León Tolstoi - Anna Karénina

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"Todas las familias felices se parecen entre sí; pero cada familia desgraciada tiene un motivo especial para sentirse así. En casa de los Oblonsky andaba todo trastrocado. La esposa acababa de enterarse de que su marido mantenía relaciones con la institutriz francesa y se había apresurado a declararle que no podía seguir viviendo con él."
La novela «Anna Karénina» de León Tolstói está considerada una de las obras cumbres del realismo. Para Tolstói, «Anna Karénina» fue su primera verdadera novela.

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Pero semejantes noticias no le causaban hoy la satisfacción tranquila y ligeramente irónica de otras veces.

Terminado el periódico, la segunda taza de café y el kalach con mantequilla, Esteban Arkadievich se levantó, se limpió las migas que le cayeran en el chaleco y, sacando mucho el pecho, sonrió jovialmente, no como reflejo de su estado de espíritu, sino con el optimismo de una buena digestión.

Pero aquella sonrisa alegre le recordó de pronto su situación, y se puso serio y reflexionó.

Tras la puerta se oyeron dos voces infantiles, en las que reconoció las de Gricha, su hijo menor, y la de Tania, su hija de más edad. Los niños acababan de dejar caer alguna cosa.

–¡Ya te dije que los pasajeros no pueden ir en el techo! –gritaba la niña en inglés–. ¿Ves? Ahora tienes que levantarlos.

«Todo anda revuelto –pensó Esteban Arkadievich–. Los niños juegan donde quieren, sin que nadie cuide de ellos.»

Se acercó a la puerta y les llamó. Los chiquillos, dejando una caja con la que representaban un tren, entraron en el comedor.

Tania, la predilecta del Príncipe, corrió atrevidamente hacia él y se colgó a su cuello, feliz de poder respirar el característico perfume de sus patillas. Después de haber besado el rostro de su padre, que la ternura y la posición inclinada en que estaba habían enrojecido, Tania se disponía a salir. Pero él la retuvo.

–¿Qué hace mamá? –preguntó, acariciando el terso y suave cuello de su hija–. ¡Hola! –añadió, sonriendo, dirigiéndose al niño, que le había saludado.

Reconocía que quería menos a su hijo y procuraba disimularlo y mostrarse igualmente amable con los dos, pero el pequeño se daba cuenta y no correspondió con ninguna sonrisa a la sonrisa fría de su padre.

–Mamá ya está levantada –contestó la niña.

Esteban Arkadievich suspiró.

«Eso quiere decir que ha pasado la noche en vela», pensó.

–¿Y está contenta?

La pequeña sabía que entre sus padres había sucedido algo, que mamá no estaba contenta y que a papá debía constarle y no había de fingir ignorarlo preguntando con aquel tono indiferente. Se ruborizó, pues, por la mentira de su padre. Él, a su vez, adivinó los sentimientos de Tania y se sonrojó también.

–No sé –repuso la pequeña–: mamá nos dijo que no estudiásemos hoy, que fuésemos con miss Hull a ver a la abuelita.

–Muy bien. Ve, pues, donde te ha dicho la mamá, Tania. Pero no; espera un momento –dijo, reteniéndola y acariciando la manita suave y delicada de su hija.

Tomó de la chimenea una caja de bombones que dejara allí el día antes y ofreció dos a Tania, eligiendo uno de chocolate y otro de azúcar, que sabía que eran los que más le gustaban.

–Uno es para Gricha, ¿no, papá? –preguntó la pequeña, señalando el de chocolate.

–Sí, sí…

Volvió a acariciarla en los hombros, le besó la nuca y la dejó marchar.

–El coche está listo, señor –dijo Mateo–. Y le está esperando un visitante que quiere pedirle no sé qué…

–¿Hace rato que está ahí?

–Una media horita.

–¿Cuántas veces te he dicho que anuncies las visitas en seguida?

–¡Lo menos que puedo hacer es dejarle tomar tranquilo su café, señor –replicó el criado con aquel tono entre amistoso y grosero que no admitía réplica.

–Vaya, pues que entre –dijo Oblonsky, con un gesto de desagrado.

La solicitante, la esposa del teniente Kalinin, pedía una cosa estúpida a imposible. Pero Esteban Arkadievich, según su costumbre, la hizo entrar, la escuchó con atención y, sin interrumpirla, le dijo a quién debía dirigirse para obtener lo que deseaba y hasta escribió, con su letra grande, hermosa y clara, una carta de presentación para aquel personaje.

Despachada la mujer del oficial, Oblonsky tomó el sombrero y se detuvo un momento, haciendo memoria para recordar si olvidaba algo. Pero nada había olvidado, sino lo que quería olvidar: su mujer.

«Eso es. ¡Ah, sí!» , se dijo, y sus hermosas facciones se ensombrecieron. «¿Iré o no?»

En su interior una voz le decía que no, que nada podía resultar sino fingimientos, ya que era imposible volver a convertir a su esposa en una mujer atractiva, capaz de enamorarle, como era imposible convertirle a él en un viejo incapaz de sentirse atraído por las mujeres hermosas.

Nada, pues, podía resultar sino disimulo y mentira, dos cosas que repugnaban a su carácter.

«No obstante, algo hay que hacer. No podemos seguir así», se dijo, tratando de animarse.

Ensanchó el pecho, sacó un cigarrillo, lo encendió, le dio dos chupadas, lo tiró en el cenicero de nácar y luego, con paso rápido, se dirigió al salón y abrió la puerta que comunicaba con el dormitorio de su mujer.

Capítulo 4

Daria Alejandrovna, vestida con una sencilla bata y rodeada de prendas y objetos esparcidos por todas partes, estaba de pie ante un armario abierto del que iba sacando algunas cosas. Se había anudado con prisas sus cabellos, ahora escasos, pero un día espesos y hermosos, sobre la nuca, y sus ojos, agrandados por la delgadez de su rostro, tenían una expresión asustada.

Al oír los pasos de su marido, interrumpió lo que estaba haciendo y se volvió hacia la puerta, intentando en vano ocultar bajo una expresión severa y de desprecio, la turbación que le causaba aquella entrevista.

Lo menos diez veces en aquellos tres días había comenzado la tarea de separar sus cosas y las de sus niños para llevarlas a casa de su madre, donde pensaba irse. Y nunca conseguía llevarlo a cabo.

Como todos los días, se decía a sí misma que no era posible continuar así, que había que resolver algo, castigar a su marido, afrentarle, devolverle, aunque sólo fuese en parte, el dolor que él le había causado.

Pero mientras se decía que había de marchar, reconocía en su interior que no era posible, porque no podía dejar de considerarle como su esposo, no podía, sobre todo, dejar de amarle.

Comprendía, además, que si aquí, en su propia casa, no había podido atender a sus cinco hijos, peor lo habría de conseguir en otra. Ya el más pequeño había experimentado las consecuencias del desorden que reinaba en la casa y había enfermado por tomar el día anterior un caldo mal condimentado, y poco faltó para que los otros se quedaran el día antes sin comer.

Sabía, pues, que era imposible marcharse; pero se engañaba a sí misma fingiendo que preparaba las cosas para hacerlo.

Al ver a su marido, hundió las manos en un cajón, como si buscara algo, y no se volvió para mirarle hasta que lo tuvo a su lado. Su cara, que quería ofrecer un aspecto severo y resuelto, denotaba sólo sufrimiento e indecisión.

–¡Dolly! –murmuró él, con voz tímida.

Y bajó la cabeza, encogiéndose y procurando adoptar una actitud sumisa y dolorida, pero, a pesar de todo, se le veía rebosante de salud y lozanía. Ella le miró de cabeza a pies con una rápida mirada.

«Es feliz y está contento –se dijo–. ¡Y en cambio yo! ¡Ah, esa odiosa bondad suya que tanto le alaban todos! ¡Yo le aborrezco más por ella!»

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