Jean-Noel Liaut - Andy Warhol

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¿Cómo logró el hijo de unos pobres inmigrantes eslovacos, criado en Pittsburgh, convertirse en el artista más famoso de su generación? ¿De qué manera pasó de ser un niño enfermizo, víctima del acoso de sus compañeros de clase, a erigirse en padre del pop art? ¿Es Warhol un genio del arte contemporáneo? Andy Warhol fue uno de los grandes creadores del siglo XX. También fue artífice de un personaje fascinante, excéntrico y refulgente. Una quimera viviente que brillaba por igual entre intelectuales, travestis, drogadictos, ultrarricos y superestrellas, manteniendo su pasado en un borroso recuerdo impenetrable.Aun así, hubo personas que conocieron la cara oculta de Warhol, rodeada de miedos e inseguridades cosechados durante la infancia. En este libro, Jean-Noël Liaut recurre a las confesiones más íntimas del entorno warholiano —John Richardson, Stuart Preston, Lee Radziwill, Pierre Bergé, Ultra Violet, etc.; muchas de ellas inéditas—, para pintar un retrato lleno de matices y reminiscencias, alejado de los frecuentes esfuerzos por mitificar la figura del artista. Episodios totalmente desconocidos que indagan en sus comienzos y sus desgracias, su talento y su habilidad, sus visiones proféticas y su sentido del marketing, y que el autor desvela por primera vez tras treinta años de investigación.Una biografía trepidante y adictiva, que cuenta la vida de un zorro astuto y curioso —en palabras del autor— que olisqueaba en busca de la dirección del viento y que comprendió su época mejor que nadie.

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En Schenley High School, un instituto de secundaria de reputación mediocre, lo consideraban una especie de monstruo: la piel de la cara llena de granos, la nariz roja, el cabello blanco y ralo, una miopía que le confería una mirada de topo y por culpa de la cual necesitaba llevar unas gafas de vidrios muy gruesos; la voz aguda, y una virilidad apagada en un mundo en que la distinción entre chicos y chicas era neta y precisa. El mero hecho de mostrarse en público era ya dar carnaza al enemigo. Tenía que soportar las afrentas sin pestañear, sin darles a sus detractores la alegría de verlo herido por sus sarcasmos. Los imbéciles se unían contra él y lo insultaban, y Andy encajaba las ofensas sin rechistar, pero sin cambiar tampoco su comportamiento, sin cobardía, sin fingir aquello que no era ni sería nunca, como otros habrían intentado hacer. Ni la infancia ni la adolescencia fueron para él épocas luminosas, sino inviernos sin fin. Una juventud de náufrago. Conservó de todo ello un hondo pesimismo. Ya no volvería a dar su confianza sino en raras ocasiones, tal como demuestra la lectura de su diario. En Norteamérica, los anuncios publicitarios y las películas rezumaban machos musculosos de rasgos perfectos, que encarnaban un ideal de fuerza entre los alumnos de su edad. El hombre era presentado siempre en situación de poder. Se exaltaba una virilidad desmesurada, y un chico que no practicara ningún deporte no era hombre. Andy, que no buscaba más que la compañía de las chicas y huía de todo tipo de actividad física, era descalificado de entrada, se encontraba en permanente situación de inferioridad a ojos de sus contemporáneos.

Julia, que había demostrado una abertura de espíritu asombrosa para la época, le había dejado jugar con muñecas de cartón, a las que él recortaba vestidos de las revistas. Se divertía reproduciendo anuncios en que aparecían actrices proclamando los beneficios de ciertos cosméticos, y le encantaba imitar a Shirley Temple… Digamos que Pittsburgh formaba una tela de araña de la que se sentía prisionero y que soñaba con escapar de aquella comunidad humana grosera y carente de imaginación. «De nada, nada se obtiene», escribía Shakespeare en El rey Lear . El mundo en que vivían le parecía desprovisto de valor y rácano de bondades, aun si el amor y el apoyo incondicionales de Julia dulcificaban su vida cotidiana. Al atardecer, madre e hijo se sentaban delante de la radio a escuchar las últimas noticias de la guerra. A Andy le gustaba hablar de los soldados caídos en el frente. La muerte alimentaba sus conversaciones, como más tarde alimentaría su obra. Este atractivo morboso no es raro en la adolescencia, pero en él tomó proporciones alarmantes. Julia, que evocaba con frecuencia a sus difuntos y cultivaba cierto gusto por la desdicha, había fomentado en cierto modo en él estas inclinaciones. ¿Alentando aquella melancolía compartida era como pensaban afrontar mejor las adversidades que les deparara el futuro?

Alumno estudioso, Andy obtuvo en 1945, a los diecisiete años, el equivalente en Estados Unidos del bachillerato. En septiembre del mismo año entró en el Carnegie Institute of Technologie de Pittsburgh, reputado por la calidad de su enseñanza artística. Con motivo de la matriculación en este centro, se enteró de que sus padres habían omitido registrarlo en 1928 en el ayuntamiento, por lo que la administración no pudo facilitarle su partida de nacimiento. Obtener un certificado para su expediente universitario resultó así una gestión complicada. Andy no existió legalmente hasta la edad de dieciocho años. Julia pudo pagar la matrícula y el primer año de estudios gracias al dinero que le había dejado su marido. Andy siguió los cursos de dibujo y pintura (aprendió la técnica de la serigrafía, que se convertiría en su marca de fábrica), de historia del arte y de diseño, pero tenía que asistir también a las obras de teatro montadas por los estudiantes, y comentarlas por escrito. Este ejercicio lo atormentaba, porque su inglés estaba lejos de ser académico, de modo que se procuraba la ayuda de algunas compañeras benévolas, que habían adoptado bajo sus alas a aquella rara avis desplumada, de una palidez enfermiza y actitud vacilante. Pero el subterfugio no funcionaba en las pruebas orales, y los profesores apreciaban entonces hasta qué punto eran profundas sus carencias y cuánto lo había penalizado su medio de origen. La inteligencia de Andy era por encima de todo visual.

Situado en Oakland, a varios kilómetros de los barrios obreros de Pittsburgh, el campus le ofrecía una inmersión en unas aguas puras y vivificantes: trabajo intenso e intercambios intelectuales estimulantes. Hasta entonces, las conversaciones que había escuchado habían tenido la consistencia de un hueso de sepia, en cambio ahora había alumnos que comentaban con pasión las propuestas de los nuevos pintores y las últimas exposiciones neoyorquinas. A gran distancia de la siniestra monotonía de su primera juventud, Andy descubría territorios insospechados. Él era poco hablador, se mostraba siempre tranquilo, escuchaba más que participaba. Docentes y condiscípulos lo encontraban original, con un punto de rareza; él los desconcertaba con su comportamiento. Hasta en los ejercicios obligatorios plasmaba su apellido Warhola, y era el único en aportar su toque de fantasía, como estampar pisadas de gato en los dibujos que se pedían como tarea, lo cual molestaba a los profesores más conservadores. Andy resistía a toda influencia, tenía una idea precisa de aquello que debía ser el resultado y no renunciaba a ello. El orgullo y la negativa a contemporizar constituían también características de su personalidad. En la calle Dawson, Julia le había conservado su habitación, la más luminosa y tranquila de la casa, a fin de que pudiera aislarse y aplicarse a sus tareas. Paul se había marchado definitivamente y John mantenía a la familia. Para ganar un poco de dinero, Andy trabajaba con regularidad en una cafetería. Preparaba y servía batidos y sándwiches, y fregaba los platos hasta la noche.

Al terminar el primer año, Andy se llevó una horrible sorpresa al enterarse de que no había sido aceptado en el curso superior y tenía que abandonar Carnegie. La razón era muy simple: su clase contaba con cuarenta y ocho alumnos, y solo podían continuar los quince primeros, los demás debían ceder su puesto a los soldados que volvían de la guerra. En virtud de la ley conocida como G.I. Bill, los veteranos tenían prioridad en los centros universitarios, a fin de que pudieran reciclarse mediante los estudios superiores. Fue un golpe terrible que lo dejó anonadado, sumido en la tristeza y la angustia. Julia organizó frecuentes sesiones de plegarias, pidiendo que terminara aquel castigo. «Aquel episodio lo traumatizó profundamente», recordaba São Schlumberger. «Un día en que le pregunté por sus estudios, ¡me dijo que él nunca había ido a la universidad! Más tarde, nuestro amigo Fred Hughes me explicó la situación: a Andy le había afectado de tal modo aquel rechazo, que había borrado sin más de su mente aquella época de su vida. A sus ojos había sido una injusticia tremenda, y el olvido voluntario, la negación de lo sucedido, fueron sus armas para restañar las heridas infligidas por el mundo exterior». 3Para Andy, este recuerdo suponía encontrarse de nuevo cara a cara con el enemigo, bajo todas sus manifestaciones.

Cuando sus profesores le propusieron seguir un curso de recuperación durante todo el verano, él vio en ello una nueva prueba de los efectos benéficos de la oración. Si aprobaba, podría pasar al segundo año. Mientras seguía con ahínco aquellas clases estivales, Andy trabajaba varias mañanas por semana con Paul, que se había hecho vendedor ambulante de productos hortícolas. Al volante de su camión, recorría la región para vender fruta y verdura, y contrató a su hermano pequeño para que le echara una mano. Andy tuvo la buena idea de llevar consigo su cuaderno de bocetos y sus lápices, de modo que, al tiempo que entregaba los pedidos, dibujaba los rostros y las siluetas de las personas con las que se cruzaba en los mercados o en la calle. Se le ocurrió presentar aquellos dibujos a los miembros de la comisión de Carnegie. Aquellos retratos entresacados de una población pobre y laboriosa, muchos de ellos de inmigrantes desembarcados de Europa persiguiendo el sueño americano, eran tan expresivos que recibió la invitación para reintegrarse a la universidad. Obtuvo por ellos una beca que le renovaron hasta la finalización de sus estudios. Sus dibujos, que fueron premiados y le valieron un artículo en la prensa local, fueron expuestos en el Carnegie Institute y le granjearon la admiración de los demás estudiantes. Fue su primera exposición, que vino acompañada de una suma de cuarenta dólares. Ni que decir tiene que, en la calle Dawson, Andek y Matsuka rezaron mucho dando gracias a Dios por su magnanimidad.

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