Mary Shelley - Cuentos góticos

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Para Mary Shelley, los monstruos no son aquellos cuentos de hadas desde el principio de los siglos esos que se esconden debajo de la cama o en un closet; no, para la autora los monstruos son aquellas personas con las que podemos llevar una relación cercana, alguien que ha sembrado odio y rencor en su ser, en los otros, y que actúa con violencia, con una predominante necesidad de lastimar: Con esta premisa, Mary Shelley nos presenta una recopilación de cuentos donde el hombre es capaz de actuar de manera atroz con tal de conseguir lo que quiere, cuentos donde podemos ver la forma más cruda de este ser al que llamamos humano.

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Poco después de aquel memorable día, me convertí en el marido de Bertha. Dejé de ser el alumno de Cornelius, pero seguí siendo su amigo. Siempre sentí gratitud hacia él por haberme conseguido, aunque involuntariamente, esa espléndida pócima de un elixir divino, que, en vez de curarme del amor (¡triste cura!, solitario e infeliz remedio para males que parecen bendiciones al recuerdo), me había inspirado valor y decisión, haciéndome ganar un inestimable tesoro en la persona de mi Bertha.

A menudo recordaba maravillado ese periodo embriagador casi de trance. La bebida de Cornelius no había cumplido la misión para la que él afirmaba que había sido preparada, pero sus efectos eran más potentes y felices de lo que pueden expresar las palabras. Poco a poco habían pasado, aunque aún permanecían, y coloreaban la vida con tonalidades de esplendor. A menudo Bertha se preguntaba por mi ligereza de corazón y mi inusual júbilo, ya que antes yo había sido más bien de disposición seria, incluso triste. Me amaba más por mi temperamento vivaz, y nuestros días estuvieron en alas de la alegría.

Cinco años después fui llamado repentinamente al lecho del moribundo Cornelius. Me había mandado buscar, solicitando mi presencia inmediata. Le encontré tumbado en su camastro, debilitado hasta la muerte. La vida que aún le quedaba animaba sus penetrantes ojos, que estaban clavados en un frasco de cristal, lleno con un líquido rosado.

—¡Mira —dijo, con voz rota y remota— la vanidad de los deseos humanos! Por segunda vez mis esperanzas estaban a punto de verse coronadas, y por segunda vez fueron destruidas. Mira ese licor... ¿recuerdas que hace cinco años también lo preparé con el mismo éxito? Entonces, como ahora, mis sedientos labios esperaban probar el elixir de la inmortalidad... ¡tú me lo quitaste! Y ahora ya es demasiado tarde.

Habló con dificultad, y volvió a caer sobre la almohada. No pude evitar preguntar:

—¿Cómo, reverendo maestro, puede una cura para el amor restaurar la vida?

Una débil sonrisa le iluminó la cara mientras escuchaba con atención su respuesta apenas inteligible.

—Una cura para el amor y para todas las cosas: el elixir de la inmortalidad. ¡Ah! ¡Si ahora pudiera beber, viviría para siempre!

Mientras hablaba, el líquido lanzó un destello dorado: una fragancia que recordaba perfectamente inundó la atmósfera. Cornelius se incorporó, débil como estaba —la fuerza pareció invadir milagrosamente su cuerpo—, alargó la mano... una explosión sonora me sobresaltó. ¡Una lengua de fuego salió disparada del elixir y el frasco de cristal que lo contenía quedó reducido a átomos! Giré los ojos hacia el filósofo; había vuelto a echarse: tenía los ojos vidriosos, las facciones rígidas... ¡estaba muerto!

¡Pero yo vivía, y viviría para siempre! Eso dijo el desafortunado alquimista, y durante unos días creí sus palabras. Recordé la gloriosa ebriedad que había seguido a la pócima que tomé. Reflexioné en el cambio que había sentido en mi cuerpo... en mi alma. La extraordinaria elasticidad del primero, la vigorosa ligereza de la segunda. Me observé en un espejo y no pude percibir ningún cambio en mis facciones en el periodo de cinco años que había transcurrido. Recordé los colores radiantes y el grato aroma de aquella pócima deliciosa: era valioso el don que concedía. Entonces, ¡yo era inmortal!

Unos pocos días después me reí de mi credulidad. El viejo proverbio de que “uno no es profeta en su propia tierra” era cierto con respecto a mí y a mi difunto maestro. Lo amé como hombre y lo respeté como sabio, pero despreciaba la noción de que podía dominar los poderes de la oscuridad, y me reí de los temores supersticiosos con que lo contemplaba el vulgo. Era un filósofo sabio, pero no tenía relación alguna con ningún espíritu salvo los de carne y hueso. Su ciencia era, sencillamente, humana; y la ciencia humana, pronto me convencí a mí mismo, jamás sería capaz de conquistar las leyes de la naturaleza, hasta llegar a aprisionar el alma para siempre en su morada carnal. Cornelius había preparado un brebaje que tonificaba el alma —más embriagador que el vino— más dulce y aromático que cualquier fruta: probablemente poseía fuertes poderes medicinales que impartían júbilo al corazón y vigor a las extremidades, pero sus efectos pasarían... ya estaban disminuyendo en mi cuerpo. Yo era afortunado por haber bebido salud y gozo, y quizá larga vida, de manos de mi maestro, pero mi suerte terminaba ahí. La longevidad era bastante diferente de la inmortalidad.

Seguí manteniendo esa creencia durante muchos años. A veces me invadía un pensamiento... ¿De verdad había estado engañado el alquimista? Sin embargo, mi creencia habitual era que me encontraría con el destino de los hijos de Adán a su debido tiempo... quizá un poco más tarde, pero a una edad natural. No obstante, no cabía duda de que mantenía un aspecto maravillosamente juvenil. Se reían de mí por mi vanidad de consultar el espejo tan a menudo, pero lo consultaba en vano: mi frente permanecía sin arrugas, mis mejillas, mis ojos, toda mi persona continuaba tan impecable como en mi vigésimo cumpleaños.

Me sentí atribulado. Miraba la belleza desvanecida de Bertha... más bien parecía su hijo. Poco a poco nuestros vecinos comenzaron a realizar observaciones similares, y al final descubrí que se me conocía por el nombre de El sabio encantado. La misma Bertha empezó a sentirse inquieta. Se volvió celosa e irritable, y por último empezó a cuestionarme. No teníamos hijos; estábamos solos los dos. Y aunque a medida que envejecía, su espíritu vivaz se tornaba un poco malhumorado, y su belleza disminuía tristemente, yo la amaba en mi corazón como la amante que había idolatrado, la esposa que había buscado y ganado con un amor tan perfecto.

Finalmente, nuestra situación se hizo intolerable. Bertha tenía cincuenta años... yo veinte. Con vergüenza, yo había adoptado en cierta medida los hábitos de una edad más avanzada. En el baile ya no me mezclaba con los jóvenes y alegres, sino que mi corazón se unía a ellos mientras contenía los pies, y me convertí en una penosa figura entre los jóvenes de nuestra villa. Pero antes del tiempo que ahora menciono, las cosas se vieron alteradas y nos encontramos universalmente aislados. Se decía que nosotros —al menos yo— habíamos mantenido una relación perversa con alguno de los supuestos amigos de mi antiguo maestro. Sentían pena por la pobre Bertha, pero la abandonaron. A mí se me observó con horror y odio.

¿Qué debía hacer? Nos sentábamos delante del fuego invernal: la pobreza se había hecho sentir, pues nadie compraba los productos de mi granja, y a menudo me había visto obligado a viajar treinta kilómetros hasta algún lugar donde no era conocido para venderlos. Es verdad que habíamos ahorrado algo para un día aciago... y ese día había llegado.

Nos sentábamos junto a nuestro solitario fuego invernal: el joven de corazón viejo y su vieja esposa. Una vez más, Bertha insistió en conocer la verdad; rememoró todo lo que había oído decir acerca de mí, y añadió sus propias observaciones. Me invocó a soltar el hechizo; describió cuánto más hermoso era el cabello cano que mis rizos castaños; habló sobre el respeto y el honor que se ganaban con la edad... cuán preferibles a la poca consideración que se le prestaba a los jóvenes: ¿es que yo imaginaba que los despreciables dones de la juventud y la buena apariencia superaban la desgracia, el odio y el desdén? No, al final se me quemaría como un practicante del arte negro, mientras que ella, a quien no me había dignado comunicarle ni una parte de mi buena fortuna, podría ser lapidada como cómplice mía. Por último, insinuó que debía compartir mi secreto con ella y concederle los mismos beneficios de los que yo disfrutaba, de lo contrario, me denunciaría... Entonces prorrumpió en lágrimas.

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