Oscar Muñoz Gomá - Cuando se cerraron las Alamedas

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El día del golpe militar se reúnen cinco personajes en una casa del barrio alto de Santiago, todos ellos con sus cargas personales de sentimientos, dolores, temores e ideologías. Los diálogos se entrecruzan con las amenazas y riesgos que sufren, pero también emergen atisbos de una atracción amorosa oculta y de lenta maduración.
Es el inicio de una trama que se desarrollará a lo largo del tiempo y que llevará a sus personajes principales a distintas latitudes y ambientes sociales, desde la prisión en una remota isla del sur, al exilio europeo, al mundo académico y político y el regreso a Chile en tiempos de democracia. Es el tiempo también de saldar algunas cuentas pendientes provocadas por un asesinato político que marcó a una familia. Se retrata la sociedad de la época, sus conflictos ideológicos, el mundo interior de los individuos y sus procesos psicológicos ante la emergencia que los atrapa y los sorprende.
La novela es de fácil lectura, ágil y dinamizada por la abundancia de diálogos. Hay suspenso, tensión y giros inesperados en la trama.

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− El creía que iba a haber una división de las fuerzas armadas y muchos enfrentamientos. Pero se desengañó. Mira, voy a preparar algo para que comamos. Deben estar todos muertos de hambre.

− Te acompaño−, y ambos se dirigieron a la cocina.

Margot decidió cocinar unos tallarines. Un puñado cundía mucho y además bastarían unos diez minutos para tenerlos listos, una vez hervida el agua. Juan Pablo hizo de ayudante de cocina. Ricardo se agregó al equipo. Preparó la mesa, sacó platos, servilletas, cubiertos y vasos. Buscó salsa de tomates y queso rallado para los tallarines. Puso un pan fresco que Margot logró conseguir en el almacén, buscó una nueva botella de vino tinto que descorchó y esperaron a que todo estuviera listo. Simón y Gloria habían bajado y conversaban en voz baja en un rincón.

Margot anunció la cena y pidió que alguien reanimara el fuego de la chimenea, del que solo quedaban brasas. Simón se apresuró a hacerlo y aprovechó de quemar otros papeles y libretas que sacó de su maleta. La anfitriona cortó la televisión, lo que no molestó mucho a Benjamín que estaba semi-dormido. En cambio, buscó un disco de música clásica, alguna sonata para piano de Mozart y lo puso en el tocadiscos. Se sentaron todos a la mesa y se repartieron los tallarines, que humeaban.

4

Habían transcurrido varias horas desde que comieron y ya era bien pasada la una de la madrugada. Ricardo dejó los platos y vasos lavados y guardados para que Margot pudiera descansar algo, aunque ella permaneció todavía en el living junto al resto de sus invitados. Gloria se había tendido junto a sus niños, en el segundo piso. Juan Pablo invitó a Margot a salir a tomar el fresco de la noche en el jardín de atrás, que era grande. Benjamín dormitaba en un sillón. Simón permanecía en silencio, sentado en el suelo, rumiando, afirmado contra un muro, con la mirada hosca y taciturna. Tenía un vaso de pisco a su lado. Su rostro denotaba la rabia que tenía. El ceño fruncido, los ojos muy abiertos pero inexpresivos. Los labios apretados. Sentía que el golpe era una lápida sobre las ilusiones que él y sus compañeros más cercanos se habían hecho durante los últimos tres años. Aunque era una posibilidad cierta, eso lo sabían todos, siempre era dejada de lado. Uno no quiere aceptar el peor escenario. Ahora veía claro que solo fueron eso, ilusiones, expectativas que alimentaron, a pesar de las muchas dudas que tenían. Cuando Allende fue elegido creyeron que se les abría el camino con el que habían soñado, el camino heroico, épico, de iniciar la revolución en el cono sur de América. Las condiciones estaban dadas. El pueblo estaba movilizado y eso se intensificaría. Iba a ser un proceso dinámico, crecedor. A medida que el pueblo tomara conciencia de que se podía acabar con la injusticia social, con el escándalo de que unos pocos, un puñado de familias oligárquicas, tuvieran el control del país, del poder económico y del poder político, cuando el pueblo viera que ahora sí, ahora iba en serio y no como en el gobierno anterior, que hizo un simulacro de revolución, nada podría detener la revolución de verdad. No iba a ser fácil, los reaccionarios se defenderían, él lo sabía bien, conocía la historia social del continente. Es lo que enseñaba en la universidad. Pero había que armar al pueblo. Llegaría el momento en que se produciría el enfrentamiento definitivo. Y para entonces el pueblo debería estar preparado.

− ¿En qué piensas, Simón?−, escuchó que alguien lo interpelaba. Levantó la mirada y vio a Benjamín que lo miraba a los ojos, echado en un sillón y su cabeza reclinada en el respaldo. No contestó y volvió a bajar la vista.

− ¿Es que realmente creías que con unas pocas metralletas la ultraizquierda iba a enfrentar y derrotar al ejército, a la aviación y a la marina juntas? ¿En qué mundo viven ustedes?

− Es difícil que la gente de derecha entienda estos procesos−, atinó a contestar, con desgano−. Aquí no se trataba de que un puñado de revolucionarios enfrentáramos al militarismo. Nuestro papel es crear conciencia, es movilizar, es convocar. El pueblo tendría que haberse sumado a un proceso que iría tomando fuerza, que crearía su propia dinámica.

− ¿Dinámica? ¿Para ir adónde? ¿Hacia el desastre al que nos estaba llevando el gobierno?

− Es que tú desconoces los procesos sociales. Cada cambio, cada transformación social que emprendiera el gobierno provocaría conflictos, como lo hemos visto estos tres años. Siempre hay grupos interesados en que los cambios fracasen y, ¡vaya que los ha habido! Eso es obvio. Pero esos conflictos son el método a través del cual el pueblo aprende y toma conciencia. Se avanza en grados de conciencia social y eso es lo que suma más adherentes a la movilización.

− ¿Me quieres decir que los conflictos son un método, una táctica para tomarse el poder? Francamente, me horroriza tu enfoque. Yo lo que veo es que los conflictos han afectado muy negativamente al país entero, incluido el pueblo, todos los hemos sufrido. Mira el desabastecimiento que hay.

− No creo que tú hayas sufrido el desabastecimiento. Estoy seguro que tienes tus reservas guardadas y si no, tampoco debes haber tenido problemas económicos para comprar en el mercado negro. Es el pueblo el que sufre las consecuencias en carne propia y eso es lo que lo hace reaccionar y movilizarse para encontrar sus propias soluciones.

− ¿Cuáles fueron esas soluciones? Ninguna. Al contrario, los problemas fueron cada vez más agudos, la escasez mayor. Y eso ha hecho sufrir a la gente, a los más pobres. Esa dinámica de los conflictos, como tú lo llamas, solo nos fue hundiendo a todos cada vez más en el pantano. Si el pueblo estaba tan comprometido con esos cambios ¿por qué no salió a las calles hoy día a defenderlos? Parece que no estaba tan convencido o movilizado.

− Porque hubo un error fundamental del gobierno popular. Fue un gobierno ambiguo, que no se decidió. Allende creyó que iba a hacer una revolución por la vía constitucional. ¡Y eso no existe! ¡Son ilusiones! ¡La revolución o rompe la institucionalidad o no es revolución! El error fundamental del compañero Allende es que no armó al pueblo. ¡Si incluso hizo aprobar una ley de control de armas que le dio facultades a las fuerzas armadas para estar encima de cualquier sospechoso! ¡Es ahí cuando empezó el golpe!

Benjamín guardó silencio. Desde el punto de vista de Simón había lógica. Pensó unos momentos cómo replicarle.

− El problema con tu razonamiento es que partes de premisas falsas. Para ti el mundo se divide entre buenos y malos. Ustedes son los buenos y el resto son los malos. Para ti la institucionalidad democrática no vale porque la hicieron los malos.

− ¿Qué democracia? ¿De qué institucionalidad democrática me hablas? ¿De una democracia burguesa, manejada al arbitrio de los que controlan el poder económico y el poder imperialista? ¿Qué democracia tiene el desempleado, el trabajador abusado, las familias empobrecidas que apenas tienen para comprar unos mendrugos? ¡Mira, ésta es una mierda de democracia y no importa un carajo que desaparezca!−, terminó gritando Simón.

− Simón, ¡cálmate! Te aseguro que de aquí en adelante tú y tus compañeros van a clamar a gritos para que vuelva esta tan denigrada democracia burguesa que permitió que Allende ganara las elecciones e incluso que la Unidad Popular alcanzara la mayoría en las elecciones senatoriales últimas.

− ¿Y de qué sirvió? Ya ves el resultado. Hoy lo tenemos a la vista. El palacio de La Moneda ardiendo. A esto nos condujo tu bendita democracia.

− ¡Ah, no! Ahí sí que tu argumentación se desmorona. Lo que estamos viviendo en este momento se debe al mal gobierno de tu compañero presidente, al cúmulo de errores que cometió, a la pésima administración de las empresas estatizadas, a esos famosos “resquicios legales” que usó para saltarse la ley y hacer la vista gorda a los abusos y tropelías en los campos y en las industrias. Fue el pueblo el que pidió la intervención militar. Y esto no sucedió en el gobierno anterior, que a mí tampoco me gustó nada.

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