—Tenemos suficiente para terminar con esto ahora mismo. ¡Míralos! El pelaje apelmazado y las heridas de las cadenas. ¡Le estoy viendo las putas costillas!
La cara de Randy palideció y tomó un sorbo de su bebida, probablemente deseando que fuera alcohol de verdad. En cuanto acomodáramos a esos perros, yo misma me iba a tomar un trago. Cualquier cosa para borrar aquella imagen de mi mente.
—Si los dejamos pelear, aunque sea por un segundo, podemos acusarlo de cargos más graves. —Sus labios se apretaron al apartar la mirada del ring. Quiero que se arrepienta toda su vida.
—Yo también. —Llevaba casi cinco años de trabajo en el rescate de animales y cada caso me seguía afectando. Cada vez que creía que lo había visto todo, acababa en otro sitio que me daba pesadillas. A veces sentía que no podría llevarlo mejor nunca.
Ryker, el dueño de la granja, estaba en medio del ring con los oponentes de la noche encadenados a ambos lados. Malvado, gritón e ignorante, había descubierto cómo reunir a todos de la peor manera posible. Su pelo grasiento asomaba por debajo de su gorra de béisbol. Su ropa, cubierta de manchas, parecía el delantal de un carnicero. Me daba escalofríos cada vez que lo veía en el pueblo, y ahora sabía por qué.
El perro más pequeño cojeaba. Ryker le quitó la cadena el primero, pero no se movió. En vez de eso, se sacudió violentamente, mirando hacia los otros perros encadenados a lo largo de la pared. Ladraban frenéticamente, animándolo o dándole indicaciones. Era difícil de apreciar por el rugido de la multitud cuando el segundo perro fue liberado. Cargó contra el pequeño, y en cuestión de segundos le hincó el diente.
—¡Ya basta! —Empujé a Randy, que ya estaba fuera de su asiento, corriendo hacia el ring. Su cerveza falsa salió volando, empapando a los imbéciles que nos rodeaban. En las gradas, los policías corrieron escaleras abajo con las armas desenfundadas.
La multitud se dispersó. La cerveza llovía sobre nosotros, los bancos se movieron y la gente casi me tira al suelo empujándome fuera del camino. Nadie quería redimirse aquella noche.
Randy y sus hombres se habían centrado en capturar a Ryker y sus compinches. Tenían trabajo, ninguno de ellos caería sin luchar.
Nadie evitó que el perro del ring atacara al otro. El pequeño aulló, y su pelo gris se tiñó de rojo brillante.
Atravesé la multitud, golpeando a cualquiera que no se quitara de en medio. Necesitaba llegar al ring antes de que fuera demasiado tarde.
No vi a Kiera ni a Lyssie por ningún sitio en aquel caos. No había tiempo para buscarlas. Ese perro necesitaba ayuda.
Los perros que estaban al lado del ring estaban histéricos, aullando y ladrando junto con la multitud. Salté la barrera y corrí al centro del ring. El perro más grande no había soltado al pequeño, ni siquiera cuando me lancé a por ellos. Había que tener cuidado. Los dos perros estaban agresivos y hambrientos y era imposible anticipar su estado de salud. Ninguno parecía rabioso, pero en una noche como aquella no podía perder tiempo jugándomela.
Apartando a un perro del otro, cubrí al más pequeño con mi cuerpo para que el grande no pudiera atacarlo más.
Todavía respiraba, a duras penas. Sus grandes ojos azules me miraron y gimió.
—¡Trina! —gritó Kiera—. Nos empujaron hasta el aparcamiento. Hemos tenido que convencer a esos secretas de que trabajábamos contigo. —Mierda, olvidé darles las credenciales. Ese error nos costó un tiempo precioso—. ¿Está bien?
—Le han dado una paliza. —La respiración del perro se había calmado, con suerte porque se estaba tranquilizando y no se desangraba. Por si acaso, me quité la chaqueta y arranqué una tira de la camiseta para usarla como torniquete. Me importaba una mierda que me colgaran los michelines. Cosas peores se habían visto aquella noche. Envolví suavemente la tela alrededor del cuello del perro y apliqué la menor presión que pude para que fuese eficaz.
—¿Qué hacemos? —preguntó Lyssie.
—Llama a Control de Ganado. Están esperando la llamada. Y saca las jaulas del camión. Creo que había siete. ¿Cómo está el otro que peleó?
Se hizo un breve silencio.
—No está.
Shadow
Abandoné cualquier tipo de fe la noche que Ryker nos capturó. Ni cielo ni infierno, solo un purgatorio pasando hambre en la oscuridad que se prolongaba indefinidamente. Hasta esa noche, cuando la policía irrumpió en el ring de combate, arrestando a Ryker y a su banda. Y lo mejor: tres ángeles vinieron a sacarnos de nuestra prisión.
—Quédate con este —mandó uno de los ángeles a otro—. Tengo una cizalla en mi bolso. Espero que el collar no se le haya incrustado en el cuello a ninguno.
Tan fuertes y feroces nos preciábamos de ser, uno por uno todos lloramos y gimoteamos agradecidos cuando nos llegó el turno de ser liberados. El ángel se tomó un momento con cada uno, dándonos palmaditas en la cabeza y murmurando algo sobre que ya se había acabado.
Yo era el que estaba más lejos de ella, así que fui el último.
—Vamos a quitarte esta cosa horrible. —Sus palabras sonaban como un arrullo.
No estaba más orgulloso que mis hermanos o mis enemigos. Ser libre era demasiado bueno para pensar en eso. Esa era la única manera que tenía de agradecérselo. Pasó los dedos por mi pelaje mugriento y enmarañado. Era hermosa. Su pelo color miel estaba recogido; su cara, sin maquillar, y su sencilla ropa, rasgada. Sus ojos verdes estaban llorosos y sus mejillas, tan redondas como el resto de sus curvas y probablemente igual de dulces. Su pequeña boca me resultaba irresistible. Olía exactamente a lo contrario que la mierda y la desesperación que hasta ese momento habían inundado mis fosas nasales. Inhalé vainilla, canela, manzanas y todo lo bueno de ser humano. Se me hacía agua la boca con solo pensarlo.
Cualquiera que estuviera tan lleno de amor y compasión por un montón de animales sucios y vapuleados como los Channing e incluso los Lowe se había ganado mi lealtad eterna. Cualquier cosa que ella quisiera sería suyo.
—Todo va a estar bien —me susurró, y yo me apreté contra su pierna—. Te voy a sacar de aquí. Ahora estás a salvo. Te daré algo de comida y un baño.
Quedaban dos semanas para la luna llena. Entonces estaría más fuerte, pero no tenía forma de preparar a aquel ángel para nuestra transformación. Hacía tanto tiempo que ninguno de nosotros era humano, que la próxima metamorfosis podría ser… interesante.
—¿Estás bien, chico? —le pregunté a Archer. Seguía tumbado en medio del ring, con la garganta vendada. Mis hermanos se unieron a nosotros, dándole suaves toquecitos con sus hocicos. Mientras dos ángeles traían jaulas al ring, fantaseé sobre cómo sería tener a aquella mujer entre los brazos y agradecerle apropiadamente habernos salvado la vida.
—Lo estaré —dijo Archie, con la mirada desenfocada.
—No os acerquéis —les advertí a los Lowe cuando Major subió al ring—. Ahora no. Estábamos tan cerca de ser rescatados, que no quería arruinarlo todo machacándolos.
Todos volvimos al cautiverio voluntariamente. Los ángeles cargaron nuestras jaulas en el camión sin mucho esfuerzo. Nos moríamos porque llegara aquel momento y sobrevivíamos solo por él, pero estábamos demasiado débiles para disfrutarlo.
—Kiera, ¿puedes conducir? —preguntó mi hermoso ángel. Se sentó en el suelo con Archer, que apenas se había movido.
Vamos, chico, vive. Ya somos libres.
—Me voy a quedar atrás con este. No quiero dejarlo solo —prosiguió.
—Sí, claro —respondió Kiera, ajustando los cierres para que no nos deslizáramos por la parte trasera del camión. Mi ángel se subió con nosotros, con el cuerpo de mi hermano en brazos. Le goteaba sangre de la manta que había servido improvisadamente como vendaje. Ella se acomodó en medio de las cajas delicadamente, colocando a Archer a su lado.
Читать дальше