Los jóvenes trataron de hablar para agradecer a su benefactor, pero con un gesto de autoridad les ordenó continuar su camino.
–Les queda mucho camino que recorrer, y mucho por hacer –les dijo–. Y ya está muy avanzada la hora. ¡Vayan con Dios! Él los bendecirá en el trabajo.
Llenos de asombro, Haroldo y Tulio obedecieron y cruzaron la quebrada. Salieron a la orilla opuesta y miraron hacia atrás, para despedirse del amigo de vestido blanco, que había quedado junto al agua dándole de beber a su caballo. Pero cuando miraron, no había ni caballo ni hombre. No veían a nadie en toda la extensión del paisaje.
Desde ese momento, Haroldo Brown nunca más dudó de que Dios tenía en Colombia un pueblo que él estimaba como precioso tesoro para ser buscado y preparado para la segunda venida de Cristo Jesús. Tampoco podía dudar de que, en un futuro, cientos de otros pies seguirían a los suyos, andando por los montes y los valles de ese gran país para llevar las buenas nuevas de esperanza y paz. Y estaba seguro, también, de que estos futuros mensajeros irían con la misma seguridad de que la presencia y la bendición de Dios los acompañaba, y que contarían con la ayuda y la protección de los ángeles celestiales.
por Colleen de Reece – 1920
Un extraño en la puerta
Era una noche triste,. Sumamente fría. La nieve que había azotado los campos durante el día, ahora se arremolinaba alrededor de la puerta con cada nueva ráfaga de viento. El corredor de la vieja casa estaba cubierto de una espesa capa blanca; el hielo desbordaba del balde de agua.
Dentro de la casa, el niño menor yacía enfermo. El médico había ido más temprano de lo esperado, sorteando muchas dificultades a través de la tormenta.
–No hay mucho que podamos hacer por el niño –dijo–. Ténganlo bien arropado; mejorará en pocos días.
Vertió un medicamento en un pequeño frasquito.
–Pueden darle esto, si lo necesita –dijo.
Y se fue, preocupado por el largo viaje que lo esperaba de regreso al pueblo.
Durante algún tiempo reinó el silencio en la casa, mientras el niño dormía y la señora Trevor preparaba la cena para su esposo y los hijos mayores, que habían ido al establo a ordeñar las vacas y a atender a los demás animales.
–¡Vaya, cómo aúlla este viento! –exclamó el señor Trevor, cuando irrumpió en la cocina con los muchachos, trayendo el olor de los animales impregnado en sus ropas.
Su cara estaba enrojecida por el frío.
Rápidamente se asearon, y se reunieron alrededor de la mesa para participar de una sopa caliente, que sabía mucho más deliciosa debido al frío que imperaba afuera.
–Tenemos muchos motivos para agradecer a Dios –dijo el señor Trevor.
El gozo se reflejaba en sus ojos brillantes mientras contemplaba a su familia, y hasta casi sonreía con un gesto saludable y lleno de vida.
–Oremos.
Todos inclinaron la cabeza.
–Te damos gracias, amoroso Padre, por estos alimentos; por todas tus bondades para con nosotros. Te damos gracias por tu presencia y por tu protección amorosa. Bendícenos, pues te lo pedimos por amor a Jesús y en su santo nombre. Amén.
–Amén –respondieron todos, y empezaron a comer.
Un momento después, por encima de la animada conversación, se escuchó un llanto apagado proveniente de la cunita, que estaba en la esquina. La Sra. Trévor se levantó apresuradamente y tocó al niño con una expresión de temor en el rostro.
–¡Este niño está ardiendo de fiebre!
–Pero ¿qué podemos hacer, mamá? –preguntó Bill, levantándose de la mesa para ir a su lado.
–No sé... tal vez no podamos hacer mucho. Trataré de bajarle la fiebre con un paño húmedo.
–¿Busco al médico?
La pregunta de Bill, expresada en voz baja, asustó a todos. Siendo aquella una noche tan terrible, quién sabe si sería realmente posible transitar los ocho kilómetros hasta el pueblo y volver ileso.
–No –dijo la madre. El médico nos dejó esta medicina. No hay nada más que pudiera hacer, aunque estuviera aquí.
–Mamá es buena para cuidar enfermos –dijo el Sr. Trévor–. Ella lo atenderá bien.
Esta sencilla afirmación tranquilizó a la familia. A decir verdad, la Sra. Trevor era muy eficiente como enfermera práctica; con tantos hijos, tenía que serlo...
Silenciosamente, las hijas recogieron los platos de la mesa y los lavaron. El fuego ardía en la chimenea. Los muchachos se sentaron junto al calor, ocupados en distintas tareas. En una finca grande, siempre hay algo que hacer, como un arnés que remendar, digamos. Existe poco tiempo para el ocio.
A medida que las manecillas del reloj seguían su marcha, aumentaba la furia de la tormenta afuera.
–¿Qué es eso?
Bill levantó la cabeza y se quedó mirando fijamente la puerta.
–Alguien ha tocado. Pero ¿quién sería capaz de llegar hasta aquí en una noche como esta? ¡Tendría que estar loco!
Cruzó la sala y abrió la puerta, dejando entrar una ráfaga de viento helado. De pie, en el umbral, estaba un desconocido.
–¡Entre, entre, hombre!
El forastero entró, y Bill cerró rápidamente la puerta contra el viento.
–¿Cómo es que usted está viajando a estas horas, y con sejemante tormenta? –le preguntó Bill.
Una leve sonrisa se dibujó en el rostro del forastero.
–¿Les sería posible darme algo de comer? –preguntó.
–¡Por supuesto!
Luego, Bill recordó otra cosa
– Ah, pero no hemos atendido a su caballo, Señor; lo llevaré al establo.
Ya Bill había cruzado la sala mientras hablaba, y estaba tomando su abrigo cuando la voz del visitante lo detuvo.
–No tengo caballo.
–¿Anda usted a pie, señor?
Bill y el padre se miraron intrigados. ¿Quién sería capaz de viajar a pie en medio de la noche, en medio de una tormenta de nieve?
La señora Trevor habló desde el rincón donde estaba aún ocupada con el niño.
–Pero no dejen al pobre señor esperando con su abrigo mojado. Lewis, atiéndelo, por favor. Y ofrézcanle algo de comer.
Ya las muchachas le estaban preparando un plato de comida que había quedado de la cena: pan de maíz, frijoles, un vaso de leche y conserva de pepinos dulces.
–Disculpe que no podamos darle algo más. Es todo lo que tenemos por ahora –dijo una de las jovencitas.
Sus ojos brillantes se cruzaron con los del visitante.
–Será suficiente, gracias –dijo.
Poco después, el niño volvió a llorar.
–Es que está enfermo –le explicaron–. Pero mamá tiene mucha experiencia con los enfermos.
El desconocido se detuvo un momento con el tenedor en la mano.
–Mañana el niño estará perfectamente bien –aseguró.
La señora Trevor alzó la vista y miró al visitante, impresionada por la tranquila seguridad con que hablaba. Siendo que no querían que se sintiera incómodo mientras comía, Bill y los demás hermanos se ocuparon en sus tareas.
Cuando hubo terminado, dijo:
–Les agradezco mucho por la comida.
Hablaba con sencillez, pero con un aire serio y solemne.
–Bien, me voy –dijo
Y antes de que pudieran responder, se había colocado su abrigo y salido por la puerta.
–Bill, detenlo –ordenó su papá, reaccionando–. Tendrá que pasar la noche aquí, con nosotros. Nadie debiera salir en una noche como esta.
Bill corrió hasta la puerta, la abrió de par en par y salió al corredor, temblando por lo intenso del frío.
–¡Señor, regrese, por favor! Queremos que pase la noche aquí, con nosotros. Pero no hubo respuesta.
Nuevamente Bill llamó:
–Señor, aquí hay lugar para usted. Regrese.
Se escuchó solo el aullido del viento, que aumentaba más y más. Cuando Bill volvió, tenía una expresión de perplejidad en el rostro.
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