Pocos dominios expresan con mayor claridad la fusión que los egipcios hacían entre su sentido práctico y su sentido religioso que el tratamiento que les conferían a los números. A la vez que se considera que para los egipcios los números designan cantidades concretas, también para ellos son expresiones de principios creadores de la naturaleza. Los números y los elementos que constituyen el universo no son vistos primariamente como pares e impares, sino –antes de ello– como masculinos y femeninos. En la medida que los egipcios consideran que los números poseían cualidades mágicas, todo lo que existe en la naturaleza se somete necesariamente a su poder. Los números, por lo tanto, rigen la naturaleza, pues poseen funciones cósmicas. El nacimiento del simbolismo de los números se remonta a la época del Reino Antiguo, entre los años 2575 y 2150 a.C. Su influencia todavía nos llega en muy distintas versiones. Pitágoras fue uno de los principales canales de transmisión al respecto.
El número es un ente vivo cuya función se define a través de sus relaciones y su forma. Este ente puede por tanto ser un varón, una mujer, un niño o una figura geométrica. Plutarco nos ilustra cómo los egipcios concebían un triángulo rectángulo cuyos lados miden 3, 4 y 5 unidades, tal como el que ilustramos a continuación.
TRIÁNGULO
Según Plutarco, los egipcios concebían el lado vertical como masculino –identificándolo con Osiris–, la base como femenina identificada con Isis y la hipotenusa como el resultado de ambos, identificado este con Horus, el hijo de ambos. En efecto, Osiris equivale a 3, que es el primer número impar y perfecto. Isis equivale a 4, que es el cuadrado de 2 y el primer número par. Horus, que corresponde al lado de 5 unidades, es el resultado de la suma de 2 y 3. Démonos cuenta que no estamos lejos del teorema de Pitágoras sobre los lados del triángulo rectángulo (a2 + b2 = c2).
Examinemos brevemente cómo los egipcios trataban a cada número del 1 al 8. El 1, en rigor, no era considerado en sí mismo un número. Se trata de la unidad absoluta que todo lo contiene, y que por sí misma no puede generar nada adicional. No es ni par ni impar, sino ambos a la vez. Si uno le añade 1 a un número par, este se convierte en impar y viceversa. Por lo tanto, el 1 contiene a todos los opuestos del universo. Pero nos hemos adelantado. Para abordar la concepción egipcia de los números es preciso conectarla con el propio proceso de la creación.
Tal como hemos expuesto, antes de la aparición de la vida el universo era un abismo primordial –el vocablo abismo viene del griego y significa sin fondo–, líquido, infinito, informe, indiferenciado, inerte, inactivo, sin límite ni sentido. Se trata de un caos primordial, un océano cósmico que era identificado con la figura del dios Nun. Esta concepción del origen previo a la creación es interesante, pues nos muestra la cercanía que exhibe con las posiciones que adoptarán más adelante tanto Tales como Anaximandro, lo cual nos permite reconocer las profundas raíces egipcias que exhibe el nacimiento de la filosofía griega.
El acto de la creación expresa la emergencia de la diosa Maat, personificación del orden cósmico. Maat no es creada: ella surge en la medida que la creación tiene lugar, se trata del propio espíritu del acto creativo como generación de orden. Esto es de alguna forma reconocido por Nun, tal como aparece en una sección del Papiro Bremner-Rhind:
“Todavía no había encontrado el lugar sobre el cual podía reinar, que concebí entonces el proyecto de Ley y Orden Divinos (Maat) a fin de crear todas las formas. Estaba solo, no había creado todavía a Shu ni a Tefnut: no había nadie más que pudiese actuar a mi lado”.
En el acto de concebir el orden, Nun da lugar a Atum. Nun es el dios del caos. Atum es el dios de la creación; se trata de un dios creador, creado en su propio acto creador. En uno de los Textos de las Pirámides esto es reconocido:
“Te saludamos Atum. Te saludamos a ti, que has venido a la existencia de ti mismo. Por este acto, eres grande, tú, Montaña por sobre las Montañas. Por este acto, eres engendrado, tú, Khepri”.
Khepri es uno de los nombres conferidos al dios sol, nombre que apunta a su capacidad de haberse generado a sí mismo. El término Khepri significa “aquel que llega a ser”. Khepri es el nombre del sol de la mañana, y se le representa a través de la figura del escarabajo, así como Atum-Ra era asociado con el sol de la tarde.
ESCARABAJO
Cuando nada existía, el Uno ordena la creación a través del sonido de su voz. En el Libro de los Muertos se lee:
“Soy el eterno... Soy aquel que ha creado la palabra... Soy la palabra ...”.
Atum –más adelante Atum-Ra– ejecuta el acto de la creación por el poder de su palabra. Pero nuestra frase anterior no está dicha en la lengua de los egipcios antiguos. Cada atributo especial, cada propiedad, cada expresión de una manifestación particular, es encarnada para ellos en un dios. Los dioses son la expresión de toda forma de energía vital. Por tanto, el propio poder de la palabra de Atum-Ra es reconocido como un dios, el dios Thot, que los griegos equipararán con Hermes. Nun da lugar a Atum –más adelante Atum-Ra–, quien a través de su propio acto creador da lugar a Thot y a Maat, la diosa del orden. Shu y Defnut serán los primeros dioses propiamente creados y no surgidos del proceso creador.
La creación no sólo da lugar al orden. El orden es simultáneamente el principio de la diferenciación y de la primera relación formal. La expresión primordial de la diferenciación es la dualidad, expresada esta en el número 2. Para los egipcios el mundo se rige por la ley de la dualidad, por el imperio del 2. Todo el mundo egipcio expresa esta separación en 2. Tenemos las “dos tierras”, el Alto y el Bajo Egipto, que todo faraón tiene la obligación de mantener unidas. Tenemos la Tierra Negra (Kenet), que se refiere a las tierras del valle del Nilo (a Egipto), y la Tierra Roja (Deshret), el desierto, tierra en la que residen los muertos y donde se construyen las pirámides y tumbas, pues la sequía del desierto ayudaba a una mejor conservación de los cuerpos. Tenemos los dos principios básicos del orden (Maat) y el caos (Isfet). También el principio de lo femenino y de lo masculino, que diferenciaba tanto a los dioses como a los humanos. Y la dualidad del cuerpo y del alma (ka). La creación normalmente procedía de a pares. Lo hemos visto tanto en la creación de Shu y Tefnut como en la de Geb y Nut.
Así como en Egipto se consideraba que toda creación tenía una doble naturaleza, se afirmaba también que esta tenía un triple poder. Para los egipcios, por tanto, todo fenómeno es doble en su naturaleza y triple en su sentido. Una vez que se transitaba de la unidad a la dualidad, los dos elementos de la dualidad se reencontraban en la trinidad. La triangulación asegura la relación entre el creador y sus dos seres creados: Atum, por un lado, Shu y Tefnut, por el otro. Estamos en el imperio del 3. En el Papiro de Leyde se señala: “todos los neteru son tres: Amun, Ra, Ptah... Su nombre secreto es Amun, su cara es Ra, su cuerpo es Ptah”. NETERU es el nombre plural de NETER, término con el que se designaba a los principios, funciones o manifestaciones temporales de la divinidad.
El número 4 expresa estabilidad, duración y solidez. Hizo falta que Atum, el dios creador, asegurara la creación de cuatro dioses –Shu, Tefnut, Nut y Geb– para que luego, de estos dos últimos, surgieran cuatro más: Osiris, Isis, Seth y Nephtys. En el Antiguo Egipto los centros religiosos y de formación cosmológica eran cuatro: Heliópolis (Inun), Menfis (Men-Nefer), Tebas (Ta-Apet) y Hermópolis (Khemnu). De la misma forma, los egipcios fueron los primeros que plantearon que los elementos básicos de la naturaleza son cuatro: el agua, la tierra, el aire y el fuego. El primero de todos ellos es el agua, simbolizada en el dios Nun, pero de ella surgen los otros tres. Así nos lo relata Plutarco: “...la naturaleza del agua, la fuente y origen de toda cosa, engendra tres elementos primarios: la tierra, el aire y el fuego”.
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