Así, acosado, consideré mejor contar la verdad. Se la revelé con toda la ternura que fui capaz de mostrar, y sólo hablé de una vida muy larga, no de inmortalidad... representación que, por cierto, coincidía más con mis propias ideas. Cuando finalicé, me levanté y dije:
—Y ahora, Bertha mía, ¿denunciarás al amante de tu juventud? No lo harás, lo sé. Pero es demasiado duro, mi pobre esposa, que tú debas sufrir por mi mala suerte y las malditas artes de Cornelius. Te dejaré; tienes suficientes riquezas, y los amigos regresaran con mi ausencia. Me iré, joven como parezco, y fuerte como soy, puedo trabajar y ganarme el sustento entre extraños, desconocido y sin despertar sospechas. Te amé en la juventud; Dios es testigo de que no te abandonaría en la vejez, pero tu segundad y felicidad así, lo requieren.
Cogí la gorra y me dirigí hacia la puerta. Al instante los brazos de Bertha me rodearon el cuello y presionó los labios contra los míos.
—No, esposo mío, mi Winzy —dijo—. No te irás solo... llévame contigo. Nos iremos de este lugar y, como tú afirmas, entre extraños pasaremos desapercibidos y estaremos seguros. No soy tan vieja como para avergonzarte, mi Winzy, y me atrevo a decir que el hechizo pasará pronto, y, con la bendición de Dios, adquirirás un aspecto mayor, como es lo correcto. No me dejarás.
Devolví el abrazo con calor.
—No lo haré, mi Bertha. Sólo por tu bien había pensado en algo semejante. Seré tu esposo leal y fiel mientras estés conmigo, y cumpliré con mi deber hacia ti hasta el último momento.
Al día siguiente nos preparamos en secreto para nuestra partida. Nos vimos obligados a realizar grandes sacrificios pecuniarios... no pudo evitarse. Por último, conseguimos una cantidad suficiente para mantenernos, como mínimo, mientras Bertha viviera; y, sin despedirnos de nadie, abandonamos nuestro país natal para refugiarnos en un lugar remoto de la Francia occidental.
Fue cruel trasladar a la pobre Bertha de su ciudad natal y de sus viejos amigos a un nuevo país, un nuevo idioma y nuevas costumbres. El extraño secreto de mi destino hizo que este traslado fuera insignificante para mí, pero sentí gran compasión por ella, y me alegró ver que encontraba compensación a sus desgracias en una variedad de circunstancias ínfimas y ridículas. Lejos de todos los chismosos, se afanó por reducir la aparente disparidad de nuestras edades con mil artes femeninas: maquillaje, vestidos juveniles y vivacidad de modales. No podía enfadarme: ¿acaso yo mismo no llevaba una máscara? ¿Por qué irritarme con la de ella por tener menos éxito? Me afligió profundamente recordar que ésta era mi Bertha, a quien tanto había amado y a quien había ganado con tanto arrebato: la joven de ojos y cabello oscuros, con sonrisas de encantadora astucia y paso de fauno... esta anciana remilgada, bobalicona y celosa. Debía haber reverenciado sus rizos grises y mejillas marchitas, ¡pero esto! Era mi obra, lo sabía, pero no por ello deploraba menos esta clase de debilidad humana.
Sus celos jamás descansaban. Su principal ocupación era descubrir que a pesar de la apariencia exterior yo mismo envejecía. Sinceramente, creo que la pobre alma me amaba de verdad en su corazón, pero jamás una mujer tuvo una manera más atormentadora de expresar afecto. Veía arrugas en mi cara y decrepitud en mi andar, mientras que yo marchaba con vigor juvenil, siendo el más joven de entre los jóvenes. Nunca me atreví a dirigirme a otra mujer. En una ocasión, imaginando que la bella del poblado me contemplaba con ojos de aceptación, me compró una peluca gris. Su discurso constante entre sus conocidos era que aunque yo parecía tan joven, mi cuerpo estaba enfermo. Y afirmaba que el peor síntoma era mi aparente salud. Mi juventud era una enfermedad, decía, y que debía estar preparado constantemente, si no para una muerte súbita y terrible, al menos sí para despertar una mañana con el pelo cano, y encorvado con todas las marcas de los años avanzados. Sus advertencias se mezclaban con mis interminables especulaciones respecto a mi extraño estado, y adquirí un vivo interés, aunque doloroso, en escuchar todo lo que su rápida inteligencia y excitada imaginación podían decir sobre el tema.
¿Por qué seguir con estas nimias circunstancias? Vivimos durante muchos y largos años. Bertha tuvo que permanecer en cama por una parálisis: la cuidé como una madre lo haría con su hija. Se tornó irritable y aún seguía obsesionada con el tiempo que yo la sobreviviría. Siempre ha sido una fuente de consuelo para mí el hecho de que realicé mi deber con escrupulosidad hacia ella. Había sido mía en la juventud, y era mía en la vejez, y por fin, cuando la cubrí con la mortaja, llore al sentir que había perdido todo lo que de verdad me unía a la humanidad...
Desde entonces, ¡cuántas han sido mis preocupaciones y aflicciones y cuán pocos y vados mis gozos! Me detengo aquí en mi historia, no continuaré más. Un marinero sin timón o compás arrojado a un mar tormentoso, un viajero perdido en un páramo, sin hito o estrella para guiarle... ése he sido yo, pero más perdido y desvalido que ellos. A éstos podría salvarlos un barco que se acerca o una cabaña lejana, pero yo no tengo ningún faro, excepto la esperanza de la muerte.
¡Muerte! ¡Misteriosa amiga de cara lúgubre de la débil humanidad! ¿Por qué a mí, de entre todos los mortales, has apartado de tu abrazo protector?
¡Oh, por la paz de la tumba, el silencio del féretro, deja de trabajar en mi cerebro y que mi corazón no lata más con emociones afectadas sólo por diversas formas de tristeza!
¿Soy inmortal? Vuelvo a mi primera pregunta. En primer lugar, ¿no es más probable que la pócima del alquimista tuviera más bien longevidad que vida eterna? Tal es mi esperanza. Y ha de recordarse que sólo bebí la mitad de la poción. ¿No era necesaria la totalidad para completar el encantamiento? Haber bebido la mitad del elixir de la inmortalidad sólo es ser medio inmortal; así, mi siempre se ve truncado y anulado.
Pero, una vez más, ¿quién es capaz de numerar los años de media eternidad? A menudo trato de imaginar por qué regla puede dividirse el infinito. A veces tengo la fantasía de que los años caen sobre mí. He encontrado una cana. ¡Necio! ¿Me lamento? Sí, a menudo el temor de la edad y la muerte reptan fríamente en mi corazón; y, cuanto más vivo, más temo a la muerte, aunque aborrezca la vida. Ese enigma es el hombre nacido para perecer, cuando lucha, como yo, contra las establecidas leyes de su naturaleza.
Pero seguro que por esta anomalía de sentimiento quizá muera: la medicina del alquimista no será resistente al fuego, a la espada o a las asfixiantes aguas. He mirado las azules profundidades de muchos lagos plácidos, y el tumultuoso torrente de muchos ríos poderosos, y he dicho: la paz mora en esas aguas. Sin embargo, me he alejado de allí para vivir un día más. Me he preguntado si el suicidio sería un crimen para alguien al que sólo de esa manera se le abrirían los portales del otro mundo. He hecho todo, salvo presentarme como soldado o duelista, un objeto de destrucción para mis... no, no mis compañeros mortales, razón por la que lo he evitado. No son mis compañeros. El inextinguible poder de la vida en mi cuerpo, y su efímera existencia, nos separa como los polos. No podría alzar una mano contra el más débil de los más poderosos de entre ellos.
De este modo he vivido durante muchos años, solo y cansado de mí mismo, deseoso de la muerte, pero sin morir jamás, un mortal inmortal. Ni la ambición ni la avaricia pueden invadir mi mente, y el amor ardiente que roe mi corazón jamás será devuelto, jamás encontrará un igual en quien abrasarse... vive sólo para atormentarme.
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