El 5, ya lo hemos visto, expresa la relación entre el 2 –primer par– principio femenino personificado por Isis, y el 3 –primer impar–, personificado por Osiris en cuanto principio masculino. La personificación del 5 es Horus, hijo de ambos, que aparece en el triángulo rectángulo de lados 3, 4 y 5 que ya hemos examinado. El número 5 contiene los principios de la polaridad (el 2) y de la reconciliación (el 3). Gracias a él, el universo se hace comprensible. Se lo representa por la figura de la estrella de cinco puntas o pentagrama, o por dos líneas superiores sustentadas en tres líneas inferiores.
El 6 es para los egipcios la representación cósmica del mundo material, y el símbolo del tiempo y del espacio. No olvidemos que los egipcios dividían el tiempo en de 6. El año tiene 12 meses, correspondientes con los 12 signos del zodíaco, los meses tienen en un principio 30 días, los días tienen 24 horas (12 horas el día y doce horas la noche), la hora tiene 60 minutos. El espacio tiene 6 unidades dimensiones: arriba y abajo, adelante y atrás, a la derecha y a la izquierda. El cubo representa la expresión geométrica perfecta del seis, conteniendo el espacio, el volumen y el tiempo; las estatuas solían colocarse en una base cúbica. La figura divina puesta sobre tal base expresa el dominio del espíritu sobre la materia.
El 7 representa el carácter cíclico del mundo. En él se integran el 3, el espíritu, y el 4, la materia. Se lo graficaba colocando 3 líneas verticales sobre 4 igualmente verticales. Las pirámides son expresión del número 7 pues su base –que las sustenta en la tierra– es cuadrada, y sus lados –que se elevan hacia el cielo– son triangulares. Osiris es el séptimo dios de la genealogía divina (luego de Nun, Atum, Shu, Tefnut, Geb y Nut), y nace del principio de la tierra (Geb) y del cielo (Nut). Osiris aparece asociado múltiples veces al número 7 y a sus múltiplos. No olvidemos que también se le asociaba con el número 3. De esta forma, es necesario subir 42 escalones (7 x 6) antes de alcanzar la entrada del templo, y Osiris preside el Juicio Final acompañado por 42 (7x6) jurados y asesores. En ese mismo juicio el difunto debía pronunciarse sobre 42 prohibiciones para ganar la vida eterna. De la misma forma el pilar Tet, símbolo sagrado de Osiris, contenía 7 escalones.
Con el 7 se llega al final del ciclo, y el número 8 representa el inicio de un nuevo ciclo. Es importante reiterar el carácter cíclico que los egipcios le conferían al tiempo, influidos por la recurrencia anual de las crecidas del Nilo. Con el número 8 emerge la figura de la octava, que se expresa en los sonidos y en la armonía de la música. No en vano el número ocho era asociado a Thot, quien le ofrece el sonido de la palabra a Ptah para que este proceda al acto de la creación. No olvidemos tampoco que el número 8 aparece en el mito de la creación de Hermópolis (Khemnu), que se articulaba en torno a la Ogdoada, conformada por 4 dioses masculinos y 4 femeninos.
6. LA MUERTE , EL JUICIO FINAL Y EL RETORNO DEL CORAZÓN Y LA LENGUA
No es posible entender el espíritu egipcio si no entendemos su concepción sobre la muerte y la importancia que a esta le concedían. Sus obras más espectaculares son las pirámides y los templos mortuorios, testimonios del papel que la muerte poseía en sus vidas. Los escritos más destacados que nos dejaran los egipcios son escritos mortuorios, relatos narrados en las paredes de las pirámides o en los sarcófagos de sus muertos, muchos de ellos buscando asegurar, a través de la inmortalidad de la palabra escrita, la propia inmortalidad del difunto por medio del relato de sus obras. Otros, procuran ayudar al propio difunto en su camino posterior a la muerte, de manera que –por ejemplo– este no olvidara las palabras que debía pronunciar en el juicio final que le esperaba al morir, juicio que se realizaba ante la presencia de Osiris, dios del mundo del más allá.
Los egipcios le conferían un carácter particularmente trágico a la muerte. Ello se expresa en uno de sus mitos más importantes: aquel que relata la muerte de Osiris en manos de Seth, así como la peregrinación de Isis para encontrarlo y hacerlo volver a la vida. Para los egipcios no existe una separación tajante entre la vida y la muerte, de la misma forma como tampoco separan radicalmente la vigilia del sueño. Muerte y sueño (a través de las pesadillas) son experiencias en las que el individuo enfrenta el peligro del caos (Isfet).
Los egipcios creían que a través de los sueños accedemos a dimensiones de nuestra existencia que durante la vigilia nos están ocultas. Los sueños requieren ser descifrados, pues en ellos nos hablan los dioses y nos ofrecen la posibilidad de predecir el destino. Quien exhibe la capacidad de descifrar los sueños es altamente recompensado por ello; esta era una de las funciones que estaba en manos de los sacerdotes. No en vano la Biblia nos relata el gran prestigio que en la corte faraónica alcanzara José, dada su particular capacidad de interpretar los sueños. Sigmund Freud, más adelante, al desarrollar su propia teoría de la interpretación de los sueños se percibirá a sí mismo en la senda abierta por José, su antepasado, como él mismo lo atestigua en la correspondencia que mantiene con Thomas Mann, luego de que este publicara su trilogía sobre el personaje de José.
Algo equivalente acontecía con la muerte, que no es considerada por los egipcios un punto de término, sino un hito en el que se compromete la posibilidad de una transición entre dos mundos, entre dos tipos diferentes de vida. Uno de los objetivos más importantes en la vida de todo egipcio es llegar en las mejores condiciones al momento de la muerte, momento en el cual enfrenta su juicio en presencia de los dioses. Tarde o temprano todos estaremos obligados a someternos a este juicio, y en él se determinará si nos desintegraremos para siempre o alcanzaremos la vida eterna.
El mito del juicio final que sigue a la muerte es uno de los más bellos mitos egipcios. Según él, todo ser humano debe someterse a este particular ritual al morir. Una vez fallecido, debe presentarse ante un gran tribunal presidido por Osiris, el dios de la vida del más allá y de la resurrección. Varios acompañan normalmente a Osiris. Detrás de él están Isis, su esposa, y Nephtys, su hermana. A su lado suelen encontrarse el dios Horus –hijo de Osiris y expresión del poder divino del faraón–, el dios Thot –dios de la sabiduría y de la palabra–, y la diosa Maat, diosa del orden y de la justicia. Muchas veces los frescos que describen este juicio colocan también a los cuatro hijos de Horus, dibujados en menores proporciones.
Delante de Osiris y frente al difunto se encuentra una gran balanza manejada por el dios Anubis, dios de los muertos y patrón de los embalsamadores. A los pies de la balanza está Ammit (o Ammut), extraño y repulsivo animal de cabeza de cocodrilo, tronco de león y trasero de hipopótamo, quien espera el resultado del juicio que está por comenzar. Rodean el tribunal 42 jueces y asesores, entre los cuales encontramos tanto mujeres como hombres.
JUICIO DESPUÉS DE LA MUERTE
Una vez frente al tribunal, el difunto debe declarar cómo se ha comportado enrelación a 42 prohibiciones que el tribunal exige se hayan respetado durante la vida. Estamos en el momento protagónico de la lengua. El incumplimiento de cada una de estas prohibiciones –sostiene el mito– le ha añadido peso al corazón de un individuo. Una vez que ha realizado sus declaraciones en forma oral, el difunto debe tomar su corazón y colocarlo en uno de los platos de la balanza que maneja Anubis. Este es el instante en el que el corazón del difunto se vuelve fundamental. En el otro plato Maat, la diosa del orden y la justicia, coloca la pluma de avestruz que lleva en su cabeza. Dentro de un cierto rango de variación permitido, si el corazón pesa más que la pluma de Maat, el difunto es entregado a Ammit para que lo devore. Ello implica que el individuo no será agraciado con la vida eterna y su camino ha terminado. Tanto su cuerpo como su alma (ka) están condenados a su disolución o descomposición. Pero si su corazón se mantiene en la balanza y no pesa más que la pluma de Maat, su espíritu (ka) y su cuerpo ganan inmortalidad. La vida eterna. De allí la importancia que los egipcios le confieren al embalsamamiento de los muertos. El embalsamamiento es un procedimiento supervisado por Anubis para asegurar la preservación del cuerpo en la eventualidad de que el individuo salve con éxito su juicio final.
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