer se iniciaba el rumor de los insectos; su bullicio misterioso sustituía al de las aves diurnas y acompañaba nuestro sueño. Por la mañana el jardín aparecía cubierto de grillos destripados y mariposas devoradas por las hormigas. Ese espectáculo entristecía a mi prima, quien acostumbraba guardar las alas rotas de las mariposas. Valiéndose de unas pinzas para cejas, tomaba aquellos delicados fragmentos verdiazules, casi turquesas, y los introducía con infinito cuidado entre las páginas de los libros.

Alrededor de las diez de la noche llegué a la intersección que conducía al hotel. Numerosas construcciones ocupaban ahora las orillas de la carretera. Temí haberme extraviado. Sin embargo, pasados quince minutos, al salir de una curva, identifiqué el edificio de dos plantas. Una parpadeante luz de neón me informó:

“Vista tropical”

Hotel-garage

Jacuzzi en todas las habitaciones

Reduje la velocidad y vacilé antes de entrar. Bastaba mirar el anuncio para darse cuenta de que el sitio ya no era el mismo. Al parecer, el hotel había dejado de ser un lugar “para familias”, como se decía, convirtiéndose en un refugio para el sexo clandestino. Me pregunté por qué había ido allí y si tenía sentido el largo viaje. Pensé en la última palmera, la que crecía en lo más oculto del jardín; la palmera que Amelia y yo llegamos a considerar de nuestra propiedad.

Atravesé el portón y conduje hacia el estacionamiento. A la luz de los faros advertí que el exterior se encontraba hecho una ruina; las plantas lo habían invadido todo, creciendo sin orden y formado una barrera que imaginé impenetrable. La solitaria luz de la recepción servía de faro en medio de la noche.

En el estacionamiento había tres autos más. Me detuve y saqué la maleta de la cajuela. Antes de dirigirme al hotel, me detuve un momento para dejar que la brisa salada me anegara los pulmones. El canto de los grillos era ensordecedor; sin embargo, al aguzar el oído creí escuchar a las olas resonando a lo lejos.

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