–Al caso Cahorn –dijo Ganimard sin rodeos.
–¡Espera! Dame un segundo... tengo tantos asuntos pendientes. Déjame primero traer a mi memoria el expediente del caso Cahorn... ¡Oh, sí! Listo. Caso Cahorn, castillo de Malaquis, Sena inferior... dos Rubens, un Watteau y algunos objetos menudos.
–¿Menudos?
–¡Oh, desde luego! Todo es de un valor mediocre. Hay cosas mejores. Pero es suficiente como para que el caso interese... Habla, pues, Ganimard.
–¿Necesito explicarte en qué punto estamos de las investigaciones?
–No hace falta, ya leí los periódicos de la mañana. Por lo demás, me tomaré la libertad de decirte que no avanzan con suficiente rapidez.
–Justo por eso apelo a tu gentileza.
–Estoy completamente a tus órdenes.
–Lo primero que quiero saber es si este caso es obra tuya.
–De cabo a rabo.
–¿Y la carta de amenaza? ¿Y el telegrama?
–Son de tu servidor. Incluso debo tener los recibos del envío por aquí en alguna parte.
Arsène abrió el cajón de una pequeña mesa de madera blanca que constituía, con la cama y el banquillo, todo el mobiliario de la celda, y sacó dos trozos de papel que tendió a Ganimard.
–¡Ah, caray! –exclamó este último–. Yo creía que no te quitaban la vista de encima y que te registraban por todo. Y resulta que lees los periódicos y coleccionas recibos.
–¡Bah! ¡Estas personas son tan tontas! Descosen el dobladillo de mi saco, examinan las suelas de mis zapatos, investigan las paredes de esta celda, pero a ninguno se le ocurre que Arsène Lupin pudiera tener un escondrijo tan inocente. Claro que contaba con eso.
Ganimard, divertido, exclamó:
–¡Vaya contigo! Me desconciertas. Vamos, cuéntame la aventura.
–¡Oh, no! ¿Qué te pasa? Quieres que te inicie en todos mis secretos, que te revele mis pequeños trucos. Eso es grave.
–¿Me equivoqué al contar con tu amabilidad entonces?
–No, Ganimard, pero ya que insistes...
Arsène Lupin recorrió dos o tres veces el lugar y entonces se detuvo:
–¿Qué opinas de mi carta al barón?
–Me parece que querías divertirte y, como siempre, escandalizar al público.
–¿Escandalizar al público? La verdad, Ganimard, te creía más informado. ¿Acaso yo, Arsène Lupin, pierdo el tiempo en esas niñerías? ¿Para qué escribiría esa carta si podía desvalijar al barón sin avisarle? Entiendan, tú y los demás, que la carta es el inicio indispensable, el recurso que puso en marcha toda la maquinaria. Mira, vamos en orden, y repasemos juntos si quieres el robo del Malaquis.
–Te escucho.
–Bueno. Tomemos un castillo perfectamente cerrado, atrancado, como el del barón Cahorn. ¿Voy a abandonar la partida y a renunciar a los tesoros que codicio solo porque el castillo que los resguarda es inaccesible?
–Evidentemente que no.
–¿Voy a tratar de asaltarlo, como en otros tiempos, a la cabeza de una banda de aventureros?
–Sería infantil.
–¿Voy a colarme con disimulo?
–Imposible.
–En mi opinión, el único medio que queda es hacerme invitar por el dueño de dicho castillo.
–Es un recurso original.
–¡Y muy fácil! Supongamos que un día, dicho propietario recibe una carta en la que se le advierte de lo que trama en su contra un conocido ladrón. ¿Qué va a hacer?
–Le enviará la carta al procurador.
–Que se burlará de él, porque el sujeto Lupin está tras las rejas. Por lo tanto, el buen hombre pierde la brújula y está listo para pedir ayuda al primero que se le aparezca. ¿No es así?
–Sin ninguna duda.
–Y si por casualidad llega a leer en un periodicucho que un famoso policía está de vacaciones en una localidad vecina...
–Se dirigirá a ese policía.
–Tú lo has dicho. Pero, por otro lado, admitamos que anticipando esta gestión inevitable, Arsène Lupin le rogó a uno de sus amigos más capaces que se instalara en Caudebec, que entrara en tratos con un redactor de Le Réveil, el diario al que está suscrito el barón y que le revelara que él es el famoso policía. ¿Qué sucedería entonces?
–El redactor publicará en Le Réveil la noticia de la visita de dicho policía.
–¡Perfecto! Y una de dos: o el pez (me refiero a Cahorn) no pica y no pasa nada, o bien, y esta es la hipótesis más verosímil, corre excitado tras el anzuelo. Y he aquí a mi buen Cahorn suplicándole a uno de mis amigos que lo ayude en mi contra.
–A cada momento es más original.
–Por supuesto, el falso policía niega al principio su ayuda. En ese punto llega el telegrama de Arsène Lupin. El barón se asusta y suplica de nuevo a mi amigo y le ofrece un pago por vigilar su seguridad. Mi amigo acepta y lleva a dos compinches de nuestra banda. Y así, durante la noche, mientras Cahorn es vigilado por su protector, pasan por la ventana cierto número de objetos y los deslizan por medio de cuerdas en una pequeña embarcación rentada a propósito. Tan sencillo como Lupin.
–¡Simplemente maravilloso! –exclamó Ganimard–. No exagero si elogio la audacia de la idea y el ingenio de los detalles. Pero no me imagino a un policía tan famoso como para que su nombre haya podido atraer y sugestionar al barón hasta ese grado.
–Claro que hay uno y solo uno.
–¿Quién?
–El más célebre, el enemigo personal de Arsène Lupin, el inspector Ganimard.
–¡Yo mismo!
–Tú mismo, Ganimard. Y fíjate en este detalle genial: si te presentas y el barón se decide a confesar, descubrirás que tu deber es detenerte, así como me detuviste en Estados Unidos. ¿Qué tal? Es una revancha de comedia: hago que Ganimard detenga a Ganimard.
Arsène Lupin se rio de buena gana. El inspector, ofendido, se mordía los labios. No le parecía que la broma ameritara esa explosión de alegría.
La llegada de un guardia le concedió un respiro para recuperarse. Traía la comida que Arsène Lupin, por un favor especial, mandaba pedir a un restaurante cercano. Puso el plato sobre la mesa y se retiró. Arsène se acomodó, partió el pan y dio dos o tres mordidas.
–Pero no te inquietes, querido Ganimard, no irás a la cárcel. Te voy a revelar algo que te sorprenderá: el caso Cahorn está a punto de cerrarse.
–¿Cómo?
–Lo que te digo: están a punto de dar carpetazo.
–¡No te creo! Vengo de estar con el jefe de la Seguridad.
–¿Y qué? ¿Acaso monsieur Dudouis sabe más que yo de mis asuntos? Sabrás que Ganimard, perdón, el seudo Ganimard quedó en muy buenos términos con el barón. Y este es el motivo fundamental de que no haya confesado nada, porque le encargó la delicada misión de negociar un trato conmigo. Para este momento, es probable que a cambio de cierta suma el barón haya recuperado la posesión de sus amadas pertenencias. Y al tenerlas de nuevo, va a retirar su denuncia. Ya no hay robo. Lo que sigue es que las autoridades se retiren...
Ganimard examinó al preso con gesto de estupefacción.
–¿Y cómo sabes todo eso?
–Acabo de recibir el telegrama que esperaba.
–¿Acabas de recibir un telegrama?
–En este instante, amigo mío. Por cortesía, no quise leerlo en tu presencia, pero si me lo autorizas...
–¡Te burlas de mí, Lupin!
–Hazme el favor de romper con cuidado el cascarón de este huevo. Así constatarás tú mismo que no me burlo.
Maquinalmente, Ganimard obedeció, rompió el huevo con la hoja de un cuchillo y enseguida dejó escapar una exclamación de sorpresa. Era el puro cascarón y contenía un papel azul, que el inspector desdobló a petición de Arsène. Era un telegrama o, más bien, un trozo de telegrama al que habían arrancado las señas postales. Leyó:
Acuerdo concluido. Cien mil balas diparadas. Todo en orden.
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