Jaume Salinas - Señales

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Con frecuencia pensamos que nuestra realidad diaria está formada sólo por aquellas situaciones que obedecen a una lógica racional y que todo hecho que no se ajuste a los parámetros establecidos cae dentro de la imaginación de la persona o de su capacidad para admitir la superstición. En este libro se recogen un total de treinta historias personales, de gente normal y corriente que nos hace pensar que lo de la lógica racional no se cumple en todos los ámbitos de la vida.

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—Ay, Arantxa, Arantxa –se oyó una voz en el fondo del pasillo que se acercaba hacia donde estábamos nosotras. Pocos instantes después, otra señora muy mayor, quizá no tanto como la anterior, pero con un gran parecido físico y con la misma actitud de cordialidad y de alegría, apareció por la puerta. Era la otra tía de Arantxa, la tía Maite.

—Mira que le decimos que no haga exhibiciones, porque hay el peligro de que se la mal interprete –continuó diciendo, sin parar de sonreír, al mismo tiempo que disponía una mesa redonda pequeña, que estaba en un lado de la habitación, junto a dos sofás muy antiguos, pero en perfecto estado de conservación. Pocos minutos después, una merienda espléndida, que consistía en chocolate deshecho con ‘picatostes’ y magdalenas, estaba a punto de ser zampada por las cuatro.

—Venga, que se enfría, después ya iréis a la habitación de Arantxa a jugar –insistió la tía Maite, al mismo tiempo que ponía dos sillas, una para Arantxa y otra para mí, y seguidamente se sentaba en uno de aquellos sofás. Su hermana Aránzazu hacía rato que estaba sentada, callada, ya que se estaba comiendo una magdalena y tenía la boca llena. Durante unos instantes, me quedé mirando a las dos señoras, y talmente parecía como si no fuesen reales. Más bien parecían escapadas de un cuento mágico, porque era tanta la ternura, la alegría y la amabilidad que trasmitían, que a su lado parecía que el tiempo no existiera.

Todavía recuerdo, después de tantos años, casi cincuenta desde aquella tarde mágica, el buen recuerdo que me quedó de aquella velada, que se prolongó hasta bien entrada la noche, cuando ya era hora de cenar y mis padres me recogieron. En total habían pasado casi cinco horas y tuve la sensación que sólo había pasado un poco más de una hora.

A pesar de que acordamos que repetiríamos aquella agradable velada, la verdad es que no hubo ocasión. Poco después se acabó el curso y yo me fui con mis padres a Donostia, de donde eran naturales y tenían un piso que había heredado mi padre. El curso siguiente ya no volví a aquella escuela, porque fijamos definitivamente la residencia en la capital donostiarra.

Nunca más volví a saber nada de Arantxa. Incluso dos cartas que le escribí, una a la escuela y la otra a su casa, o mejor dicho, la de sus tías, me las devolvieron, con un lacónico ‘destinatario desconocido’. Siempre me quedó un recuerdo especial de Arantxa y de sus tías, un recuerdo que a medida que iba transcurriendo el tiempo se iba envolviendo de un halo misterioso.

Fueron pasando los años, muchos años, y mi vida me llevó por diversas ciudades españolas donde residir y ejercer mi profesión de médico pediatra. No fue hasta el año pasado que, con motivo del puente de la Constitución y la Purísima, un grupo de amigos decidimos ir a Bilbao a visitar el Gunggenheim.

No sé por qué, pero tuve la necesidad de volver a la antigua escuela donde había estado internada, para recoger información sobre ella. Estaba todo cambiado y modernizado, empezando por aquel patio que en mi infancia estaba lleno de plátanos y ahora se había convertido en un conglomerado de diversas pistas deportivas donde los alumnos practicaban toda clase de deportes de competición por equipos. El antiguo despacho de secretaría y de dirección era ahora una moderna oficina con tres ordenadores personales, una fotocopiadora y toda clase de material de oficina, por cierto muy bien organizada. Fruto de esta buena organización fue que no tuve ninguna dificultad para encontrar documentos escolares de mi época y en concreto de aquel último curso. Aparecieron listas de alumnas, expedientes de exámenes y algunas fotografías de grupo. En todos aquellos documentos aparecían otras compañeras conmigo, muchas de las cuales no recordaba su nombre ni su cara. Misteriosamente, de Arantxa no apareció nada, ni tan sólo su nombre, la verdad es que no me acordaba de sus apellidos. Tenía la esperanza de que aparecería en alguna de las fotografías, pero tampoco fue posible. Insistí un poco, y la chica que me atendía fue muy amable y sacó otra documentación anterior y posterior a aquel año, pero con el mismo resultado: yo aparecía en la del curso anterior, pero de Arantxa no apareció nada. Parecía como si la tierra se la hubiera tragado. Di las gracias y me marché.

Una vez en la calle, el corazón me dio un vuelco al mismo tiempo que me venían unas imágenes a la cabeza: la Alameda Recalde y las tías de Arantxa. Cogí un taxi y media hora después, en medio de un tráfico intenso, se paraba delante de una casa que, tal como estaba de abandonada y maltrecha, me costó reconocer como la de las tías de Arantxa. Pero sí que era. El porche, ahora lleno de zarceños, estaba intacto, lo que había sido el jardín de la entrada, ahora estaba totalmente ocupado y devorado por matojos y hierbas de toda clase. La fachada estaba totalmente deshecha a causa del paso del tiempo, las lluvias, tempestades, humedades y, sobre todo, la falta de una necesaria actividad de mantenimiento, habían convertido lo que en otra época era señal de distinción en un objeto arquitectónico desolado. Aquel viejo edificio ruinoso, junto con dos más a su lado, tenía los carteles anunciadores de la próxima construcción de un conjunto residencial de viviendas adosadas ‘de alto standing’.

Justo delante de aquella casa, sólo cruzar la calle, había otra casa solitaria, pero ésta en perfecto estado de conservación y con gente dentro, ya que se veía la luz encendida en el interior. Tuve el presentimiento de que en aquella casa me podrían dar algún tipo de información útil respecto a lo que estaba buscando. Llamé a la puerta y pocos instantes después un señor mayor, casi viejo, de unos setenta años aproximadamente, me abrió, me miro de forma extraña y me dijo:

—Usted dirá.

—Perdone que le moleste. Hace muchos años, cuando tenía unos diez, residí en Bilbao y había venido con una compañera de la escuela a casa de sus tías, era aquella casa de delante, la que está en medio. ¿Por casualidad sabe qué fue de aquellas señoras?, seguramente que hace tiempo que murieron, porque en aquella época ya eran bastante mayores. Lo que me interesa es localizar a su sobrina, la que era mi compañera. ¿Sabe de quién le hablo?

El hombre todavía me puso una cara más extraña y sin darme ni opción a entrar a su casa me dijo:

—Me perece que se confunde. Efectivamente, en aquella casa vivieron dos señoras mayores, hermanas solteras tal como usted me dice, pero es del todo imposible que usted las hubiese visto, porque cuando usted nació ya hacía algunos años que habían muerto, poco después del final de la guerra a causa de la tuberculosis, que en cuestión de meses se las llevó al otro barrio. Por cierto, tampoco recuerdo haber visto nunca a ninguna niña como la que usted me describe, porque, por lo que me explicaron mis padres, esas dos señoras tenían un hermano que estaba casado y tenía una hija, pero murieron los tres a causa de un bombardeo de las tropas franquistas, poco antes de su entrada en Bilbao. Lo siento, no la puedo ayudar. Buenas tardes –añadió aquel hombre, al mismo tiempo que cerraba la puerta y yo me quedaba plantada y sin ser capaz de reaccionar.

Instintivamente abrí el bolso y cogí el monedero. Desde siempre llevaba una pequeña medalla escapulario de la Virgen del Carmen, que en una ocasión me había regalado Arantxa, en una de sus demostraciones de materialización de objetos.

—Llévala siempre encima. Te traerá suerte y siempre tendrás un recuerdo mío –me dijo el día que me la regaló, con una sonrisa y una mirada especial.

Junio de 2001

El abrazo

Acababa de cumplir los cuarenta y hacía poco que me había separado de mi marido de una forma amistosa, pero no menos dolorosa, tanto material como emocionalmente, a causa de la ruptura de los vínculos afectivos con él y por la carga pesada que suponía tener que enfrentarme, a partir de aquel momento y de forma casi exclusiva, a la responsabilidad de seguir llevando adelante la educación de mis dos hijos, dos chicos de 16 y 18 años, en la plenitud de su juventud. Aparentemente, supieron aceptar la nueva situación y decidieron seguir en casa (mi marido era el que se marchaba), si bien podían ir a casa de su padre siempre que quisieran, porque ninguno de los dos pusimos ninguna clase de limitación. Es preciso decir que el motivo de nuestra separación no fue por causa de malos tratos ni violencias de ninguna clase, ni tampoco que se hubiera interpuesto ninguna tercera persona entre nosotros. Sencillamente, fue un proceso de distanciamiento a causa de una evolución interior de los dos en direcciones opuestas. Antes que la frialdad que se iba instalando poco a poco en nuestra relación se convirtiese en amargura, lo hablamos y analizamos, y decidimos separarnos de mutuo acuerdo. También he de decir que en aquellos momentos yo tenía un trabajo estable, que si bien no me permitía vivir con alegrías, tampoco me faltaba nada. Con mi “ex” acordamos repartir a medias cualquier tipo de gasto que nuestros hijos nos ocasionasen. En aquellos momentos, el aspecto económico no representaba ningún problema en mi nueva situación.

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