1 ...7 8 9 11 12 13 ...21 Brooks se quejó como si aquella comida le pareciera ofensiva.
—Debería habérmelo imaginado —se quejó de nuevo—. Barrie tiene los mismos gustos que un cerdo.
—Lamento que no sea tu desayuno favorito, Brooks —dijo Barrie—. Tal vez mamá pueda prepararte para mañana crema de gatitos y lágrimas de bebé.
—¡Por Dios, estos críos me van a matar! —gritó la señora Evergreen, y miró hacia el techo, desesperada—. ¿Sería mucho pediros a vosotros dos que me ahorrarais solo un día de todo este sinsentido? ¿Sobre todo en una mañana tan importante como esta? Cuando Barrie apruebe el examen, tendréis que trabajar juntos mucho tiempo. Os vendría bien aprender a ser civilizados.
Por muchas cosas, a Brystal la aliviaba no poder estudiar para ser jueza: así evitaba la pesadilla de tener trabajar con Brooks, por ejemplo. Su hermano era muy conocido entre los jueces adjuntos, y a Brystal le preocupaba que usara sus contactos para sabotear a Barrie, ya que, desde su nacimiento, siempre había visto a su hermano pequeño como una especie de amenaza, como si solo a un Evergreen le estuviera permitido tener éxito.
—Discúlpame, mamá —dijo Brooks, fingiendo una sonrisa—. Y tienes razón, debería ayudar a Barrie a prepararse para el examen. Déjame que te diga algunas de las preguntas que yo apenas supe responder durante mi examen; preguntas que, te lo aseguro, no verás venir. Por ejemplo, ¿cuál es la diferencia entre el castigo por invadir una propiedad privada y el castigo por invadir una propiedad de la realeza?
Barrie sonrió con confianza. Sin duda, estaba mucho más preparado para el examen que su hermano.
—El castigo por invadir una propiedad privada son tres años de prisión y el castigo por invadir una propiedad de la realeza son cincuenta años —contestó—. Y el juez al cargo deberá decidir el tipo de trabajo forzoso que será aplicable.
—Me temo que la respuesta es incorrecta —dijo Brooks—. Son cinco años para la invasión de una propiedad privada y sesenta para la propiedad de la realeza.
Por un momento, Brystal creyó haber oído mal a Brooks. Ella estaba segura de que la respuesta de Barrie era correcta; podía visualizar la página exacta del libro de Derecho en el que lo había leído. Barrie parecía igual de confundido que su hermana y se volvió hacia el juez Evergreen, con la esperanza de que su padre corrigiera a su hermano, pero su padre no levantó la vista de los papeles.
—Te digo otra —prosiguió Brooks—. ¿En qué año la pena de muerte pasó de ser «arrastrar y descuartizar» a «decapitar»?
—¡Por el amor de dios, Brooks! ¡Estamos comiendo! —lo regañó la señora Evergreen.
—Eso fue..., eso fue... —musitó Barrie mientras intentaba recordar—. ¡Eso fue en el año 567!
—Incorreeecto de nuevo —canturreó Brooks—. La primera decapitación pública no tuvo lugar hasta el 568. Vaya, vaya, no se te da muy bien este juego.
Barrie empezaba a dudar de sí mismo y su confianza se hundió igual que sus hombros. Brystal se aclaró la garganta para captar la atención de su hermano, con la esperanza de dejar en evidencia el juego de Brooks con una mirada, pero Barrie no la oyó.
—A ver qué tal algo más sencillo —dijo Brooks—. ¿Puedes nombrar los cuatro tipos de pruebas que necesita la acusación para culpar a un sospechoso de homicidio?
—¡Esa es fácil! —contestó Barrie—. Un cuerpo, un motivo, un testigo y..., y...
Brooks disfrutaba viendo cómo su hermano se esforzaba para acertar la respuesta.
—Frío, frío. Probemos con otra —dijo—. ¿Cuántos jueces se necesitan para apelar la sentencia de otro juez?
—¿De qué estás hablando? —preguntó Barrie—. ¡Los jueces no pueden apelar!
—Otra vez incorrecto —anunció Brooks con una voz chillona que recordaba el graznido de un cuervo—. No puedo creer lo poco preparado que estás; sobre todo teniendo en cuenta el tiempo que llevas estudiando. Si yo fuera tú, rezaría porque el examinador esté enfermo.
Barrie se quedó blanco. Abrió unos ojos como platos y apretó las tarjetas con tanta fuerza que empezó a doblarlas. Volvía a estar igual de desesperanzado y asustado que cuando Brystal lo había encontrado en la sala de estar. Cada brizna de autoestima que ella le había infundido se había desvanecido con la diversión de Brooks. No podía soportar otro minuto más de su juego cruel.
—¡No lo escuches, Barrie! —gritó ella, y la habitación se quedó en silencio—. ¡Brooks te está haciendo preguntas trampa a propósito! Primero, el castigo por invadir una propiedad privada son tres años en prisión y el castigo por invadir una propiedad de la realeza son cincuenta años; ¡son cinco o sesenta solo si la propiedad resulta dañada! Segundo, la primera decapitación pública tuvo lugar en el 568, pero la ley cambió en el 567, ¡tal como tú has dicho! Tercero, no se necesitan cuatro elementos para culpar a un sospechoso de homicidio, solo tres, ¡y los has nombrado todos! Y cuarto, los jueces ordinarios no pueden apelar la sentencia de otro juez ordinario, solo un juez supremo puede anular una...
—¡Brystal Lynn Evergreen!
Por primera vez aquella mañana, el juez Evergreen encontró una razón para levantar la vista de sus papeles. Su rostro estaba completamente rojo y las venas se le marcaban en el cuello de gritar con tanta fuerte que incluso los platos temblaron sobre la mesa.
—¡¿Cómo te atreves a regañar a tu hermano?! ¿Quién te crees que eres?
Brystal tardó unos segundos en recuperar la voz.
—P-p-pero, papá, ¡Brooks no está diciendo la verdad! —gritó—. Yo..., yo no quiero que Barrie suspenda el...
—¡Como si Brooks dice que el cielo es violeta! ¡Una niña no puede corregir a un hombre! Si Barrie no es lo suficientemente listo como para darse cuenta de que lo están engañando, ¡entonces no es digno de ser juez adjunto!
Las lágrimas empezaron a brotar de los ojos de Brystal, que temblaba en su silla. Miró a sus hermanos en busca de apoyo, pero estaban igual de asustados que ella.
—Lo... Lo siento, papá...
—¡No tienes derecho a saber nada de lo que acabas de decir! ¡Si te encuentro leyendo de nuevo, que Dios me juzgue, pero te echaré a la calle!
Brystal se volvió hacia su madre, rogando que no comentara nada sobre los libros que había encontrado en su habitación esa mañana. Al igual que sus hijos, la señora Evergreen permaneció quieta y en silencio, como un ratoncito ante la presencia de un halcón.
—N-n-no, no he estado leyendo...
—Entonces, ¿dónde has aprendido todo eso?
—Su-su-supongo que de oír a Barrie y Brooks. Siempre hablan de leyes y del tribunal en la mesa...
—¡Pues tal vez sea mejor que comas fuera hasta que hayas aprendido a no entrometerte! ¡Ninguna hija mía va a desafiar las leyes de este reino con una actitud tan arrogante!
El juez continuó gritando la decepción y el desprecio que sentía por su hija. Brystal no era ajena al temperamento de su padre; de hecho, apenas le hablaba salvo cuando él le gritaba, pero nada era peor que recibir toda su ira. Con cada latido de su corazón, Brystal se hundía más en su silla y contaba los segundos para que aquello terminara. Por lo general, si no dejaba de gritar antes de que llegara a cincuenta, la ira de su padre podía convertirse en algo físico.
—¿Ya está ahí el carruaje? —preguntó la señora Evergreen.
La familia se quedó en silencio mientras intentaba oír lo mismo que había oído la señora Evergreen. Unos instantes más tarde, el leve tintineo de unas campanas y un galope fuerte inundaron el comedor a medida que el carruaje se acercaba a la casa. Brystal se preguntó si su madre lo había oído de verdad o si su interrupción simplemente había sido oportuna.
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