Ignacio Rodríguez de Rivera - La ciencia de los sentimientos

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¿Por qué estoy triste? ¿Me habré enamorado?… Sentir es como respirar, pero al respirar no dudas: hay una explicación científica. ¿Y si los sentimientos también la tuvieran? De eso va esta obra: un viaje fascinante por una nueva ciencia que desmonta la histórica guerra ciencia-emociones y ofrece aplicación práctica en nuestro bienestar emocional con sólidas e innovadoras respuestas a cuestiones que todos nos hemos planteado alguna vez.

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A través de este tipo de episodios, el niño ‘aprende’ a distinguir las sensaciones febriles de las que acompañan al sentimiento de miedo. Así ese conjunto de sensaciones corporales adquieren un significado, el significado de miedo, el cual no es sino la correspondencia entre sensaciones e ideas de peligro.

Cuando dichas sensaciones son la consecuencia del sentimiento de peligro, (tal vez ocasionado por una expresión temerosa de la madre), las sensaciones y la idea son los ingredientes con los que se forma el sentimiento de miedo.

Otra cosa bien distinta es que la fiebre sea el origen de dichas sensaciones, lo cual puede, o no, producir sentimiento de miedo al peligro de la enfermedad; pero aquí el sentimiento es la consecuencia, no la causa de aquellas sensaciones.

Insisto en esta diferencia entre sensaciones y sentimientos porque ello nos sirve para comprender mejor dos fenómenos que suelen confundirse con frecuencia: me refiero a la angustia y a la ansiedad, términos que en muchos autores he visto que se tratan como sinónimos, aunque podemos comprobar, mediante el uso de psicofármacos, que unos medicamentos son útiles para la angustia y otros lo son para la ansiedad.

[Esta observación la debo, principalmente, a mi esposa, Remedios Gutiérrez Rodríguez, que es psiquiatra (además de endocrinóloga y psicoanalista); a la cual agradezco aquí su colaboración como lectora y crítica de mis trabajos, además de otras muchas cosas, como soportarme durante tantos años].

La diferencia entre angustia y ansiedad, que he podido observar a lo largo de mi labor en psicoanálisis, me ha llevado a la siguiente definición:

Angustia es sentimiento de peligro sin objeto conocido, es decir: es igual que el miedo, pero sin un objeto (hecho o cosa) ante el que reaccionar de uno u otro modo. En el miedo podemos huir, atacar, someternos o paralizarnos (como hacerse el muerto). En la angustia no podemos hacer nada, lo cual puede llevarnos a sentir miedo (con frecuencia miedo a morir), que ya es un sentimiento.

La ansiedad es sentimiento de necesidad sin objeto conocido, es decir: uno siente la falta de algo sin saber de qué se trata. No es un deseo, porque siempre se desea algo sabido (aunque sea equivocado).

Tengamos en cuenta que la angustia se acompaña de sensaciones tales como opresión corporal, dificultad respiratoria (‘angustia’ y ‘angostura’ tienen la misma raíz), temblor, escalofríos, etc. Reaccionamos ante la angustia tratando de huir, pero nos la llevamos con nosotros a donde vayamos.

A veces, logramos atribuir nuestra angustia a un hecho o cosa en particular; entonces hemos construido una fobia a esa cosa; lo cual es relativamente más manejable que la angustia, pues nos permite maniobras de evitación del objeto fóbico, aunque a costa de limitar nuestra libertad.

Sin embargo, la ansiedad se acompaña de otro tipo de sensaciones, tales como respiración profunda y abierta (siempre insuficiente) hasta llevarnos a veces a hiperventilación (todo lo contrario que en la angustia); sensación de que falta algo, sin saber qué es ello; sensación de necesidad, sin saber qué es lo que se necesita.

Resumiendo: angustia equivale a estrechamiento, ansiedad equivale a apertura o ensanchamiento. Peligro o necesidad. Dos cosas bien distintas.

Igual que la angustia puede conducirnos a la fobia, la ansiedad puede llevarnos a la busca compulsiva de un objeto (que, si lo encontramos, no calma nuestra ‘sed’, por ser erróneo).

Un ejemplo de ansiedad, frecuente en nuestra vida cotidiana, es cuando sentimos una sensación de apetito sin saber bien qué es lo que nos apetece; vamos a la nevera o despensa y recorremos lo que hay allí, descartando fruta, embutidos, queso, pan, galletas… hasta que, si tenemos suerte, caemos en la cuenta de que lo que nos apetece es tal o cual cosa. (Las embarazadas y sus parejas conocen bien este fenómeno de los ‘antojos’).

Esos son leves episodios de ‘anhelo o ansiedad’, mientras no se identifica el objeto necesitado y, entonces, se convierte en deseo; como la angustia se convertía en miedo.

Esos fenómenos se desarrollan de muy diversa forma en cada cual y en cada situación. Por ejemplo, la angustia convertida en miedo puede llevarnos a la necesidad de encontrar un arma para defendernos.

Ante la angustia no podemos hacer nada; ante el miedo podemos hacer cuatro cosas: huir, atacar, someternos o paralizarnos (hacerse el muerto).

Muchos autores han señalado que, tal vez, la primera experiencia de angustia se produce en el nacimiento, cuando el anterior feto, que obtenía el oxígeno a través del cordón umbilical, justo al nacer (sea por vía natural o por cesárea) sufre unos momentos de falta de oxígeno (anoxia) hasta que pone en funcionamiento su aparato respiratorio.

También se ha señalado la experiencia corporal que tiene el feto al pasar por el conducto del parto, con su apretada estrechez, episodio que se ahorra con la cesárea. Pero no es esta la ocasión para ocuparnos de este asunto.

En cualquier caso, no cabe duda de que la experiencia del nacimiento ha de dejar su huella en la memoria corporal del individuo, a modo de un ‘troquel’ que condicionará en el futuro su modo de vivir otros episodios con algún tipo de semejanza.

Pero soy de la opinión de que hemos de prevenirnos ante la fácil tendencia a atribuir a una sola causa, como esta del nacimiento, por importante que sea, las características de una personalidad; pues en su formación interviene una multitud de otros factores.

El llamado ‘trauma del nacimiento’, al no tener en cuenta esa complejidad de múltiples variables, ha dado lugar a teorías excesivamente reduccionistas, como si la mente fuese un sistema de tipo lineal, no un sistema complejo de tipo ‘no lineal’, determinista sí, pero impredecible, como nos ha enseñado la teoría matemática del caos determinista, sobre la que tendremos que volver más adelante en varias ocasiones.

Discúlpeme el lector por esta digresión sobre angustia y ansiedad; el motivo que me ha llevado a ello ha sido que se trata de dos fenómenos de nuestra experiencia que nos plantean la dificultad de distinguir, según el criterio que antes presenté, si se tratan de puras sensaciones, o si estamos ante genuinos sentimientos.

Me inclino a pensar, aunque no encuentro argumentos convincentes, que estamos ante dos conjuntos de sensaciones, las cuales, con rapidez casi inmediata, desencadenan la formación de uno u otro sentimiento, según sea el pensamiento que las reviste4 con uno u otro significado.

Volvamos de nuevo al tema de los sentimientos: cada sensación, por sí misma no tiene significado alguno; en todo caso una sensación puede ser positiva, negativa o neutra. Por otra parte, y al mismo tiempo, una sensación puede estar enlazada a otras muchas; de modo que la activación de una de ellas implica inevitablemente la activación de las demás. A esto lo solemos llamar asociación de sensaciones, término que se presta a la confusión, pues parece aludir a una sucesión temporal, mientras que de lo que estamos hablando es de simultaneidad, sin tiempo; es decir, de un conjunto de sensaciones que se activan simultáneamente.

En el caso de que, dentro de ese conjunto, estén también presentes sensaciones de carácter neutro, ocurre que las huellas de memoria de esas sensaciones neutras, enlazadas entre sí, constituyen una idea o representación mental que, por sí misma, no produce reacción alguna en el individuo; pero que, a través de su enlace con el conjunto de las demás sensaciones con signo positivo o negativo, adquiere un significado de experiencia.

Es precisamente ese enlace de significado lo que podemos llamar sentimiento, el cual siempre tiene un valor, positivo o negativo, pero también (a veces) simultáneamente positivo y negativo.

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