Jean-Noel Liaut - Andy Warhol

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¿Cómo logró el hijo de unos pobres inmigrantes eslovacos, criado en Pittsburgh, convertirse en el artista más famoso de su generación? ¿De qué manera pasó de ser un niño enfermizo, víctima del acoso de sus compañeros de clase, a erigirse en padre del pop art? ¿Es Warhol un genio del arte contemporáneo? Andy Warhol fue uno de los grandes creadores del siglo XX. También fue artífice de un personaje fascinante, excéntrico y refulgente. Una quimera viviente que brillaba por igual entre intelectuales, travestis, drogadictos, ultrarricos y superestrellas, manteniendo su pasado en un borroso recuerdo impenetrable.Aun así, hubo personas que conocieron la cara oculta de Warhol, rodeada de miedos e inseguridades cosechados durante la infancia. En este libro, Jean-Noël Liaut recurre a las confesiones más íntimas del entorno warholiano —John Richardson, Stuart Preston, Lee Radziwill, Pierre Bergé, Ultra Violet, etc.; muchas de ellas inéditas—, para pintar un retrato lleno de matices y reminiscencias, alejado de los frecuentes esfuerzos por mitificar la figura del artista. Episodios totalmente desconocidos que indagan en sus comienzos y sus desgracias, su talento y su habilidad, sus visiones proféticas y su sentido del marketing, y que el autor desvela por primera vez tras treinta años de investigación.Una biografía trepidante y adictiva, que cuenta la vida de un zorro astuto y curioso —en palabras del autor— que olisqueaba en busca de la dirección del viento y que comprendió su época mejor que nadie.

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En 1953, cuando estaba realizando búsquedas iconográficas en la biblioteca pública de Nueva York, Andy trabó conocimiento con Alfred Carlton Willers, un joven de veinte años que había abandonado Iowa por la metrópoli neoyorquina desde hacía un año. Trabajaba en la administración de la biblioteca y seguía estudios de historia del arte en la universidad de Columbia. Warhol se enamoró de aquel muchacho de largo pelo rubio, delgado y tímido, tan discreto como leal. Cortejó con él invitándolo a merendar a Central Park, y tuvieron una breve relación. «Al parecer, Andy contó que había perdido su virginidad a los veinticinco años con Willers y que había cesado toda actividad sexual a los veintiséis», recordaba Stuart Preston. «He oído esta historia muchas veces, desde luego suena muy típica de Warhol. Se le atribuyeron diversos amantes, antes y después, pero todos sus conocidos más próximos decían que se avergonzaba demasiado de su físico como para disfrutar verdaderamente de la sexualidad». 4Lo más importante no es eso, sino que fueron amigos durante más de diez años. Iban juntos al teatro y a la ópera, y a menudo pasaban la velada en el apartamento de Lexington Avenue. Después de cenar con Julia, Andy ponía a Carlton a trabajar, pidiéndole que coloreara sus dibujos, una manera de aunar lo útil con lo agradable, otro rasgo eminentemente warholiano. Andy realizó varios retratos de él, incluidos desnudos, al tiempo que reinventaba su pasado —hacía de Hawái su lugar de nacimiento— y le confiaba sus sueños de gloria. Julia lo trataba como a un miembro de la familia, ignorante por completo de la verdadera naturaleza de su relación. Andy se mostraba feliz, distendido, y ella sentía gratitud hacia su joven compañero. No podía imaginarse nada más alejado de lo que había conocido en Iowa: una mamá rutena que había comenzado a ahogar su soledad en la bebida, una multitud de gatos por doquier y aquel extraño artista que le pedía que se descalzara para poder dibujarle los pies. A Willers le conmovió lo mucho que a Andy le perturbaba la calvicie, y fue él el primero en aconsejarle que se pusiera pelucas y cabelleras postizas. Primero fueron rubias o de color castaño, antes de convertirse en plateadas, a partir de 1964.

Aunque muy ocupado por su carrera de ilustrador, Warhol encontró tiempo para colaborar con antiguos alumnos de su universidad, que habían formado una compañía de teatro amateur. Querían montar una obra y habían elegido The Way of the World (1699), una comedia satírica del dramaturgo inglés William Congreve, que ponía en escena las decepciones de una joven pareja de enamorados. Andy se entusiasmó tanto por el proyecto, que asistió durante meses a todos los ensayos y creó los decorados y el diseño del programa. «En contra de la imagen oficial, la de un hombre que no leía y que tenía poco vocabulario, Andy era una persona muy cultivada y sentía gran curiosidad intelectual. Era un lector inteligente y le gustaba mucho asistir a representaciones teatrales, tanto de clásicos como de autores de vanguardia, así como a sesiones de lectura de poesía», precisaba Stuart Preston. «Andy recompensaba a los actores cuya actuación le había gustado con alguno de sus dibujos, era muy emotivo». 5Intervino también como intérprete, a él a quien tan mal se le daba la expresión oral, pero esta disciplina le resultó beneficiosa, aunque no tuviera técnica ni carisma sobre el escenario. No obstante, representó para El jardín de los cerezos el personaje de Firs, un viejo lacayo excéntrico, que murmura mientras asiste a la decadencia de la familia a la que sirve desde toda la vida, y que al final se lamenta: «La vida ha pasado como si no hubiéramos vivido…». Pero no perdía de vista sus prioridades, ni se retrasó nunca para cumplir con los encargos de las revistas, ni dejó de trabajar para nuevas exposiciones. Gracias a Nathan Gluck, uno de sus ayudantes, también él artista en ciernes, expuso tres veces en 1954 en la Loft Gallery: en abril y en mayo participó en exposiciones colectivas, y expuso en solitario a partir del 10 de octubre de 1954. Sus nuevas obras, compuestas por dibujos sobre cartón recortado y doblado, que recordaban origamis, y por retratos de un bailarín, pasaron desapercibidas, o casi.

Cuando quedó libre un apartamento en el primer piso de su edificio, Andy lo alquiló para instalarse en él y recibir a sus visitas, sin miedo a que Julia, rara vez totalmente sobria, lo incomodara. Conservó el primero de los apartamentos para su madre y los gatos, y él iba de uno a otro, varias veces al día. Julia estaba tan sola, que él le regaló uno de los primeros magnetófonos que salieron al mercado, con el fin de que su madre pudiera enviar mensajes a su familia, que permanecía en Pittsburgh, pero ella prefirió grabar viejas baladas rutenas y cantar a dúo con su propia voz. Al conocer tales anécdotas, uno comprende la fascinación de su hijo por las dos habitantes de Grey Gardens, cuya extravagancia no tenía nada que envidiar a la suya. Por la misma época, el personaje de Andy se volvía cada vez más excéntrico. Y es que ¿acaso no se ponía zapatillas de ballet para salir a la calle? ¿Y qué decir de sus corbatas? Se hacía el nudo con toda la falta de gracia posible, la corbata le quedaba entonces demasiado larga y él se limitaba a cortarla con unas tijeras. Algunos decían que guardaba todas las puntas de sus corbatas en una caja. A veces se permitía comprarse elegantes trajes a medida, pero sus corbatas mutiladas y sus primeras pelucas conferían al conjunto una rareza que no pasaba desapercibida. Se sumaba el hecho de que Andy lo intentaba todo por atenuar la rojez de la nariz y las manchas y granos del rostro. Se maquillaba la cara de blanco, de un modo que le daba la impresión de habérsela empolvado con azúcar glas.

En 1954, Andy se había convertido en uno de los ilustradores más reconocidos y más requeridos de su generación. Lo invitaban a numerosas fiestas en el mundo de la moda y la publicidad, y su aspecto fuera de lugar llamaba la atención de aquellos que se cruzaban en su camino. «El Nueva York de la época era muy convencional, a excepción de los artistas más marginales de la bohemia de Greenwich Village, como la cineasta y escritora Maya Deren, una mujer fascinada por la brujería y los rituales vudús», comentaba Stuart Preston. «Pero el ambiente que él frecuentaba era menos extremo, menos radical, al menos por aquellas fechas, y ni que decir tiene que su personaje y todas las historias que circulaban sobre él alimentaban una verdadera fascinación. Se contaba que vivía con decenas de gatos, que tenía a su madre prisionera, que era un fetichista de los pies… Era como un retrato del caricaturista Max Beerbohm». 6

Fue en el otoño de 1954 cuando se enamoró de Charles Lisanby, decorador de televisión que trabajaba para la cadena CBS. «Charles, a quien conocí gracias a Cecil Beaton, era un moreno apuesto y elegante, muy refinado», recordaba Dorian Leigh. «Tenía unos modales perfectos, casi anticuados, y era cultivado, divertido e indulgente, infinitamente menos feroz que los homosexuales a los que yo conocía, como Truman Capote o Beaton. Era como un príncipe azul de los dibujos animados de Walt Disney, solo que un príncipe gay». 7Los dos hombres se conocieron en una velada. Lisanby, al ver a Andy solo en un rincón, se acercó para hablar con él, por pura amabilidad. Warhol quedó prendado al instante y al terminar la fiesta lo acompañó a la parada de taxis, bajo la lluvia. Mientras esperaban la llegada de un vehículo, bajo el toldo de un taxidermista, vieron en el escaparate un pavo real disecado que a Charles le gustó mucho, porque le recordó a los que había visto de niño. Al día siguiente, al volver a casa por la tarde, el portero le entregó un gran paquete que contenía el pavo real que había admirado unas horas antes. Era un regalo de Andy, y ambos se hicieron inseparables, aunque Lisanby no respondiera jamás a sus sentimientos amorosos, y mucho menos al deseo físico que suscitaba en Warhol. Pero su complicidad fue estimulante y fecunda de inmediato, puesto que fue Charles Lisanby quien le sugirió el título Veinticinco gatos llamados Sam y uno Blue Pussy para el libro que publicó aquel mismo año de 1954.

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