»Vamos a terminar esto ya. Yo quiero sus sueños, pero no soy un salvaje como para arrancárselos y ver cómo su mente y su cuerpo se deshacen por el trauma. Podría incluso tomar más que eso si quisiera, pero no soy ambicioso. Lo haría si usted en verdad fuera grosero. Con los sueños creo que es suficiente. Si me los entrega, no sufrirá y no habrá más efectos secundarios que un reemplazo de las alucinaciones por un silencio intenso. Yo le ofrezco esto a cambio».
Kumo se rompe el andrajo con el que ocultaba su cuerpo. La piel ahí no está en mejor estado que la de la cara y los brazos. Es un campo de batalla, llena de cráteres, derrapones y quemaduras profundas. Es asquerosa. Y gris y marrón. Lazlo está petrificado. Kumo se clava las uñas en el pecho. Sangra amarillo. Se ve que le duele. Continúa. Mete la mano (raquítica, como de bruja) completa. Saca algo que gotea. Una figura. Parece impermeable porque en segundos está limpia. Lazlo siente que no puede respirar al verla. Porque es él. En pequeño. Idéntico. Ni siquiera se distingue por esa a veces mínima distancia entre los rasgos naturales de una persona y un muñeco. Parece hecho de piedra y madera, pintado para que la piel fuera piel. Abre la boca. Lazlo también. Mira hacia las luces del camión. No se acercan. Kumo le avienta su versión miniatura. Lazlo la esquiva apenas. Choca contra el suelo y se rompe. Se deshace en cucarachas y escarabajos que corren a esconderse entre las grietas y el pasto de la banqueta. Kumo se enfurece. Abre la boca. Un par de dientes se le caen. Se escucha como la estática de la televisión. Toma a Lazlo del cuello y lo lleva hacia la grieta que dijo era su casa. Entran juntos. Sus formas se deshacen en la obscuridad.
El camión llega. Kumo sube. Se sienta hasta atrás. Lazlo lo mira desde la fisura en el techo. Derrama la última lágrima que creará jamás. No puede acostumbrarse a ese otro cuerpo. A esa nueva vida de tinieblas.
LA NOCHE Y EL HASTÍO
0.
Todo fue un secreto. Nos invitaron con un mensaje. Sabían que nos encantan los secretos, nos encantan. La recibieron los mejores. Los más atractivos, las más atléticas, les más. O sea, nosotros. ¿Quiénes más? ¿Quiénes? No dudamos en ir. Porque se nos estaba dando nuestro lugar como los mejores, los urdaks. Y nos emocionó más porque durante la Sequía todo estaba prohibido. Hasta la diversión; las fiestas. Y nosotros ya estábamos hartos. Hartas. Hartis. Ya. Necesitábamos fiesta, vida. Queríamos vivir. Era eso nada más.
1.
Poco a poco, regresamos a nuestro estado natural. Otra vez, fuimos los más inteligentes, las más fuertes. Dormíamos mejor, nuestros sueños de belleza eran de belleza realmente. Y sonreíamos más. Nuestros padres nos preguntaban qué había pasado, qué pasaba que éramos nosotros de nuevo. No les dijimos. Obviamente. No les dijimos. Qué les importaba a los viejos aguados y secos. Respondíamos que, si no había forma de combatir la Sequía, al menos podíamos disfrutar de los días sin trabajar y estudiar y levantarse tarde. Más pretextos. Nunca les hablamos sobre nuestros verdaderos planes. No queríamos que nos castigaran por desobedecer. Nos hacía ver mal frente a todos. Y dolía. Para qué.
2.
El primer mensaje decía poco, pero las mejores fiestas son las que tienen las invitaciones más secretas y raras. Decía solo el día (el 12 de octobahr) y lugar (los límites de los plantíos secos y muertos, un lugar perfecto para nosotras). Un par de días después llegó otro mensaje. Decía la hora: medianoche en punto. Luego otro con la vestimenta: sin ropa. Y uno final con una información rara, pero las fiestas más intensas son las más raras: teníamos que llevar cuchillos.
3.
Casi nos descubren varias veces. Sospecharon no solo los adultos, sino los otros que no fueron invitados: los feos, que nadie quería ni deseaba para aparearse. Nos envidiaron siempre, pero más en esos momentos en que éramos soles, tan radiantes, tan vives. Y eso que algunos eran nuestros amigos. Tuvimos que dejar de hablarles a varios para que no pusieran en peligro nuestra expedición. De todos modos les hablábamos un poco por lástima. Pobres. Pobres feos. Y la posdata en todos los mensajes era clara: si alguien nos seguía, se enteraba o lograba intuir los planes que se nos habían entregado, la fiesta se cancelaba.
4.
Y llegó la fecha. Esperamos a que nuestros padres durmieran. Arrancamos en nuestros coches con estruendo, sonó como el fuego que empezó con la Sequía. No miramos hacia atrás. No nos importaba regresar porque íbamos hacia donde pertenecíamos.
5.
Esa mañana, al despertar, encontramos cigarros de bartok debajo de nuestras almohadas. Nos dieron un poco de miedo. Algunos, al principio, no supimos qué eran. Ya desde antes de la Sequía la droga era muy escasa. Muy de niños nos tocó presenciar alguna ceremonia de fertilidad o muerte en donde el sacerdote consumía bartok. Solo los más grandes los reconocieron de inmediato por el color y la extraña vibración que emitían si se les sostenía por mucho tiempo. Los fumamos en la carretera. La noche cambió de color. El aire nos habló. Nos dijo cosas que no podemos repetir. Y nos sentíamos muertas y a punto de nacer. Reímos hasta que nos dolió el estómago.
6.
Nos cansamos. Sudamos. Muchea de nosotros nunca habíamos llegado tan lejos en los campos. Solo los adultos cultivaban ahí, y entendimos por qué: el suelo era duro, difícil de labrar, incómodo. Feo, lleno de accidentes: zanjas, lomas y fisuras. Desenfundamos los cuchillos. Los efectos del bartok se hicieron más potentes, como si el polvo del suelo que entraba a nuestras narices tuviera algo que ver. Seres nos seguían. Bailaban.
7.
Llegamos a la medianoche en punto. Fumamos lo que quedaba de bartok y nos sentimos bien. Calmó nuestros nervios y elevó el calor de nuestros cuerpos. Bailamos sin
más música que nuestros jadeos.
8.
La tierra vibró cuando aparecieron unos encapuchados. Formaron un círculo alrededor de nosotros. Casi nos dan miedo, pero pusieron música. Era buena. Quién sabe de dónde salía, pero nos gustó mucho. Se juntó con los efectos de la droga. Enterramos los cuchillos en el suelo infértil y nos abandonamos a la fiesta.
9.
Era un estruendo. Unos se convulsionaban en el piso; los entendíamos. La carne nos sobraba.
10.
El lugar dejaba de estar seco y muerto. Estábamos vivos, por fin. Éramos nosotros. Plenos. Ya lo queríamos. Comimos tierra y nos supo deliciosa. Un pensamiento nos atacó: nuestros padres estarían orgullosos.
11.
Sentimos un último impulso: tomamos nuestras armas. Mordimos sus filos. Nos apuñalamos, tasajeamos y cortamos entre nosotros, pero de nuestros cuerpos no salió sangre.
12.
Caímos y, al tocar el suelo, de nuestras heridas nació vida. Hojas, enredaderas, flores. Troncos. Pronto no solo fueron las heridas hechas por los cuchillos. Nuestras pieles suaves y perfectas se endurecieron: ramas, como nuevos brazos, salieron de ellas. Nuestros ojos brillantes se volvieron los frutos que desde hacía tiempo dejaron de crecer en los valles. Por fin entendimos nuestro destino y quisimos escapar. Fue imposible: la música continuó sonando y nuestras raíces, creciendo.
Los encapuchados se descubrieron: eran nuestros padres.
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