—¿De modo que el presidente Shimoyama estuvo en el sótano aproximadamente entre quince y veinte minutos? —quiso saber Harry Sweeney—. ¿Con su caja de seguridad?
—Sí, señor —respondió el señor Kashiwa.
—¿Estuvo presente alguno de sus empleados?
—No, señor.
—¿Había algún otro cliente en ese momento?
—No, señor. Solo puede bajar una persona cada vez.
—Entonces, ¿estuvo solo en el sótano?
—Sí, señor.
—¿Y esa es la política del banco?
—Sí —contestaron al unísono el señor Kashiwa y el director.
Harry Sweeney asintió con la cabeza y a continuación preguntó:
—¿Y cuánto hace que el presidente Shimoyama tiene una caja de seguridad en su banco?
—En realidad, no hace mucho —dijo el señor Kashiwa, mirando otra vez el expediente que tenía entre las manos—. Sí. Solo lo tiene desde el primero de junio de este año. Poco más de un mes.
—¿Y con qué frecuencia pasa por aquí?
—Bastante a menudo —respondió el señor Kashiwa—. Al menos una vez a la semana. Según este expediente, el presidente Shimoyama estuvo aquí anteayer, por ejemplo.
—¿A qué hora?
—A ver, a las dos y cuarenta de la tarde del cuatro.
—¿Y la última visita antes de esa?
—El treinta del mes pasado.
—Gracias —dijo Harry Sweeney—. Ahora necesitaremos ver la caja de seguridad. El contenido de la caja.
El señor Kashiwa miró al director, el director miró al señor Kashiwa, y el señor Kashiwa dijo:
—Pero…
—No podemos abrir la caja sin el permiso del titular de la caja de seguridad —terció el director—. Sin la autorización de un familiar, no…
—El presidente Shimoyama ha muerto —dijo Harry Sweeney—. La Comandancia Suprema Aliada está investigando las circunstancias de su muerte. Es toda la autorización que nosotros o ustedes necesitamos.
Los dos hombres asintieron con la cabeza, los rostros lívidos y pálidos, y el director susurró:
—Disculpe. Por supuesto, enseguida.
Harry Sweeney y Susumu Toda salieron del despacho detrás del director y el señor Kashiwa. Recorrieron el pasillo y bajaron la escalera. Al sótano, al cuarto. Un cuarto estrecho lleno de cajas, unas paredes altas de cajas, cada caja con un número y cerrada con llave. El señor Kashiwa giró una llave y sacó una caja: la número 1261. A continuación el señor Kashiwa llevó la caja 1261 a las mesas particulares situadas al final del cuarto, colocó la caja sobre una de las mesas, metió otra llave en la cerradura y se apartó de la caja 1261.
Harry Sweeney y Susumu Toda se quedaron enfrente de la caja, con la llave colgando, esperando en su cerradura. Harry Sweeney echó un vistazo a Susumu Toda, mientras Susumu Toda miraba la tapa. Harry Sweeney giró la llave en la cerradura y levantó la tapa de la caja. Introdujo la mano en la caja 1261 y sacó un estrecho paquete envuelto en papel de periódico. Desdobló el periódico. Encima del papel que tenía en la mano había tres fajos de billetes de cien yenes. Puso el papel y los billetes sobre la mesa al lado de la caja. Metió otra vez la mano en la caja 1261. Extrajo unos títulos de unas acciones. Los colocó sobre la mesa al lado de la caja. Volvió a meter la mano en la caja 1261. Sacó la escritura de propiedad de una casa. Consultó la dirección. La escritura correspondía a la residencia familiar del distrito de Ota. La puso sobre la mesa al lado de la caja. Metió de nuevo la mano en la caja 1261. Extrajo cinco billetes de un dólar. Los colocó sobre la mesa al lado de la caja. Volvió a meter la mano en la caja 1261. Sacó un pergamino enrollado. Desató el pergamino y lo desenrolló. Se trataba de un grabado de un hombre y una mujer manteniendo relaciones sexuales. Enrolló y ató otra vez el pergamino. Lo puso sobre la mesa al lado de la caja. Se quedó mirando la caja de la mesa. La caja 1261 ya vacía. Harry Sweeney se volvió hacia Susumu Toda, mientras este escribía en su bloc.
—¿Hemos terminado? —preguntó.
—Sí —contestó Toda—. Lo tengo todo, Harry.
Harry Sweeney se volvió hacia la mesa. Recogió el pergamino y lo guardó en la caja. Recogió los billetes de dólar y los guardó en la caja. Recogió la escritura de propiedad de la casa y la guardó en la caja. Recogió los títulos de las acciones y los guardó en la caja. Recogió el periódico y los fajos de billetes de cien yenes. Consultó la fecha del periódico: 1 de junio de 1949. Dobló el periódico alrededor del dinero y lo guardó en la caja. Cerró la tapa de la caja y giró la llave en la cerradura. Se apartó de la caja y de la mesa.
—Gracias por su cooperación, caballeros —dijo Harry Sweeney, volviéndose hacia el director y el señor Kashiwa—. La Policía Metropolitana también les pedirá ver el contenido de la caja. Pero, por favor, asegúrense de que un miembro de la familia Shimoyama está presente cuando les abran la caja. Y, por favor, no mencionen nuestra visita ni a la familia ni a la policía.
—Madre de Dios, Harry —dijo suspirando el jefe Evans—. Qué putada.
—Sí, jefe —convino Harry Sweeney—. Muy grande.
El jefe Evans se restregó los ojos, se pellizcó el puente de la nariz, meneó otra vez la cabeza, suspiró de nuevo y dijo:
—Bueno, dime, ¿qué tienes, Harry?
Harry Sweeney abrió el bloc y leyó:
—Poco después de la una cero cero horas, el cuerpo mutilado y parcialmente desmembrado de Sadanori Shimoyama fue descubierto cerca de un puente de ferrocarril de la línea Jōban, en las inmediaciones de la estación de Ayase, al norte de Ueno. Empleados de los Ferrocarriles Nacionales identificaron el cadáver en torno a las tres cero cero gracias a un abono de tren, una tarjeta de visita y otros documentos hallados en el cuerpo. Directivos de la oficina central de los Ferrocarriles Nacionales confirmaron la identificación aproximadamente a las cuatro cero cero horas. La familia fue informada poco después. Las investigaciones preliminares indican que el cuerpo de Shimoyama había sido arrollado por un tren, aunque todavía no se ha determinado si esa fue la causa de la muerte. El cadáver ha sido trasladado a la Universidad de Tokio para su autopsia.
—¿Cuándo estarán los resultados?
Harry Sweeney cerró el bloc, se encogió de hombros y dijo:
—En algún momento de esta tarde, jefe. Con suerte.
El jefe Evans volvió a restregarse los ojos, se pellizcó otra vez el puente de la nariz y preguntó:
—Bueno, ¿qué opina usted, Harry?
Harry Sweeney se encogió nuevamente de hombros.
—No lo sé, jefe.
—Venga ya, Harry —dijo el jefe Evans, dando un manotazo en la mesa—. Vamos, usted ha estado allí, ha visto la escena del crimen y el cadáver. Dígame qué opina, por el amor de Dios. ¿Qué coño cree que pasó?
Harry Sweeney negó con la cabeza.
—Jefe, con el debido respeto, en su vida ha visto una escena del crimen más jodida ni alterada. Primero, el sitio estaba inundado porque caían chuzos de punta, y luego montones de botas lo pisaron yendo de un lado a otro. Trozos del hombre repartidos por la vía, la cara colgando… Un brazo aquí, un pie allá. Recogieron la ropa y la cambiaron de sitio. No quedó nada in situ. Se pasaron por el forro de los cojones todas las prácticas elementales. La última persona en llegar a la escena fue el puñetero forense…
—Pero usted estuvo allí, Harry.
—Sí, estuve allí.
—Pues venga, ¿qué opina? ¿Estaba ese hombre muerto o vivo cuando el tren lo atropelló?
Harry Sweeney volvió a negar con la cabeza, se encogió otra vez de hombros y dijo de nuevo:
—No lo sé, jefe. Pero si no fue un suicidio, quisieron que lo pareciera. Y si fue un montaje, lo han hecho muy bien.
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