Walter Cortez - Histeria

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Si existe una situación anómala que pueda llevar a la mente humana al borde de la histeria, es enfrentarse a lo desconocido. A ese tipo de sucesos que no podemos encontrarles una explicación porque no cuadran en ningún razonamiento lógico. Preguntándonos siempre si lo que nuestros ojos ven es real o solo somos víctimas de nuestra imaginación.
A través de 13 escalofriantes historias, alguna basadas en la propia experiencia, veremos a sus protagonistas enfrentarse a horrores desconocidos, a situaciones increíbles llevadas a cabo por seres sobrenaturales y en otras, veremos lo lejos que puede llegar la mente y la malicia humana para perpetrar los más horribles actos que superan las más exageradas fantasías.

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Estaba muy cómodo con la casa y se lo decía todos los días a Carla cuando hablábamos por teléfono en las noches, y jamás me olvidaba de preguntar por mi bella Emilia. Estar lejos de ella era lo único que me tenía disconforme, pero lo demás marchaba bien, sobre todo la obra. A pocas semanas de iniciar ya estábamos adelantando días, el ritmo de trabajo era bueno y no habían surgido imprevistos de ninguna índole.

Al cabo de una semana comencé a tener el sueño intranquilo, me despertaba varias veces por noche, y cuando prendía la luz del dormitorio me encontraba con enormes arañas negras caminando por el suelo de la habitación. Eran espeluznantes, del tamaño de un puño y el cuerpo cubierto de pelos, se movían rápidamente entre los muebles y al encender la luz, corrían a ocultarse. Tuve que comprar un veneno muy potente, aplicarlo antes de irme al trabajo para que actuara por varias horas. Al regresar a casa tenía que ponerme a juntar los cadáveres; también tuve que hacer que limpien el patio trasero, supuse que de allí provenían esos animalitos. A veces soñaba con ellas y asocié que por eso no dormía tranquilamente. A los pocos días dejaron de aparecer, pero aún seguía despertando por las noches, esta vez por escuchar ruidos que provenían del pasillo que llevaba al baño. No les di mucha importancia, era una casa muy vieja y como ingeniero sabía que la amplitud térmica de la zona haría dilatar las paredes y eso generaba esos sonidos.

En el transcurso de dos meses, la obra iba bien a pesar del calor infernal que castigaba a los obreros, pero distinto era mi estado. Realmente no dormía bien, me levantaba varias veces por noche, y en mi mente durmiente concebía horrendos sueños que me hacían despertar transpirando frío. En la mayoría de ellos estaba presente mi familia, sobre todo Emilia. La soñaba siempre en peligro, sufriendo o llorando. Tener esas horribles imágenes en mi mente me mantenían espabilado, y los extraños ruidos provenientes del pasillo provocaban que me levantara a revisar la casa entera, pero en cuanto encendía la luz, los sonidos cesaban, algo que me molestaba y me sacaba de quicio. Comencé a beber para calmar mis nervios y así poder conciliar el sueño otra vez. La falta de descanso comenzó a afectarme en el día, varias veces llegaba tarde al lugar de trabajo y me costaba concentrarme, al punto de dar malas indicaciones y ser corregidos por los jefes de las cuadrillas. Un ingeniero no puede equivocarse tanto, pierde credibilidad.

Le comenté por teléfono mi situación a Carla, me pidió por favor que no bebiera, que tratara de tomar algún té de hierbas, y si eso no funciona, me dio los nombres de algunas pastillas para dormir para comprarlas. Me dijo que el alcohol afectaría en mi trabajo, y le creí, porque me veía mal todas las mañanas. Lo que no le conté fueron los extraños y pavorosos sueños que tenían como protagonista a mi pequeña hija. Carla era algo supersticiosa y comenzaría a tener hipótesis extrañas sobre el tema.

Intenté con el té de hierbas algunas noches pero no tuve buenos resultados, o más bien, no tuve ninguno, todo seguía igual. Despertaba en las noches después de algún horrible sueño, y cuando lograba calmar mi agitación, llegaban a mis oídos los extraños ruidos del pasillo. Sonaban a algo que reptaba por el suelo seguido de golpes, como si una mano golpeara el piso y después algo se arrastraba: un golpe, un arrastre, otro golpe, otro arrastre. Y cuando encendía la luz, todo quedaba en silencio. Me estaba volviendo loco y a veces no dejaba de pensar en ello, lo cual me tenía distraído mientras trabajaba. Decidí entonces comprar las pastillas para dormir, con la esperanza de volver a recuperar un descanso adecuado.

No sabía si todo lo que me estaba pasando era por el calor abrasador de La Rioja, o en realidad estaba pasando algo en la casa. De donde yo vengo suele hacer calor, sumado al alto porcentaje de humedad constante, es sofocante. Aquí es seco, aunque debo admitir que jamás había sentido tanto calor, el sol golpeaba con fuerza y había días donde la temperatura superaba los cuarenta y dos grados Celsius. Si bien en la sombra y con una bebida fresca uno podía aguantar tranquilamente, en cuanto era alcanzado por los rayos del sol, se sentía como estar cerca de una gran fogata. A veces no había donde refugiarse, la vegetación en esta provincia es muy escasa y de poco tamaño. Por la noche, la temperatura podía descender bastante e incluso llegar a los doce o trece grados, y creo que en el lugar donde me hospedaba podía estar mucho más baja.

Comencé también a ponerme paños fríos en la cabeza mientras me recostaba para dormir, que no tardaba mucho gracias a los efectos de las pastillas que tomaba ahora. Imaginaba que todo debió ser por el calor pero a veces dudaba de ello. En una de mis noches en vela, noté un extraño armario en una de las habitaciones que estaba junto al baño, era antiguo pero no tanto como la casa. Recuerdo que mi abuela tenía uno parecido, con similares tallados que decoraban los bordes. La única diferencia era que este tenía un espejo de forma ovoide en la puerta del centro, en el cual la imagen reflejada se deformaba estirándose. Siempre que llegaba al final del pasillo y estaba por entrar al baño, miraba de reojo aquel mueble. Algo me decía en mi interior que tenía que mirarlo, no lo entendía y ni aún lo hago pero me ponía intranquilo, así que comencé a mantener cerrada la puerta de esa habitación.

Promediando el tercer mes de mi estadía en la casa, mi situación era peor y creí en ese momento que estaba lejos de mejorar. Me sentía débil, de mal humor, y me costaba mucho más concentrarme en mis responsabilidades. En mi cabeza solo cabían pensamientos sobre la fría vivienda y los sueños horribles que tenía todas las noches. A veces, al despertar, un sentimiento de querer salir corriendo y volver a Crespo lo antes posible se apoderaba de mí. Llegué a pensar que esa longeva residencia quería alejarme. Los sueños se fueron convirtiendo en visiones muy vividas, veía a mi hija caer en profundos y oscuros pozos, ser atropellada violentamente, que algún objeto o un mueble le caía encima y moría aplastada...

Recuerdo uno que me afectó mucho: soñé a mi niña sentada en el verde césped del jardín de mi hogar, estaba llorando y yo la observaba desde la puerta, aunque no podía ver su rostro porque me daba la espalda. Su llanto era débil y podía sentir que sufría. Cuando me acercaba a ella y le tomaba el hombro para girarla y ver, lo que en mi memoria era el rostro más bello que existe, era ahora el de un cadáver, hinchado y descolorido, sus ojos negros, y de su boca brotaba un par de hilos de sangre. Caía sentado del terror y comenzaba a gritar, y era allí cuando me despertaba temblando, todo transpirado y con el corazón muy acelerado. Me quedé sentado en la cama y comencé a llorar como un pobre niño asustado.

Vivir en esa casa cada vez se me hacía más difícil, físicamente estaba deteriorado y tenía cada vez menos energía o humor para hacer nada, noté en mi cinturón que había perdido peso y a pesar del extremo cansancio, aún no podía dormir una noche entera sin tener pesadillas y quedarme en vela. Las imágenes de mis sueños me atormentaban durante el día también, no podía dejar de pensar en los horrores tan vívidos que venían a mí, llegué a tener ataques de ansiedad a la hora de acostarme, tenía miedo de cerrar los ojos mientras estaba en la cama y no podía conciliar el sueño con facilidad, pero el cansancio me ganaba siempre.

Carla estaba preocupada por mí, notaba mi malestar cuando hablábamos por teléfono e insistió que le dijera lo que estaba sucediendo, yo no quería hablarle de los terribles sueños que tenía, pero insistió mucho y yo ya no sabía qué más hacer, quizás ella le daría al clavo y solucionaría mi problema. Por lo menos eso creí, pero lejos de aliviarme con sus palabras, Carla me dijo más preocupada que antes (incluso hasta la noté asustada) que a veces los sueños recurrentes son premoniciones de lo que va a pasar a futuro. Al escuchar y entender lo que me dijo, me espanté y me preocupé aún más que ella, porque Carla no había sentido los horrores que yo viví al dormir cada noche. Me dijo que tomara un té de varias hierbas mezcladas, que al tomarlo varias veces al día tendría un mejor efecto relajante en mi mente y mi cuerpo. Le hice caso y aunque fue difícil encontrar todas esas plantas, por primera vez en más de tres meses pude dormir una noche completa sin interrupción. Estaba feliz y entusiasmado, pensé que el problema estaba resuelto y me sentía un tonto por no haber hablado antes con mi esposa al respecto, pero estaba equivocado, mi felicidad y tranquilidad no durarían mucho.

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