Marina Latorre - Galería clausurada

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En sus textos, Marina Latorre pone especial oído a los diálogos. Con frases y párrafos cortos, directos y sencillos, busca registrar, con pocas pinceladas y sin buscar necesariamente un verosímil literario, las atmósferas y las disputas en que se ven envueltos sus personajes.
Como ayer, hoy siguen chocando una comprensión mercantilizada y elitista del arte, y otra de cuño romántico, progresista y liberador, que en los años de la década de 1960 tomó la forma de un «compromiso» social. Esta tensión anima muchos de estos relatos, en que chocan distintas voces en disputa.

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Cuando publicó Galería clausurada, Marina Latorre no cumplía aún los 30 años. Se había instalado en Santiago para estudiar Pedagogía en Castellano y Periodismo, llevaba un tiempo escribiendo en diarios y revistas y era conocida también por su bibliofilia —inclinación que, según ella misma cuenta, heredó de su familia y se consolidó en las largas noches magallánicas de su infancia—. Con su esposo, Eduardo Bolt, buscaron desarrollar un proyecto editorial del que Galería clausurada fue el primer texto. Como otros libros que publicaron desde entonces para difundir la cultura y las artes en Chile y Latinoamérica, la opera prima de Latorre tenía un sello indudablemente estético en su gráfica y materialidad: fondo tricolor rosa, naranja y ocre, letras blancas y sicodélicas para señalar el título, daban cuenta de la visible vocación de contemporaneidad de Ediciones Bolt, que buscaba reflejar también, con ese diseño, realizado por el artista alemán Gunther Rauch, la contemporaneidad de los propios relatos.

Sin embargo, aunque fue bienvenido en su momento, el libro no habría de tener nuevas versiones en los años que siguieron. Puede que a esto haya contribuido la demencial historia que en años posteriores vivió el país: con la Dictadura, la vida se hizo difícil para todos, para su autora. En su casa ubicada en la calle Londres —que Neruda llamara “La torre de la poesía”, en alusión al apellido y el oficio de su dueña, y donde funcionaban la editorial y una galería artística— habrían de irrumpir y allanarlo todo los militares. Tras el golpe, el matrimonio Bolt-Latorre, creadores en 1965 de la importante revista cultural latinoamericanista Portal, procuraron mantener viva su actividad como divulgadores. En distintas etapas, la revista seguiría llegando a los lectores, incluso hasta hace no muy poco: su último número apareció en 2010.

Con todos estos antecedentes que avalan un recorrido político y crítico, no deja de sorprender que a Latorre se la haya leído sobre todo como una escritora magallánica, hasta cierto punto indisociable del paisaje frío y marítimo de su tierra de origen. Es cierto que su poemario Fauna austral (1977) pudo contribuir a la creación de este mito autorial, sin embargo, aun así, lecturas de aprecio como las de Pablo Neruda, Francisco Coloane, Hernán del Solar, Andrés Sabella o María Luisa Bombal soslayan aspectos decisivos de su quehacer, como su compromiso con el arte y con los cambios sociales que comenzaban a gestarse en Chile precisamente en 1964, desde el ascenso de Eduardo Frei Montalva al gobierno y vinculados, sobre todo, con la significativa votación que recibió Salvador Allende en las elecciones de ese año. Por lo mismo, resulta curiosa la fijación de varios de estos escritores con el nombre de la autora, por ejemplo, las palabras celebratorias de Francisco Coloane, quien escribe el prólogo de su única novela, ¿Cuál es el Dios que pasa? (1978): “[...] dos goterones de lluvia volaron desde las tejuelas de alerce de nuestro Chiloé natal repicando muy hondo con un llamado de ternura y humanidad [. . .] Marina Latorre Uribe, nombre y apellidos simbólicos para un hombre de mar. Nombre ilustre por los tres costados. Nuestra Marina de Chile siempre ha tenido un acorazado Latorre y un destructor Uribe. Tu nombre tiene mil connotaciones marítimas”. O esta elegía de Andrés Sabella, a raíz del libro de poemas Fauna Austral (1977): “Tu nombre, Marina, me llena de banderas y tu apellido es Latorre de donde la poesía habla a los confines australes. Los barquitos de papel principian a desfilar para ti, Marina de la poesía”. O la romantización que hace Hernán del Solar también a partir de su nombre: “Lo cierto es que de pronto nos hallamos ante un nombre que tiene un sentido de exploración, de descubrimiento. Nadie ha ido tan al sur, nadie es más austral que Marina Latorre”.

Esta atención puesta a la onomástica impide en algunos casos ir más allá: no solo porque las tierras australes abundan en algo más que mar y embarcaciones, sino porque el mismo trabajo literario de Latorre va más allá de esas tierras australes. Ocurre con ella lo que con muchas escritoras del siglo XX chileno: una recepción mayoritariamente masculina busca “fijar” de algún u otro modo figuras que la sobresaltan, que no sabe dónde poner. Se configuran así lecturas mezquinas, superficiales o condescendientes, generalmente anecdóticas. Este mundo misógino, aparentemente complaciente con las escritoras, pero en el fondo muy poco alentador, es el que debió enfrentar la autora de Galería clausurada. Y, como sus coetáneas, desarrolló estrategias que le posibilitaran llegar a los lectores. Así, por ejemplo, su novela autobiográfica ¿Cuál es el Dios que pasa? tiene como protagonista a un niño y no a una niña, travestismo literario con que Latorre buscó evadir los sensores machistas de un jurado literario. Aunque aun así no ganó el concurso, la novela fue publicada en la prestigiosa editorial Nascimento, con buena recepción crítica, poco más tarde.

Volviendo sobre las lecturas “australes” de su trabajo, hay que decir, además, que en Galería clausurada encontramos desde relatos cifrados en la experiencia infantil de Magallanes o Chiloé, hasta narraciones estrictamente urbanas. El Santiago de los años de la década de 1960 es bellamente evocado: “Desde nuestro departamento puedo contemplar el Parque Forestal. Habitado en la tarde con parejas lesbianas, homosexuales, novios proletarios. Al frente la cordillera, el cerro San Luis, la casa de Nemesio Antúnez, el aire puro. Allí en el piso veinticinco de las Torres de Tajamar. En un lugar bien preciso y conocido. La alegría de vivir en el lugar del futuro. En la casa no construida [...]. Los ruidos, los autos que frenan en las esquinas, el cambio de luces de los letreros luminosos van poblando las calles de la noche [...]. Santiago empieza a transformarse en esta hora”. La ciudad es el espacio para la caminata y para la exploración, mientras se anda, de los mundos interiores, prevalentes en los textos de Latorre, como en este cuento en que rescata la subjetividad infantil: “La casa está llena de silencio. Las paredes se elevan. El piso se hunde. A ratos todo da vueltas; el techo gira hacia el piso; el piso se va a las paredes [...]. La pieza es un loco carrousel. De pronto, todo se detiene. Oscuridad completa. Todo se convierte en un pozo profundo, de alquitrán [...]. La cama de María Teresa sube y baja. Juega con su cama, haciéndola girar y volviéndola a la tierra. Es un juego inventado no recuerda cuándo. A veces piensa que nació con ella” (“Una colección privada”). La niña solitaria de esta historia prefigura a la lectora adulta que no solo colecciona libros, sino también notas necrológicas (“Punta Arenas se caracteriza por publicar enormes avisos de defunciones para sus muertos”). La atmósfera y personajes de este relato, como los de “El regalo” —sobre una niña expectante de amor—, y la anécdota relatada en “En Tierra del Fuego”, dialogan con lo que será pocos años después la novela ¿Cuál es el Dios que pasa?

Y Latorre viaja aún más lejos que la ciudad o el frío austral. Dedica un espacio a una “Crónica de México”, país que en los años de la década de 1960 visitara y describiera, también con admiración, el novelista Manuel Rojas. Un relato en que priman los sentimientos y afectos de su narradora, si bien por momentos practica un periodismo más “objetivo”. Ganan, en todo caso, las emociones, algunas contradictorias, que se encarga de comentar con el propio país que deja, desolada: “Debo confesarte que cuando llegué no me gustaste. Me reí un poco de los contrastes tan evidentes [...]. A veces una deslumbrante riqueza, inmensa: cristal, mármol, vegetación mareadora. A veces tristeza deprimente. La técnica más actual, al lado de lo antiguo, lo tradicional. Me inquietaste, me producías fatiga. Creía comprenderte. Al otro día te sorprendía distinto [...]. Quisiera descubrir ahora el instante preciso en que me fuiste impregnando como una droga. En que me fuiste enamorando”. La inclusión de esta crónica en el libro de cuentos de 1964 pone de manifiesto una característica presente en otros textos de autoría femenina a lo largo del siglo XX: su esquiva relación con las fronteras literarias de los géneros, su particular forma de inscribirse en las tradiciones literarias, atravesando de un lado a otro las posibilidades de lo autobiográfico, lo ficcional y lo ensayístico, en libros muchas veces híbridos.

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