Derek J. Morris - Las radicales enseñanzas de Jesús
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Una mujer piadosa llamada Marta, hermana de María y de Lázaro, dio su testimonio acerca de Jesús. Marta y sus hermanos eran amigos cercanos de Jesús. Lo conocían bien, y lo amaban. Mientras hablaba con Jesús al lado de la tumba de su hermano Lázaro, Marta declaró: “Yo he creído que tú eres el Cristo, el Hijo de Dios, que has venido al mundo” (Juan 11:27).
Hasta los escépticos experimentaron un cambio decisivo en sus vidas cuando tuvieron un encuentro personal con Jesús. Cuando Felipe, amigo de Natanael, dijo que había encontrado al Mesías, un maestro de Nazaret, Natanael preguntó: “¿De Nazaret puede salir algo de bueno?” (Juan 1:46). Pero, cuando Natanael se encontró cara a cara con Jesús, se convenció de que no era un hombre común; tampoco un lunático o un engañador malicioso. Este es el testimonio de Natanael: “Rabí, tú eres el Hijo de Dios; tú eres el Rey de Israel” (Juan 1:49).
Tomás era otro escéptico que llegó a ser discípulo de Jesús. Después de la resurrección de Cristo, Tomás se esforzó por creer que realmente había resucitado de los muertos. Cuando finalmente se encontró con Cristo resucitado, lo vio con sus propios ojos y lo tocó con sus propias manos, exclamó: “¡Señor mío y Dios mío!” (Juan 20:28).
Quizá te hayas dado cuenta de que todas las declaraciones radicales de Jesús sobre sí mismo citadas anteriormente y todos los testimonios citados sobre Jesús provienen del evangelio de Juan. Uno de los primeros discípulos de Jesús, Juan, hijo de Zebedeo, escribió su Evangelio con el propósito específico de convencer a las personas acerca de quién era Jesús. Proclamó, casi al final de su libro: “Hizo además Jesús muchas otras señales en presencia de sus discípulos, las cuales no están escritas en este libro. Pero éstas se han escrito para que creáis que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios , y para que creyendo, tengáis vida en su nombre” (Juan 20:30, énfasis añadido).
Autenticidad del testimonio de Juan
El Evangelio de Juan proporciona una descripción tan sofisticada de Jesús que muchos eruditos liberales cuestionan su autenticidad. Sugieren que el Evangelio de Juan debió de haber evolucionado en el lapso de un siglo o más, y proponen que fue escrito a fines del segundo siglo después de Cristo, mucho después de la muerte de Juan. Proponen que el Evangelio de Juan puede contener algunos pocos trozos de tradición verdadera, pero que en su forma presente no es un testimonio auténtico del discípulo “a quien amaba Jesús” (Juan 21:20).
Sin embargo, un descubrimiento arqueológico producido durante el siglo XX proporciona evidencia que reafirma el final del primer siglo como fecha de escritura de este Evangelio, apoyando así la autenticidad del libro como obra del apóstol Juan en su ancianidad. En 1920, una colección de papiros comprados en Egipto fue llevada a la Biblioteca John Rylands en Inglaterra. Los eruditos tradujeron y publicaron por primera vez un fragmento de la colección de papiros en 1935. Se conoció como el Papiro Rylands 457 o P52. Los paleógrafos –eruditos que se especializan en poner fecha a documentos basándose en los estilos de escritura– estaban conmocionados al datar este papiro antiguo aproximadamente a principios del segundo siglo, quizá cerca del año 125 d.C. En este papiro había una porción del Evangelio de Juan. Ya publicado en forma de códice –parecido a un libro moderno con páginas–, en lugar de un rollo convencional, la evidencia señalaba claramente una fecha de finales del primer siglo, como fecha de escritura de este evangelio, tal y como habían creído por siglos los cristianos. Estoy convencido de que Dios dirigió el descubrimiento de este papiro antiguo para fortalecer la fe de los cristianos y para afirmar la autenticidad del testimonio de Juan.
Quizá te estás preguntando qué estaba escrito en ese trozo de papiro. Eran porciones de Juan 18:31 al 33 en un lado, y partes de Juan 18:37 y 38 del otro lado. “Entonces les dijo Pilato: Tomadle vosotros y juzgadle según vuestra ley. Los judíos le dijeron: A nosotros no nos está permitido dar muerte a nadie; para que se cumpliese la palabra que Jesús había dicho, dando a entender de qué muerte iba a morir. Entonces Pilato volvió a entrar en el pretorio, y llamó a Jesús y le dijo: ¿Eres tú el Rey de los judíos? (Juan 18:31-33).
En el anverso del fragmento, encontramos porciones adicionales de la conversación entre Pilato y Jesús: “Le dijo entonces Pilato: ¿Luego, eres tú rey? Respondió Jesús: Tú dices que yo soy rey. Yo para esto he nacido, y para esto he venido al mundo, para dar testimonio a la verdad. Todo aquel que es de la verdad, oye mi voz. Le dijo Pilato: ¿Qué es la verdad? (vers. 37, 38).
“¡Todo aquel que es de la verdad, oye mi voz!” Todos tenemos el poder de elegir a quién vamos a escuchar. Estamos constantemente rodeados por distracciones y falsificaciones; forma parte de la gran lucha entre el bien y el mal. Pero, ¡Dios ha provisto evidencia convincente de que los testimonios sobre Jesús son confiables, y que sus declaraciones radicales sobre sí mismo son verdaderas!
El testimonio de Saulo
Uno de los testimonios más convincentes sobre la verdad acerca de Jesús proviene de Saulo de Tarso; en su momento, un feroz y despiadado enemigo de Jesús y de sus seguidores, en la iglesia primitiva. Saulo, luego llamado Pablo, dijo al rey judío Agripa: “Yo ciertamente había creído mi deber hacer muchas cosas contra el nombre de Jesús de Nazaret; lo cual también hice en Jerusalén. Yo encerré en cárceles a muchos de los santos, habiendo recibido poderes de los principales sacerdotes; y cuando los mataron, yo di mi voto. Y muchas veces, castigándolos en todas las sinagogas, los forcé a blasfemar; y enfurecido sobremanera contra ellos, los perseguí hasta en las ciudades extranjeras” (Hech. 26:9-11).
Saulo había sido testigo del apedreamiento de Esteban, uno de los seguidores de Jesús. La ejecución se grabó de manera indeleble en su memoria. Las convicciones generadas por la muerte del primer mártir cristiano lo acompañarían para siempre. Esteban había dado un testimonio poderoso sobre Jesucristo ante el Sanedrín, el Concejo de Gobierno de los judíos. El autor del libro de Hechos declara que, “oyendo estas cosas, se enfurecían en sus corazones, y crujían los dientes contra él. Pero Esteban, lleno del Espíritu Santo, puestos los ojos en el cielo, vio la gloria de Dios, y a Jesús que estaba a la diestra de Dios, y dijo: He aquí, veo los cielos abiertos, y al Hijo del Hombre que está a la diestra de Dios. Entonces ellos, dando grandes voces, se taparon los oídos, y arremetieron a una contra él. Y echándole fuera de la ciudad, le apedrearon; y los testigos pusieron sus ropas a los pies de un joven que se llamaba Saulo. Y apedreaban a Esteban, mientras él invocaba y decía: Señor Jesús, recibe mi espíritu. Y puesto de rodillas, clamó a gran voz: Señor, no les tomes en cuenta este pecado. Y habiendo dicho esto, durmió” (Hech. 7:54-60).
Poco después de esto, Saulo iba en camino a Damasco, con autorización del sumo sacerdote de Jerusalén. Su intención era arrestar a cualquier seguidor de Jesús que encontrara allí, y llevarlo en cadenas de regreso a Jerusalén. Pero Dios tenía otros planes. “Mas yendo por el camino, aconteció que al llegar cerca de Damasco, repentinamente le rodeó un resplandor de luz del cielo; y cayendo en tierra, oyó una voz que le decía: Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues? El dijo: ¿Quién eres, Señor? Y le dijo: Yo soy Jesús, a quien tú persigues; dura cosa te es dar coces contra el aguijón” (Hech. 9:3-5).
Este encuentro con el Cristo resucitado cambió el curso de su vida. Saulo, el perseguidor, se convirtió en Pablo, el devoto seguidor de Jesús. Comenzó a declarar enérgicamente que Jesús era el Cristo, el Hijo de Dios. Sanó a los enfermos y echó fuera demonios en el nombre de Jesús, tal y como los demás apóstoles. Con gozó miró hacia el futuro, hacia “[…] la esperanza bienaventurada y la manifestación gloriosa de nuestro gran Dios y Salvador Jesucristo” (Tito 2:13).
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