Adrián David Tinti - Huellas de lo insondable

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Una noche estrellada, fría, como tantas otras de cualquier invierno, se torna ideal en la romántica contemplación de un enamorado. Profundos anhelos que, pronto, en su cama, se convierten en plácidos sueños. Dulce letargo que, inexplicablemente, desemboca en una extraordinaria realidad. Una tremenda calamidad, que supera cualquier pesadilla: Alejandro, despierta, desconcertado, en un inhóspito rincón del mundo, por el que deberá vagar totalmente solo, enfrentando a sus propios miedos, al filo de la muerte, y sin hallar respuesta alguna. ¿Hacia dónde lo llevará su aventura por develar este gran misterio? ¿De qué podrá valerse para regresar a salvo a su hogar?

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Cuando este extraño devenir parece materializar nuestro anhelo más intenso, hablamos de fantasía o ensueño.

Cuando, en cambio, refleja un terror insoportable, que perturba incluso al más profundo letargo, despertándonos con el cuerpo estremecido por helados espasmos, y el corazón latiendo desbocado, pensamos, sin dudarlo, en una pesadilla.

Pero… ¿Qué creeríamos si, de pronto, a pesar de estar vivos, no pudiéramos despertar?

Durante sus sueños, Alejandro tuvo un encuentro impensado, uno jamás imaginado. Al parecer abrió una puerta que nunca debió abrir, o a lo mejor quien lo hizo fue la fuerza irresistible de un impulso desconocido, que repentinamente, intervino en el inhabitado páramo de su sosegado consciente. Y entonces, sin sentir sus pies moverse, el plácido durmiente fue alejado del acostumbrado camino.

Bajo ese poder, vagó por muchos rincones desconocidos hacia un incierto destino. Ni siquiera el temor más grande que pueda imaginarse pudo hacerlo regresar de aquel insólito extravío.

Capítulo II

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Un aire intenso, puro—extraño— lo mantenía tendido sobre un lecho imaginario.

Poco a poco, el tranquilo compás de su honda respiración comenzó a alumbrarlo. Sus ojos, prefiriendo aun el amparo de esa apacible oscuridad, solo parpadearon pesadamente.

No obstante, aquella bella melodía fue perdiendo su primigenia gracia hasta volverse un ronco y monótono ruido. Un estrepito que raspó, sin piedad, sus tímpanos dormidos. Entonces, al sentir que, muy cerca, unas pequeñas lascas golpearon el suelo con el inconfundible rumor de la destrucción, el creciente asalto de la duda bajo el sórdido impacto de un tremendo pavor, hizo que Alejandro, finalmente, abriera sus ojos.

Cual reflejo simultáneo de incontables espejos quebrados que hacía brillar la distorsión entre fugaces e indeterminadas imágenes, así de densa e indómita era la atmosfera que colmó su visión. Y a pesar de que la caricia de hierro del Buran haría estremecer hasta el alma, él estaba tan perplejo por lo que veía que ni siquiera parpadeó.

Solo yacía sin comprender nada, con su torso postrado sobre una amplia roca.

Pero tras amainar el terrible torbellino, las oscuras pupilas del joven se esclarecieron. Después de mucho mirar sin ver nada, logró distinguir el sol en lo más alto de un cielo celeste profundo. Y en tan sospechosa normalidad, su mirada perdida halló un refugio: el único bastón que pudo sostener su trastabillante cordura.

Aquel intenso calor, que lo había obcecado, grabó la esfera solar en sus pupilas, al punto de no poder dejar de verla ni aun en el vacío de su interior. Así alimentadas por tal ardor, que traía consigo un sufrimiento que no cabe en ninguna herida, se deslizaron sobre sus frías mejillas, unas lágrimas tímidas. Primicia cierta de una angustia que su garganta convirtió pronto en un violento alarido, en la ira de una filosa espada que atravesó la monotonía allí reinante, como si quisiera acabar con todo imitando al viento fulminante.

Pero, pese a su potencia, era un mensaje hueco, uno que no decía nada. Por eso, tal vez, nunca llegó una respuesta. Solo el resonar de su eco que, tras silenciar hasta la última de sus huellas, dejó nuevamente aquel incognito paraje a la deriva del impredecible viento.

Por eso, a medida que aquellas pocas lágrimas rompían su cristal para confundirse en un llanto copioso, él se empequeñecía cada vez más.

Claramente no se trataba de un sueño penoso, ni tampoco de una horrible pesadilla, sino que era algo aún peor: estaba atrapado en una realidad en la que nada tenía sentido, donde no podía hallar ni un principio ni un fin, y mucho menos, un camino.

Despierto pero huérfano de toda coherencia, la herida que lo corroía crecía sin cesar, pues… ¿cómo podría ser Siddhartha, si ni siquiera era un joven sramana?

Capítulo III

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Una dicha inmensa habría experimentado otrora Alejandro si, en un tris, hubiera podido lograr semejante paz llevado únicamente por la ilusión de estar totalmente solo en contacto con la naturaleza. ¡Cuán mágica es la imaginación, que vuelve de golpe, posible a un ideal, con solo sopesar en ella los intereses que nos movilizan, sin tener que tratar con la realidad!

¡Cuántas veces nos representamos esto con el afán de aislarnos de nuestro entorno! ¡Con cuánta facilidad y rapidez quisiéramos huir de los problemas y las obligaciones cotidianas hacia una absoluta libertad!

Más… ¿estaríamos dispuestos a pagar un precio tan alto para lograrlo?

Alejandro ahora estaba inmerso en lo que una vez fue, al parecer, un imponente mar de indomables aguas, que terminó siendo inmortalizado en piedra. La erosión, con su ilimitada paciencia, a través de las eras y milenios, se encargó de convertirlo en su inhóspito teatro, modelando aquellas saladas olas de roca hasta transformarlas en estribaciones, promontorios y cimas. Todas diversas formas que, sin embargo, jamás se resignaron a convertirse en planicie.

Finalmente, tras mucho estar inerte, el joven con un gran esfuerzo, logró levantarse. Y una vez que afirmó bien sus acalambradas piernas, dio sus primeros pasos por aquel inhóspito paisaje.

Comenzó a caminar sin la más mínima idea de hacia dónde iba, advirtiendo luego en aquel valle múltiples desniveles que mostraban, al ser ganada su altura, otros más distantes. Y tras mucho observar a la distancia; a sus pies, halló algo que lo llenó de mucha mayor satisfacción: erguido frente al sol, pudo apreciar cómo a cada paso que daba, deformada, aunque inseparable, lo acompañaba una silueta oscura. Una representación que vino, desde algún lugar, a consolar pálidamente su solitario ánimo: su sombra.

Con el cuerpo, ella forma un curioso y original binomio capaz de cuestionar nuestra compleja noción de soledad. De acuerdo a cómo la luz enfoque al cuerpo, la sombra se descubre grande o pequeña; amplia o finísima; amenazante o graciosa; parodiando a la existencia misma. En cambio, el alma sin importar cuánto cambie su forma la materia que la encierra, siempre permanece fiel a su propia inmanencia.

Por lo tanto, si del cuerpo podemos conocer el aspecto y también su sombra. ¿Cuál será la auténtica apariencia del espíritu?... ¿Tendrá esta también un fiel seguidor que cada tanto, a sus espaldas, le juegue alguna broma? Y de ser así… ¿Dónde estará?

De pronto, un tono disonante, rápido, cual, si fuera el silbido de una flecha, llegó a sus oídos. Entonces, respiró la fresca bocanada de un ancestro incierto; un elixir de tierra y sedimento.

Se dirigió hacia el lugar desde donde parecía aquel venir y quedó atónito: en medio de la nada divisó unas llamativas estructuras que yacían erguidas, como si fueran túmulos o estelas ceremoniales. En su seno se aprecian imágenes inconfundibles, talladas con dedicado empeño: un hombre y su ofrenda, otro hombre y su copa, entre muchas más. Múltiples son las interpretaciones que dispara la ignorancia. Posiblemente, para esos primitivos habitantes fue el modo más sencillo que hallaron para intentar vencer a la muerte.

¿Acaso podría recibir de la filosa voz de aquellos inmóviles arqueros del viento todas las respuestas que necesitaba? O al menos, le serviría para conocer: ¿cuáles eran los orígenes de tales representaciones?, o mejor aún: ¿qué significan?...

¿Podría el pétreo cáliz en manos de ese anónimo yacente, a tanta distancia de la cruz, arrojar una minúscula pista sobre el itinerario de la sagrada copa y su arcano destino?

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