Hay otro detalle apuntado en la enseñanza sacada de Efesios 1:19, 20, la cual ejemplifica el gran poder de Dios; al decir, «y sentándole (a Cristo) a su diestra en los lugares celestiales». Los miembros del cuerpo de Cristo son predestinados a ser conformados a la gloriosa imagen de su Cabeza glorificada: en proceso ahora; y perfectamente en el día venidero. La ascensión de Cristo era contraria a la naturaleza, pues se oponía a la ley de la gravedad. Pero el poder de Dios venció esta oposición y trasladó el cuerpo de Su Hijo resucitado al cielo. De igual manera, Su gracia produce en Su pueblo algo que es contrario a la naturaleza, el vencer la oposición de la carne, y alinear sus corazones a las cosas de arriba. Cuan sorprendente seria para nosotros ver a un hombre extender sus brazos, y de repente dejar la tierra, subiendo desde el suelo hasta el cielo. Sin embargo, es aún más maravilloso cuando podemos contemplar el poder del Espíritu haciendo que una criatura pecadora se levante por encima de las tentaciones, la mundanalidad y el pecado, y respire la atmósfera del cielo, cuando a un alma humana se le hace odiar las cosas de esta tierra y encuentra así su satisfacción en las cosas de arriba.
El orden histórico con respecto a la Cabeza en Efesios 1:19–20, es también el orden en la práctica con respecto a los miembros de Su cuerpo. Antes de sentar a Su Hijo a Su diestra en los lugares celestiales, Dios Lo levantó de la muerte; de modo que antes de que el Espíritu Santo ajustara el corazón de un pecador con Cristo, Él primero debía darle una nueva vida. Primero debe haber vida antes de que haya vista, fe o buenas obras realizadas. Uno que está físicamente muerto es incapaz de hacer nada; así el que está espiritualmente muerto es incapaz de realizar algún ejercicio espiritual. Primero se le dio vida a Lázaro, y luego se le removió la ropa fúnebre que lo ataba de manos y pies. Dios debe regenerar antes de que pueda haber una «nueva criatura en Cristo Jesús». El lavamiento de un niño sigue a su nacimiento.
Cuando la vida espiritual ha sido transmitida a un alma, la persona es entonces capaz de ver las cosas como realmente son. En la luz de Dios puede ver la luz (Salmos 36:9). Él ahora puede percibir (por medio del Espíritu Santo) cuan rebelde había sido durante toda su vida contra su Creador y Ayudador: que en lugar de hacer suya la voluntad de Dios, ha ido por su propio camino; que en lugar de tener presente la gloria de Dios ha solamente procurado agradarse y complacerse a sí mismo. Aunque haya participado de todas las formas externas de la maldad, ahora reconoce que es un leproso espiritual, una criatura vil y contaminada, totalmente incapaz de acercarse, y mucho menos habitar con Él que es indudablemente Santo; y tal entendimiento le hace sentir que su caso no tiene esperanza alguna.
Existe una gran diferencia entre oír y leer lo que es la convicción de pecado y sentirla en las profundidades de nuestra alma. Muchos están familiarizados con la teoría, pero desconocen totalmente a la experiencia. Alguno podría leer de los tristes resultados de la guerra, y estar de acuerdo de que son de verdad lamentables; pero cuando el enemigo está en su propia puerta, saqueando sus bienes, disparando a su casa, matando a sus seres queridos, se hace mucho más sensible a las miserias de la guerra. Por lo tanto, uno que no es creyente puede oír cuan lamentable es el estado de un pecador delante de Dios, y cuan terrible será el sufrimiento en el castigo eterno, pero cuando el Espíritu toma ese corazón en esa condición, y le hace sentir el calor de la ira de Dios en su propia conciencia, él está preparado para hundirse en el desaliento y en la desesperación. Lector, ¿conoces algo de tal experiencia?
Sólo de esta manera un alma verdaderamente está preparada para apreciar a Cristo. Aquellos que están sanos no necesitan un médico. El que ha sido convencido de salvación y se ha dado cuenta que solo el Señor Jesús puede sanar a un enfermo desahuciado por el pecado; que sólo Él puede dar la salud espiritual (santidad) que lo capacitará para andar en el camino de los mandamientos de Dios; que solo Su preciosa sangre puede expiar los pecados pasados y solo Su gracia infinita puede suplir en las necesidades del presente y del futuro. El Padre «atrae hacia» el Hijo (Juan 6:44) al impartirle a la mente una profunda comprensión de nuestra necesidad absoluta de Cristo, al darle al corazón un sentido real del inmenso valor que Él tiene, y al hacer que la voluntad desee recibir a Cristo en sus propios términos.
5. Sus evidencias
La gran mayoría de los que lean esto profesarán, sin duda, ser los que tienen una fe salvífica. A todos ustedes les preguntamos: ¿Dónde está su prueba? ¿Qué cambios ha producido en ustedes? Un árbol se conoce por su fruto, y una fuente por el agua que brota de ella; así mismo, la naturaleza de la fe puede ser asegurada por medio de un análisis cuidadoso de lo que ella está produciendo. Decimos « un análisis cuidadoso », porque así como no todos los frutos son aptos para ser comidos, ni toda agua puede ser bebida, así no todas las obras son el resultado de una fe que salva. La reformación no es lo mismo que regeneración, y una vida cambiada no siempre indica un corazón cambiado. ¿Has sido salvo de la antipatía hacia los mandamientos de Dios y del detestar Su santidad? ¿Has sido salvo del orgullo, la codicia y la murmuración? ¿Has sido librado del amor por este mundo, del miedo a los hombres, y del poder reinante de todo pecado?
El corazón del hombre caído está totalmente depravado, los designios de los pensamientos de su corazón son malos continuamente (Génesis 6:5). Está lleno de deseos corruptos, los cuales ejercen influencia sobre todo lo que el hombre hace. Ahora, el Evangelio viene en oposición directa contra esas pasiones egoístas y deseos corruptos, tanto en la raíz como en su fruto (Tito 2:11, 12). No hay mayor responsabilidad que el Evangelio demanda a nuestras almas que el mortificar y el destruir estos deseos, y esto es indispensable si tenemos la intención de ser hechos participes de sus promesas (Romanos 8:13; Colosenses 3:5, 8). De hecho, la primera obra de la fe es limpiar el alma de esta inmundicia y por eso, leemos: «Pero los que son de Cristo han crucificado la carne con sus pasiones y deseos» (Gálatas 5:24). Notemos bien, ellos no «tienen que» hacerlo, sino que ellos ya lo han hecho, en cierta medida o grado.
Una cosa es pensar que creemos en algo y otra, es realmente hacerlo. Tan inconstante es el corazón del ser humano que aún en las cosas naturales los hombres no conocen sus propios pensamientos. En los asuntos temporales se conoce lo que un hombre realmente cree por lo que practica. Supongamos que yo me encuentro con un viajero en un camino muy estrecho y le diga que un poco más adelante hay un río imposible de atravesar, y que el puente para cruzarlo está podrido: Si él se rehúsa a regresar, ¿no tengo yo la garantía de concluir que no me ha creído? O si un médico me dice que tengo cierta enfermedad, y que en poco tiempo tendrá un efecto mortal si no uso el remedio que me ha prescrito el cual me debe sanar con toda seguridad, ¿No estaría justificado en declarar que yo no confié en su diagnóstico al verme ignorando sus indicaciones, y más bien viéndome hacer lo contrario? Igualmente, creer que hay un infierno y, sin embargo correr hacia él; creer que continuar en el pecado lleva a la condenación, y aun así vivir en él, ¿De qué propósito sirve alardear de semejante fe?
Ahora, de lo expuesto anteriormente, no debería haber espacio para dudar que cuando Dios imparte fe salvífica a un alma, afectos verdaderos y radicales vendrán de inmediato. Un hombre no puede levantarse de la muerte sin haber un consecuente caminar en vida nueva. No puede ser sujeto de un milagro de la gracia realizado en el corazón sin un cambio que sea notorio para todos los que le conocen. Donde ha sido sembrada una raíz sobrenatural, fruto sobrenatural debe nacer. No es que se obtiene una vida perfecta y sin pecado, ni que el principio de la maldad y la carne, haya sido erradicado de nuestro ser. Sin embargo, hay un anhelo por la perfección, un espíritu que resiste a la carne y una lucha en contra del pecado. Y aún más, hay un crecer en la gracia y un persistir hacia adelante en el «camino angosto» que conduce al cielo.
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