Marcos Pereda - Periquismo

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En 1983, el ciclismo español se encontraba en un coma profundo: la secreta línea de continuidad que llevaba de Trueba a Fuente y Ocaña, pasando por Berrendero, Ruiz, Loroño, Bahamontes o Jiménez, se había roto. Con la retirada del conquense y del asturiano, con la decadencia del legendario Kas, con la ausencia cada vez más notable de ciclistas hispanos en las carreteras del Tour, una de las tradiciones más ricas de este deporte se había quebrado. Evidentemente, hubo excepciones. Pero, en general, todo era un páramo. Un larguísimo túnel del cual Pedro Delgado salió como una centella.
"¿Qué se te ha perdido a ti en el Tour? —le preguntaban a José Miguel Echavarri, director deportivo, en las vísperas de julio de 1983—. Si allí no tienes nada que ganar, si no vais a terminar ninguno". Y Echavarri callaba. Sonreía.
Esta es la historia de un ciclista diferente, de una figura irrepetible, carismática, imperfecta y genial. Es la semblanza de un momento en la historia de España, de un instante en el que todo un país aspira a imaginarse otro, en el que tantas personas se dejaron seducir por un deportista de sonrisa fácil y gesto carismático. Una leyenda.

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Al coronar el puerto de El León, el último de aquel día histórico, se produce una de esas imágenes que devienen en icónicas a la luz de lo que terminó ocurriendo. Allí, el líder, Robert Millar, se acercó a sus rivales y les dio la mano, primero a uno y luego a otro, mientras en un titubeante español decía, voz bajita y educada, «ha sido un placer competir con vosotros. Este año no habéis podido ganar, pero seguro que tendréis muchas otras oportunidades en el futuro». Y Peio, claro, reía por dentro.

Hasta la meta hay cincuenta kilómetros de terreno en principio descendente y luego llano, con toboganes, típicamente castellano. Cómodo, con todo, incapaz de decidir nada en un día normal. Pero aquel no era un día normal.

Por delante, nada nuevo. Relevos perfectos, altísima velocidad, entendimiento absoluto. Y un hueco que se dispara. Tanto que empieza a ser imposible pasarlo por alto. Ni siquiera queriendo.

Las motos de enlace, encargadas de dar las diferencias entre los distintos grupos de la carrera, se muestran aquella tarde especialmente remolonas. Tardando en dar información, picando, cuentan las malas lenguas, por lo bajo. Eso dirá después Millar, eso declarará Berland. El caso es que sólo será a unos veinte kilómetros de meta cuando el estropicio sea conocido por los extranjeros (porque, más que de equipos, hablamos ya de españoles y extranjeros, no sé si ha quedado claro). Por encima de los cinco minutos de desventaja. Y las alarmas que se encienden. Y vuelven a ocurrir cosas raras. Aún más.

Porque Millar se asusta, empieza a mostrarse nervioso. Lo ha comprendido todo, pero lo ha comprendido tarde. Tira del grupo durante unos metros, con fuerza, y rápidamente siente en su nuca el aliento de Pacho Rodríguez. Y recuerda que sólo diez segundos los separan en la general. Y que de nada sirve que no gane Delgado si al final se le escapa el colombiano. Así que deja de tirar, o lo hace con menos fuerza, sin convicción. Mira a su alrededor, busca aliados. Peio está descartado; a Pacho su director, Javier Mínguez, le ha dicho que no ayude. Dietzen, Dietzen, sí, él está interesado en ello, en defender su quinta plaza, en arrebatarle la cuarta a Gorospe. Y Millar va a hablar con él. Negativas. No puedo, me han dicho desde los coches que no te ayude, que me mantenga a tu rueda. Linares, del Teka, ha dictado sentencia. No se persigue a un español, no se da caza, hoy no, a Pedro Delgado. «Una victoria de España», dirá Perico. Y tanto. Millar acabará llorando lágrimas de rabia.

Con todo, no hay nada perdido aún. Berland se retrasa a un grupo que va pocos segundos por detrás del de Millar. En él rueda Simon, aquel que pinchó en el peor momento, el que no ha podido aguantar con su jefe de filas seguramente por ese problema. De hecho, Pascal Simon va muy arriba en la general (terminará la carrera el 14.º) y ha mostrado fuerza suficiente como para ser un équipier de garantías. Además, junto a él está Pensec, otro domestique de Millar que podría ayudarlos en su lucha. Cuando llega el coche de equipo, se extraña, no debería estar allí, qué hace allí. Y Berland se lo cuenta. Ha pasado algo raro. Podemos perderlo todo. Aprieta, intenta contactar con Robert. Simon agacha la cabeza, empieza a tirar como un loco. Se está jugando el futuro de la Vuelta. Al fondo, a sólo unos metros, puede ver los automóviles que siguen al grupo de los tres primeros de la General. Cada pedalada un poco más cerca. Va a lograr contactar con su líder. Lo va a conseguir.

¿Lo va a conseguir?

Y entonces lo anómalo vuelve a cruzarse en el desarrollo de esa etapa. La historia suprema.

Porque, cuando el grupo de Simon se acerca de forma parece que inexorable al de Millar, unas barreras ferroviarias se cierran. Incidente de carrera, uno de los más típicos en el mundo del ciclismo. Si este deporte recorre carreteras abiertas, si plantea toda su identidad en tal hecho, tiene que soportar, de vez en cuando, estos problemas. Ha pasado siempre, y seguirá pasando, es imposible calcular hasta el último minuto a qué hora se rodará por un determinado punto kilométrico. No queda más que detenerse, esperar a que esas barreras se abran y lamentar la mala suerte.

O no.

Porque cuando se vuelven a alzar ningún tren ha pasado.

La historia es suficientemente estrambótica como para creerla inventada, pero lo cierto es que es el propio Richard Moore quien la recoge, de boca del mismo Ronan Pensec, en su libro sobre Robert Millar. Que la barrera se bajó y ellos hubieron de detenerse. Que estuvieron allí durante unos minutos, no sabe cuántos. Muchos, claro. Que jamás pasó ningún ferrocarril. Que las luces se apagaron, el sonido se apagó y los obstáculos volvieron a levantarse. Pero sin que por allí pasara tren alguno. Nunca. Que ya es casualidad, decía el francés. Sonriendo, supongo. El esperpento supremo, ¿no? Demasiado rocambolesco para creerlo. Demasiado incluso para Perico Delgado. Pero ahí queda, expresado, lo que dijeron los protagonistas.

De allí al final nada más, nada que no sea el drama, mascado poco a poco, pospuesto en kilómetros, de un apesadumbrado Millar. Por delante, Recio vence la etapa, claro, y Perico se queda junto a la meta, viendo pasar los minutos. A su favor. Sabiendo, quizá, lo que podía ocurrir, lo que estaba pasando. Y el grupo del líder que llega, con el escocés llorando lágrimas de rabia, prietos los dientes, el rostro demudado. Pasa por la meta y va directamente a encerrarse al coche del Peugeot. A sollozar tranquilo. A dejar salir una frustración tan enorme que uno pensaría imposible que entrase en su delicado cuerpo. Siente que le han robado, que le han arrebatado lo que era suyo. Golpea los cristales, gruñe, grita en silencio, que es la forma más dolorosa de gritar. No tendrá una mala palabra, no acusará a nadie, no la emprenderá con la organización, con los otros equipos españoles, con el mismo Delgado. Nada, educación absoluta. Distancia, altivez. Si ellos me vencen con trampas, yo responderé con dignidad. Pero el sentimiento es diferente. Me lo han hurtado. Era mía y ya no lo es. Por su culpa. De ellos, de todos ellos. Malditos.

Al principio del día, Millar aventajaba a Delgado en seis minutos y trece segundos. Tras esa etapa, Pedro era el nuevo líder con treinta y seis segundos sobre el escocés. Le había sacado seis minutos y cuarenta y nueve segundos.

La tercera imagen de Perico Delgado es esa. Invierno, nubes, lluvia. Lágrimas, victoria, abrazos.

Polémica.

La tercera imagen de Pedro Delgado será un resumen de su vida.

Cuarta imagen. La niebla

La cuarta imagen de Pedro Delgado es una no-imagen. El personaje, disoluto y genial, transgresor y paradójico, bien lo merece. Es una no-realidad, una ausencia, una mentira que dura dos décadas. Es un espacio donde lo ontológico se impone, donde la cuestión última es, realmente, qué está ocurriendo, qué es, sí, la realidad. Es un no ser, un no estar. Con victoria, además.

La leyenda nos habla de una estrategia perfectamente ejecutada por parte del equipo MG-Orbea. De una de esas planificaciones que se van creando en el autobús y nunca salen como se espera… hasta que salen. De una genialidad de Perurena, de una confianza infinita en las posibilidades de Pedro Delgado que acabó bien. Y no. O quizá no tanto. Veamos.

La carrera llegaba bastante decidida a aquella etapa que finalizaba, por primera vez en la historia del Tour, en la estación de Luz-Ardiden. Plenos Pirineos franceses, curvas de herradura por doquier, pendiente media muy sostenida. Antes, Aspin y Tourmalet, nada menos. Etapa reina de esa cadena montañosa, sin duda. Propicia, claro, para el drama.

Hinault había querido dejar bien claro desde el principio de aquella edición que iba a igualar los cinco de Merckx y Anquetil. Así, en la primera etapa de montaña, camino de Avoriaz, pega un hachazo seco, contundente, a un mundo de meta, y sólo el colombiano Lucho Herrera puede marcharse con él. Jugada perfecta, para ti la etapa y para mí la general. Minutada en meta, Hinault de amarillo y el ciclista más fuerte en los puertos de aquel año domesticado. Los colombianos a partir de aquel momento serían del equipo de Hinault a cambio de victorias parciales y el reinado de la montaña.

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