Pues, a pesar de que la educación y las circunstancias pueden bastar para dirigir el tosco material de la mente, no pueden crear ni proporcionar intelecto, aspiraciones nobles y constancia enérgica allí donde implantados por la naturaleza se hallan los objetivos apagados e indecisos y los deseos bastos. Analizando esta creencia, a menudo hemos (olvidando durante un rato al señor Dodsworth) realizado conjeturas sobre cómo actuarían esos héroes de la antigüedad si renacieran en estos días; entonces, la fantasía despertada ha proseguido para imaginar que algunos de ellos sí han renacido; que, según la teoría explicada por Virgilio en el libro sexto de su Eneida, cada mil años los muertos retornan a la vida y sus almas están dotadas con las mismas sensibilidades y capacidades de antes, son arrojadas desnudas de conocimiento a este mundo, de nuevo recubriendo sus esqueletos con las habilidades que la situación, la educación y la experiencia les proporcionen. Se nos dice que Pitágoras recordó muchas transmigraciones de este tipo que le habían sucedido, aunque para ser un filósofo hizo muy poco uso de sus anteriores recuerdos. Resultaría ser una escuela muy útil para reyes y estadistas, y de hecho para todos los seres humanos, llamados para interpretar su papel en el escenario del mundo, si pudieran recordar lo que habían sido. Así, seríamos capaces de obtener una visión del cielo y del infierno mientras, estando el secreto de nuestra anterior identidad confinado en nuestros propios pechos, hiciéramos una mueca o nos exaltáramos en la culpa o alabanzas concedidas a nuestros anteriores “yo”. Mientras que el amor a la gloria y reputación póstuma es tan natural para el hombre como su lazo con la misma vida, éste ha de encontrarse bajo tal estado de cosas temblorosamente vivo a los registros históricos de su honor o vergüenza. El plácido espíritu de Fox se habría visto aliviado por el recuerdo de que había desempeñado una valiosa parre como Marco Antonio... las anteriores experiencias de Alcibíades o incluso del afeminado Steeny de Jacobo I podrían haber hecho que Sheridan se negara a recorrer de nuevo el mismo sendero de asombrosa pero fugaz brillantez. El alma de nuestra moderna Corina se habría visto purificada y exaltada por la conciencia de que una vez le había dado vida a la forma de Safo. Si en la actualidad hubiera un hechizo que hiciera que toda la generación presente recordara que unos diez siglos atrás habían sido otros, ¿no habría muchos de nuestros mártires librepensadores que se maravillarían al descubrir que habían sufrido como cristianos bajo Domiciano, mientras que el juez, al dictar sentencia de repente, se daría cuenta de que en el pasado había condenado a los santos de la Iglesia a la tortura por no renunciar a la religión que él defendía ahora? De esta ordalía sólo saldrían actos benevolentes y verdadero bien. Así como sería caprichoso percibir cómo algunos hombres grandes en asuntos civiles se pavonearían con la conciencia de que sus manos en una ocasión habían sostenido un cetro, un artesano honesto o un criado ladrón descubrirían que se habían visto poco alterados al ser transformados en un noble ocioso o en un director de una compañía; en todos los aspectos podemos suponer que el humilde sería exaltado y que el noble y el orgulloso sentirían que sus estrellas menguaban y no eran más que un juego de niños al rememorar las posiciones bajas que ocuparon una vez. Si las novelas filosóficas estuvieran de moda, imaginamos que se podría escribir una obra excelente sobre el desarrollo de una misma mente en diversos estratos y diferentes periodos de la historia del mundo.
Pero volvamos al señor Dodsworth para ofrecerle unas cuantas palabras de despedida. Ya no le instamos a sepultarse en la oscuridad; o, si declinara modestamente la publicidad, le suplicamos que se nos dé a conocer en persona a nosotros. Tenemos mil preguntas que formularle, dudas que despejar hechos que indagar. Si existe algún temor de que las viejas costumbres y la extrañeza de aspecto le tornaran ridículo ante aquellos habituados a asociarse con exquisitos modernos, le aseguramos que nosotros no somos propensos a ridiculizar la mera apariencia exterior y que la excelencia valiosa e intrínseca siempre obtendrá nuestro respeto.
Decimos esto si el señor Dodsworth se encuentra vivo. Quizá ya no esté entre nosotros. Tal vez abrió los ojos sólo para volver a cerrarlos con más obstinación; quizá su antigua arcilla no podía florecer en las cosechas de estos días. Después de un poco de asombro y temblor al verse como un muerto resucitado, sin hallar afinidad entre su persona y el presente estado de cosas, ha dicho un último y eterno adiós al sol. Seguido a su tumba por su salvador y los atónitos aldeanos, puede que duerma el sueño verdadero de la muerte en el mismo valle donde durante tanto tiempo reposó. Quizá el doctor Hotham haya erigido una simple lápida sobre sus restos dos veces enterrados, donde se lee:
A la memoria de R. Dodsworth
Un inglés Nacido el 1 de abril de 1617
Muerto el 16 de julio de 1826 a la edad de 209 años
Una inscripción que, si quedara preservada durante cualquier convulsión terrible que hiciera que el mundo iniciara de nuevo su vida, provocaría muchas disquisiciones instruidas e ingeniosas teorías sobre una raza que los registros auténticos muestran que se aseguró el privilegio de alcanzar una edad tan amplia.
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