Enrique Urbina - Nadie encontrará mis huesos

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"La escritura de Enrique Urbina abreva de la estéticay la agilidad visual del cine y los videojuegos más estrambóticos para situarse en los bordes de lo extraño,lo fantástico sobrenatural y la ecoficción incisiva que apuesta por la exploración de los instintos en un roce sutil con lo perverso; un acto performático de intervención y transformación de los cuerpos, sustituyéndolos por híbridos escultóricos acompañados de umbrales dimensionales y paisajes que nos mesmerizan para recorrer un reino oscuro y escabroso pleno de visiones que quebrantan toda belleza convencional". | Iliana Vargas
"Imaginen a Rumpelstiltskin, Caperucita Roja, Hanzely Gretel, y las sirenas de Homero habitando escenarios urbanos y post-apocalípticos. Urbina recoge arquetipos primigenios, leyendas folk y cuentos de los hermanos Grimm y los convierte en tragedias weird. A sus antihéroes no les horroriza el talante sobrenatural del mundo que habitan, sino la implacabilidad de sus destinos. Esto convierte a Nadie encontrará mis huesos en un claro ejemplo de pulp existencial". | Hilario Peña

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Despertó. Jonás la cargaba sobre un hombro y arrastraba a Miguel por el suelo. Ella estaba muy débil, aún intoxicada. Todo era oscuridad hasta que pasaron junto a una luz. Estaban dentro de la casa de Jonás; el cuarto era el que siempre vio con la luz encendida. Una lámpara enorme lo iluminaba. En el suelo había cuerpos de lo que parecían mujeres. Dos se veían más frescos que los demás. Todos estaban cubiertos por setas de diferentes tipos. No pudo

observar más detalles porque Jonás los siguió arrastrando hasta llegar a unas escaleras que bajaban. Notó que Leda estaba despierta.

—Mucho gusto —dijo Jonás. Su voz era una cloaca—Al fin te puedo tocar. La otra vez casi pude hacerlo, pero mi niño aún no había preparado sus cuerpos lo suficiente. Seguían fuertes como para estar de pie.

Leda intentó hablar, pero no pudo. Su cuerpo le hormigueaba. Jonás bajó con la pareja.

—No puedo creer mi suerte. Llegaron en el momento justo. Me quedaban solo tres raciones. Me escucharon trabajar con ellas, ¿no?

Las escaleras terminaron. Jonás soltó a Miguel y prendió unas velas. El lugar era pura tierra húmeda. Dejó a Leda con cuidado cerca de Miguel. Escuchó que Jonás escarbaba en el suelo detrás de ella. Después caminó hacia Miguel, se agachó y le metió un puñado de tierra en la boca. Miguel cambió de color. Las manchas negras cubrieron su piel por completo.

—Con esto ya no se va a mover mientras trabajo contigo —dijo mientras le metía tierra ahora por los oídos—. Tengo que aceptar que él me ayudó a que vinieran. Casi te trae, ¿te diste cuenta? No sabía qué efecto tendría mi niño con dos personas. Con un hombre, sobre todo. No llevo tanto tiempo en esto, aunque no lo parezca.

Jonás la cargó hacia un extremo del lugar. Ahí había un pozo, no era profundo; contenía un líquido negro, como brea, como el hongo. Jonás se metió con ella.

—Voy a tener resultados increíbles contigo —le susurró y la besó y la lamió.

Y comenzó su trabajo. Entonces los sentidos de Leda despertaron. Empezó a gritar. Como todas las anteriores. Como todas las que vendrían.

LAS BUENAS COSTUMBRES

Lazlo camina hacia la parada del camión que lo lleva a su casa. Atraviesa un túnel: su techo tiene estatuillas e imágenes cuyos detalles no se alcanzan a distinguir. Algunos se mueven con las luces de los autos. Por eso dicen que el túnel está embrujado. Otros aseguran que las pusieron cuando remodelaron la ciudad. Quién sabe. A nadie le gusta pasar por ahí, pero es necesario. Lazlo se persigna siempre antes de entrar, y le es suficiente para sentirse seguro.

Por lo general hay más gente; pero esa noche algo pasó. Lazlo espera solo, nervioso por la obscuridad y el silencio. Quisiera irse con sus amigos de la oficina. A sus pueblos. Acompañarlos y acompañarse en esas horas de cansancio y delirios que siguen al pasajero en la carretera a velocidades imposibles.

Es tarde. El camión no llega. Lazlo no tiene que ver el reloj para comprobarlo. Lo sabe. Casi salta y grita cuando escucha pasos y una respiración enferma a su espalda. Los pasos se arrastran y crujen. Piensa en una prótesis, pero no comprueba qué es. El ritmo no es placentero. Ni habitual. Aprieta su portafolios. No se anima a mirar de frente a la silueta que se detiene junto a él.

El desconocido se queja. Gime. Le cuesta respirar. Luego tose. El aliento le huele a tierra mojada. Es muy incómodo. Inusual. Termina el ataque de tos con una risa que suena a lodo yéndose por una coladera. Después continúa con el lastimoso ruido de su respiración. Le agrega algo más. Unos estertores. ¿Se estará ahogando? Lo mira apenas. Usa ropa vieja. Mojada. El desconocido toca a Lazlo. Como si fuera un niño, le pica las costillas. Lazlo se aparta, grita unas maldiciones, e intenta verse más grande y fuerte para lo que venga. Aunque no es suficiente. No está preparado para lo que está frente a él. Y lo inminente pasa: el desconocido le habla.

—Me llamo Kumo.

Lazlo quiere irse pero ve las luces del camión que ya se acercan por la avenida. Vienen lejos. Kumo lo toca de nuevo. Le aprieta el brazo y da una exhalación que parece éxtasis sexual. Lazlo lo mira sin verlo. Su rostro está quemado. No tiene nariz ni labios, solo hoyos. La piel parece cartón mojado; toda es una cicatriz. Los ojos son amarillos. Uno, más bien. El otro figura un huevo cocido: sin pupila, sin iris. Carne blanca. Lazlo mira hacia la calle y el camión sigue acercándose. Ya debería estar aquí. Viene muy lento. Ni modo. Pedirá un taxi aunque le salga carísimo. Quiere buscarlo, pero Kumo lo agarra de la ropa. Lo jala.

—Perdóneme. Por favor no huya de mí. Sé que mi apariencia física puede ser impresionante, pero créame que solo es una cáscara. No soy tan terrible como me veo. Soy bueno. Y quiero demostrárselo.

»Soy, digamos, su vecino. Vivo cerca. Por ahí, donde el túnel tiene esa grieta. Hay otra entrada; claro que no quepo por ahí. No se la enseño porque, creo, usted no tiene ningún interés en visitar mi hogar, ¿cierto? Aunque si así lo fuera, sería un honor para mí. Si quiere visitarme, avíseme para que le susurre las palabras con las que podrá abrir la puerta. Es por seguridad, no por otra cosa. No estoy en nada turbio. Yo, de hecho, me acerco a usted para hacer cosas buenas. Muy buenas. Quiero ofrecerle algo que, seguramente, le parecerá fantástico, pero no lo es. O puede que sí lo sea para personas como usted y como cualquiera, con una vida tranquila y, supongo, feliz, como debería ser… Bueno, yo quiero proponerle una cosa: un intercambio. Desde mi casa percibí que usted tiene algo muy valioso. Claro que no lo supe en este instante. Tuve que descubrirlo. Encontrarlo en usted. Lo hice gracias a que lo observé durante muchas noches. Mire, desde esa grieta que casi llega al techo, ahí me asomaba. Si usted hubiera volteado, tal vez me habría visto. Al menos, mis ojos.

»Espere, por favor. No se vaya, ya casi llega su transporte. ¿No ve las luces que se acercan? Créame que ya están por llegar. Falta poco. Escuche; es por su bien. No quiero hacerle daño y lo tendré que lastimar si intenta largarse de nuevo. Es una falta de educación que me deje hablando solo.

»Bien. Qué bueno que ya entendió. Ahora sí. Yo vi que usted tiene unos sueños muy buenos. Y los quiero. Yo no puedo soñar. Es de nacimiento. Pasa que, cuando voy a dormir, me quito los ojos porque no puedo cerrarlos y se hace mi noche y ya. Deje su maleta en el piso. Míreme a los ojos. Déjela. Ahí. Sí. Bien. Entonces le decía que no tengo sueños. Y quiero tenerlos. Los de usted se ven deliciosos.

»Leo muy bien los labios. Desde mi hogar he visto a tantas personas hablando que ya puedo saber lo que dicen sin escucharlas. Y sé qué acaba de decir. Lo hubiera enunciado en voz alta; no me habría ofendido. Francamente, me parece más una ofensa lo que está pensando, eso de querer irse y dejarme hablando solo, pero se la perdonaré por las intempestivas circunstancias en las que nos encontramos. Y déjeme decirle que no solo puedo ver las cosas que sueña aunque no esté dormido; también las puedo oler y sentir. Los sueños se están creando todo el tiempo. Cuando duerme, toman forma, pero antes de eso ya existen. Los veo puros, yo. Crudos, mejor. Sí, crudos. No ponga esa cara. Los humanos no tienen los sentidos desarrollados como los míos. Pero de lo que carecen en un área les sobra en otra. Como los sueños. Y yo ya no quiero ese silencio que cae cuando me deshago de mis ojos. Quiero otra vida. Otro cuerpo, en el mejor de los casos, pero no todo se puede. Quiero otras tribulaciones más que conseguir la carne y los insectos y el pasto para mantenernos firmes a mí y a mi casa ante nuestros siglos de edad.

»Ya casi llega el camión. No desespere. Míreme a mí y solo a mí. Sea paciente. ¿Que no se acercan las luces? Tal vez viene lento. La niebla a veces es tan densa que empasta las máquinas que ustedes usan para transportarse. Si no fuera tan impaciente, tan maleducado, yo ya hubiera terminado de hablar.

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