Yormary Rincón Parra - El amor de Gabriela

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El amor de Gabriela y otros cuentos. Este libro de cuentos, publicado en 2016 por la editorial Entreletras, condensa las insignificancias de lo cotidiano de un pueblo. Las ausencias, nostalgias, retornos, alejamientos, situaciones que forman parte de la vida de sus habitantes. A lo largo de los años, su autora fue guardando en su memoria y en viejos cuadernos, anécdotas, relatos, confidencias, que luego pulió con paciencia de alfarero, sin afanes, hasta convertirlos en historias que por fin vieron la luz en esta primera publicación.

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Nayib Camacho O.

Villavicencio, Meta, mayo de 2016.

Bienvenidos a Macondo

La profesora Ana Delia no tuvo tiempo de reaccionar ante la avalancha de chiquillos que en un dos por tres nos precipitamos corriendo al patio de la escuela, dejándola con la palabra en la boca. Esta vez, el desorden no lo había provocado la recua de burros que en los momentos menos oportunos irrumpían en la plaza del pueblo, alborotando los arenales y a los muchachos adolescentes, que ante la procacidad de los cuadrúpedos reían maliciosamente y hasta se atrevían, sopena de desatar la furia del profesor Tito, a hacer comentarios malintencionados por el puro placer de ver a las niñas sonrojarse de vergüenza.

No valieron las amenazas de castigo de la maestra instándonos a volver a la enramada de techo en palma que ostentosamente llamaban aula, y a la que nosotros, secretamente llamábamos jaula.

Resignada y picada por la curiosidad se unió al grupo, justo a tiempo para descubrir la causa de aquel brote de indisciplina como decían los maestros, término que por lo menos a mí no me caía nada bien porque me hacía pensar en la semana que tuve que estar acostada por culpa del sarampión.

Tres desconocidas, forasteras como decía mi madre, se dirigían con andar lento al caño de aguas cristalinas. Eran muy jóvenes y a mí me parecieron bellas. Vestían pantalón corto y camiseta de colores vistosos. Pasaron conversando y riendo entre ellas sin saludar ni mirar a nadie, como si aquel fuese un pueblo fantasma y ellas, las únicas tres almas que lo habitaran. Dejaron a su paso una estela de perfume que hoy todavía mi memoria lo recuerda; y se perdieron bajo el sol inclemente de las diez de la mañana.

Pasada la conmoción de aquel particular episodio, la profesora se santiguó y con aire compungido, como presagiando una desgracia, nos hizo entrar al salón de clases en orden y en silencio. Tal solemnidad nos dejó perplejos. Para nosotros, las recién llegadas no eran diferentes, al resto de quienes ocasionalmente llegaban a establecerse en el pueblo, excepto por su aspecto y su manera de vestir. Pero para los adultos el asunto era de extrema gravedad, o por lo menos así lo entendimos con la citación a los padres de familia para el día siguiente.

El resto de la jornada trascurrió entre corrillos y comentarios, sobre todo entre las niñas de quinto que se ufanaban siempre de saber de cosas de mujeres. A ellas les oí decir que aquellas jóvenes eran mujeres de la vida alegre lo cual explicaba sus ropas ligeras, la forma como llevaban pintado el rosto y su manera de andar. A mis siete años me resultó imposible entender el asunto del que por lo pronto me desentendí bajando guayabas maduras en el patio de la escuela.

Azucena, Violeta y Magnolia. Así se llamaban las tres. Hicieron de su paseo al caño una rutina cotidiana que pronto fue interpretada por las señoras del pueblo como una provocación. Y mientras ellas vociferaban, sus maridos se volvían cada vez más colaboradores. Iban por agua al caño, barrían el frente de las casas a la misma hora que las tres flores hacían su aparición por la calle principal, y no faltó el que se ofreciera a lavar la ropa. Eso sí en horas de la mañana.

Las damas hicieron frente común ante semejante peligro y le exigieron al inspector de policía que tomara medidas drásticas como le correspondía por ser la autoridad. Pedían nada menos que la expulsión inmediata de las intrusas, y las más devotas solicitaban que el cura adelantara su visita habitual y se hiciera presente por estar en riesgo la salvación de todos los hombres del pueblo.

Después de muchas reuniones, y ante la tardanza del representante de la iglesia por acudir a salvar las almas masculinas, el señor inspector que era zorro viejo, no tanto en años pero si en artimañas, les propuso a las atormentadas señoras una solución temporal. Construirles a las tres flores una vivienda lejos del pueblo, mientras que llegaba la hora del destierro definitivo.

Y así fue. Pronto la casa de madera y techo en palma estuvo lista. Se les asignó el lunes como único día para venir a comprar a la tienda, y les prohibieron bañarse en el mismo lugar donde lo hacía el resto de los habitantes del pueblo. Ellas no pusieron reparo. Cogieron sus pertenencias que bien escasas eran y se mudaron.

Un aire de alivio se respiró por fin. El mal estaba conjurado. El cura llegó, al lomo de un caballo tan viejo como el mismo camino que recorría cada tres meses. Ofició misa en la escuela que servía de capilla, bautizó infantes, casó parejas y amenazó con el fuego eterno a los hombres que osaran visitar a las pecadoras que vivían cerca al cementerio.

Más pronto de lo que se pensaba, el asunto de las mujeres de la mala vida, como las llamaban las señoras, fue cayendo en el olvido. Un nuevo episodio vendría a trastocar la apacible vida de los lugareños. Máquinas desconocidas hasta el momento, tanto como personajes extraños, llegaron una tarde en que el cielo se desahogaba después de una sequía de tres meses.

Por la calle principal los vimos avanzar enfundados en trajes amarillos que los resguardaban de la lluvia. Pasaron de largo con la seguridad del que se siente dueño del terreno que pisa, saludaron con jovialidad a los curiosos y en menos de una semana ya tenían instalado su campamento.

El inspector como primera autoridad fue el primero en hacer una visita formal. Un gringo de mediana edad, sofocado por el calor, lo recibió en su oficina, y ayudado por un intérprete que hablaba a gritos para hacerse oír por encima del rugido de una planta que funcionaba con gasolina, le explicó que representaba a una compañía petrolera, y le mostró unos documentos en inglés que él ojeó y devolvió con una sonrisa como de disculpa. El gringo soltó una sonora carcajada, le ofreció una limonada helada y luego lo despidió con un okey y dos palmaditas en la espalda que a don Pedro le parecieron una burla, pero luego para consolarse decidió que eran de amistad.

Un enjambre de hombres recorría el pueblo a cualquier hora del día, alterando las costumbres y la tranquilidad de sus moradores. Y los señores sintieron que el peligro acechaba. Su territorio estaba siendo invadido; y cuando una recatada dama anocheció y no amaneció, supieron que era hora de actuar ante la hecatombe. Formaron una comisión y acompañados por don Pedro llegaron al campamento y a puerta cerrada se reunieron con el gringo que esta vez les habló en un español enredado pero comprensible.

Ellos expusieron sus razones y se mantuvieron inflexibles en su exigencia. Cero visitas de los hombres del campamento al pueblo después de las seis de la tarde. A cambio, se ofrecieron a enseñarles el camino más allá del cementerio. A la semana siguiente, un letrero grande, escrito con pintura roja, colgaba de la puerta del caserón de palma, donde no solo vivían Magnolia, Violeta y Azucena, sino Natacha y Natalia: “Bienvenidos a Macondo”.

Del origen de tan curioso nombre nadie ha podido dar explicación convincente. Hay quienes aseguran que en una noche de parranda, unos costeños trabajadores de la petrolera, añorando su tierra, quisieron dejar constancia de su paso por estas tierras. Otros dicen, que alguien por olvido dejó allí la novela de García Márquez. Las muchachas en sus horas de ocio la leyeron, encontraron aquel nombre, les pareció diferente a cuantos habían oído nombrar y así se quedó hasta el día de hoy: Macondo.

Días de Gloria

Hoy demolieron la casa donde vivió Gloria. Sin puertas ni ventanas la vieja construcción quedó expuesta como una radiografía del pasado. Con cada ladrillo convertido en polvo bajo los golpes precisos de los obreros, cada vivencia, cada secreto, cada voz de quienes la habitaron desaparecería como si nunca hubieran existido.

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