Walter Cortez - Histeria

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Si existe una situación anómala que pueda llevar a la mente humana al borde de la histeria, es enfrentarse a lo desconocido. A ese tipo de sucesos que no podemos encontrarles una explicación porque no cuadran en ningún razonamiento lógico. Preguntándonos siempre si lo que nuestros ojos ven es real o solo somos víctimas de nuestra imaginación.
A través de 13 escalofriantes historias, alguna basadas en la propia experiencia, veremos a sus protagonistas enfrentarse a horrores desconocidos, a situaciones increíbles llevadas a cabo por seres sobrenaturales y en otras, veremos lo lejos que puede llegar la mente y la malicia humana para perpetrar los más horribles actos que superan las más exageradas fantasías.

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Luego de unas pocas jornadas comencé a despertar de nuevo a mitad de la noche, pero esta vez era por ruidos fuertes en el pasillo. A veces no tenía el más mínimo interés en averiguar qué era, pero no podía quedarme inmutado en la cama, debía levantarme para investigar. No encontraba nada, pero mi mente me decía que había algo raro al final del pasillo, quizás en el baño, pero nunca fui a averiguar, no sé si por miedo o porque ya estaba harto de esa vetusta casa del demonio donde ni siquiera podía descansar, no faltaba mucho para que mi paciencia se agotara.

Una semana más tarde, creo que fue un sábado a la madrugada, me despertó un fuerte ruido de una puerta que se cerraba. De un sobresalto, me senté en la cama y prendí la luz enseguida, entonces vi pasar una pequeña figura oscura caminando por el pasillo. Pensé que era un niño travieso que se metió a husmear en mi casa. Me levanté, salí al corredor y miré en dirección a donde el invasor se había marchado. Era hacia el baño de la casa, vi cómo daba otro portazo. Le grité que ya lo había visto, que saliera enseguida de allí, pero no obtuve respuesta. Me acerqué lentamente hasta la puerta y volví a advertirle que saliera, que no haría nada contra él, pero seguía sin responder; amenacé con llamar a la policía pero aún así jamás obtuve una respuesta. Vi que el picaporte de la puerta se movió y esta se abrió lentamente frente a mí, comencé a sentir escalofríos.

Para sorpresa mía, el baño se encontraba vacío, encendí la luz y entré con cautela, cuidándome de no ser emboscado desde atrás de la puerta, revisé con la vista todo el habitáculo, pero no encontré nada. De pronto escuché un golpe muy fuerte en la puerta de la habitación que estaba al lado, donde estaba el antiguo armario. Salí al pasillo y escuché que allí dentro algo estaba vibrando o temblando ferozmente, luego la puerta se abrió por su propia voluntad (o por la voluntad de algo o alguien que yo no podía ver). Sorprendido y atemorizado di un paso hacia atrás, solo por instinto, y al final de la oscura habitación podía ver claramente el ropero que se sacudía con increíble violencia. Estaba paralizado del miedo, en su espejo ovoide podía verme reflejado, y a mi lado, la figura de un niño, totalmente opaca. Bajé mi cabeza para verlo directamente y esperar que solo sea un mal reflejo, pero no había nada. En ese momento, el viejo mueble dejó de sacudirse y la puerta central comenzó a abrirse lentamente. En su interior había alguien de baja estatura, de largo cabello ondulado pero maltrecho, y cuando terminó de abrirse sentí un espanto que sacudió todo mi ser: ¡Era mi hija, Emilia! Vestía un vestido blanco, muy arruinado y manchado de rojo; su carita era igual que en mis sueños, toda hinchada y golpeada, cubierta de sangre, sus ojos entreabiertos de un negro profundo. Grité aterrado mientras su cuerpo se desplomaba en el piso, luego levantó su cabeza y comenzó a arrastrarse hacia mí. Corrí desesperadamente fuera de la casa, me subí a mi auto y conduje como loco fuera de la ciudad camino a mi pueblo natal, recordando a cada minuto las palabras de mi esposa diciéndome que los sueños son premoniciones. Manejé toda la noche y toda la mañana sin descanso, solo me detuve una vez para cargar combustible. En mi mente estaban frescas las imágenes de aquel horror y en mi aterrado corazón solo existía el deseo de llegar a mi casa y ver a mi querida hija.

Cuando por fin llegué, caí arrodillado aferrándome a la reja del patio de mi casa, comencé a llorar cuando vi por la ventana a Emilia jugar en la mesa del comedor. Me sentía tan aliviado al saber que estaba bien y que había dejado todos esos horrores atrás. Le conté todo con lujo de detalles a Carla que no podía creer lo que me sucedió, supongo que para alguien que no vivió una experiencia similar es difícil imaginar el miedo que se siente. Más tarde ese día, me llamaron los CEO de la empresa eléctrica pidiéndome explicaciones de por qué no había estado en la obra, y les contesté que me disculpen y que buscaran otro ingeniero, y si tenían que tomar medidas legales, que lo hagan, pero que yo no volvería.

Unos días más tarde llamó la dueña de la casa pidiéndome que regularizara el alquiler. Le dije que tomara como pago mis pertenencias que dejé olvidadas en el apuro de salir y que se olvidara de mí, que jamás, bajo ninguna circunstancia, volvería a poner un pie en esa maldita casa de adobe.

Solo una broma

—¿Estás bien? —preguntó Yésica mientras se acercaba a Javier, quien estaba sentado solo en el patio de la casa, fumando. Minutos antes, su grupo de amigos le jugó una pesada broma al hacerlo asustar con un disfraz de un conocido personaje de películas de terror. Por algún motivo, Javier se molestó en exceso y salió de la casa.

—No, no estoy bien —respondió dando un suspiro —. No me gustan las bromas de ese estilo.

—¿Quieres contarme? ¿Por qué te molestan tanto? —preguntó de nuevo mientras se sentaba al lado de su amigo y lo rodeaba con su brazo para reconfortarlo.

—Está bien, quizás así puedas entenderme. —Javier le dio una pitada a su cigarrillo y se propuso darle una explicación a Yésica.

—Cuando era niño, creo que tenía alrededor de cinco años, mi familia y yo vivíamos en Rosario. Éramos cuatro: mi papá, mi mamá, mi hermano mayor Julio, y yo. Nosotros dos éramos muy unidos, tal vez porque solo nos llevábamos poco más de un año de diferencia en edad, crecimos juntos y no teníamos amigos. Mis padres no querían que nos involucráramos con los hijos de los vecinos, decían que eran malas personas y que no debíamos relacionarnos con gente de esa clase. Siendo tan jóvenes, no podíamos oponernos mucho ni discutir sus ideologías y normas, nos conformábamos con creer que lo que ellos decían era la verdad y punto.

Todo cambió cuando Julio comenzó la escuela primaria, ya no era el cariñoso hermano con el que había crecido jugando y viendo dibujos animados. Comenzó a molestarme constantemente, a hacerme bromas, a burlarse de mí, hacía cosas malas y me echaba la culpa, o me engañaba para que yo las hiciera y después tuviera que pagar las consecuencias ante mis padres, mientras él se reía de mí en un rincón. Se había convertido en un ser despreciable.

Comencé a pensar que era otra persona, y generaba en mí sentimientos desagradables. A veces deseaba que le pasaran las peores cosas, luego me arrepentía. A pesar de todo seguía siendo mi hermano, y la memoria de los buenos momentos me hacían recapacitar sobre mis pensamientos. Eran contadas las ocasiones donde era amable o tenía buenas palabras hacia mí.

Muchas veces intenté reclamarle a mis viejos la actitud que Julio tenía conmigo, pero solo me decían que deje de romper las bolas . Se convirtió en una situación muy difícil para mí. Incluso si me quejaba demasiado, ¡me reprendían a mí en vez de a él! Supongo que había cierta preferencia hacia Julio por ser el primogénito.

Y así fue pasando el tiempo. Solo tenía paz cuando él estaba en la escuela, una vez en casa mi tranquilidad se terminaba, ni te imaginas lo que era los fines de semana

En un momento, por las noches, comenzó a contarme historias de terror con el simple propósito de que yo no pudiera dormir del miedo. Intentaba no hacerle caso o no escucharlo, pero a esa edad me resultaba complicado. Me contó la historia del hombre lobo y todo eso, que por las noches iba a venir a llevarme, y así lo hizo: Cada noche era despertado por un hombre lobo que me tiraba de los pies; podía escucharlo rugir mientras me arrastraba. Imagina que lo primero que hacía era comenzar a gritar en medio de la oscuridad despertando a todo el mundo. Mis padres acudían a nuestra habitación y, al encender la luz, me encontraban llorando y gritando que un hombre lobo me quiso llevar para comerme. Mi papá se ponía furioso y me reprendía, mientras mi hermano se hacía el sorprendido, que lo habían despertado mis gritos y que también se había asustado. Mi padre entraba a trabajar muy temprano, y molestarlo a altas horas era algo grave. Necesitaba descansar para el arduo día de trabajo que le esperaba, pero yo lo interrumpía por los diarios ataques del monstruo. Hartos de la situación, ya no dudaban en castigarme de forma física. A todo esto Julio se hacía el desentendido, decía que no veía nada ni tampoco escuchaba, mientras que yo hasta llegué a orinarme en la cama del susto.

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